El tren sanitario nos lleva al pasado

La propaganda oficialista se vale del mito del tren de Ramón Carrillo para pasear su maquinaria comunicacional por la derruida red ferroviaria de un país que mira al pasado.

Por Javier Boher
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Muchos argentinos se han encargado de poner a este país en el mapa, cada uno descollando en sus ámbitos. Algunos nombres salen de taquito, por seguir siendo, aún hoy, referencia en su excelencia.

Jorge Luis Borges es uno de esos argentinos que sale cada vez que alguien, en algún rincón del mundo, decide hacer una lista de escritores destacados. Su relación con el peronismo fue mala, por lo que no ahorró inventiva para definirlo. En una de sus más destacadas frases aseguró que el peronismo “tiene todo el pasado por delante”. Y vaya si lo tiene.

Ayer se tomaron el trabajo de presentar un tren sanitario para provincia de Buenos Aires, apelando a toda la carga simbólica que ello tiene. Ramón Carrillo impulsó tal mecanismo para que la asistencia sanitaria recorriera todo el país.

En aquel entonces la salud no llegaba a todo el territorio nacional, había buena parte de las provincias que todavía no tenían dicho estatus, la población argentina era de alrededor de 16 millones de personas y los trenes recorrían más de 45.000km de vías. Era otro país, lejos en el pasado.

A la idea ya la venían masticando hace unos meses. Como mejor que decir es hacer, y mejor que prometer es realizar, pusieron manos a la obra para armar un hermoso tren estampado con los colores de la gestión de vacunas que usa la gobernación bonaerense. Es una gran marquesina propagandística que va a recorrer la provincia más grande del país.

Ese amor por el pasado, al que siempre ven por delante, ya lo han manifestado en numerosas ocasiones. No hace tanto que propusieron una Junta Nacional de Carnes y una Junta Nacional de Granos. Habiendo cerrado las exportaciones de carne y con bulla de aumento de retenciones a los granos, quizás no falte tanto para que determinen la instauración de un “Instituto Argentino para la promoción del Intercambio” bajo la órbita de Kulfas o algo por el estilo.

Es fácil imaginar a Fernández lanzando un “Plan Quinquenal Ministro Ramón Cereijo” para la reconstrucción productiva post covid, con los novedosos instrumentos de la emisión, los subsidios, los créditos a tasa negativa y demás yerbas del primer justicialismo.

Ya recuperaron los símbolos de YPF y Aerolíneas, nada les impide ir por ENTel, así recuperamos el orgullo de conectarnos a internet escuchando aquel discado de los módems dial-up. ¿Quién puede querer el silencioso 5G, pudiendo tararear de memoria aquellos delicados pulsos eléctricos.

Basta de intereses foráneos armando camionetas para exportar. ¿Qué es eso de fabricar vehículos para que facturen las multinacionales japonesas o americanas? Acá lo que hace falta es que anuncien que en FADEA se vuelve a armar el rastrojero para el trabajador de cuello azul y el Justicialista para el oficinista de cuello blanco.

Qué fácil es imaginar que todo lo que viene hacia el futuro lo podemos resolver con medidas parecidas a las que se tomaron antes y que nos dejaron así como estamos. Quizás si las cosas se hicieran de la misma manera -nadie duda de la pasión de aquellos prohombres del peronismo primigenio- las soluciones serían reales. El problema, como siempre, es que se quedan en las formas que pueden ser comunicadas para alimentar los mitos.

Las 22.000 camas que Carrillo consiguió sumar en cinco años equivaldrían a unas 55.000 hoy. Desde el 2000 a la fecha, veinte años de los cuales gobernaron 14, se sumaron más o menos 75.000 de 165.000 si mantenemos la regla.

Su tren sanitario recorría un país que tenía el triple de líneas férreas que hoy: de 2,8km a 0,4km de vías cada 1000 habitantes. Es decir que el tren sanitario que tanto se anuncia -y que sólo será para Buenos Aires- se posará sobre una red mucho menor. Parece no importar el valor social y económico que los trenes tenían en el pasado y que podrían tener en la actualidad: lo que cuenta es vender un buen producto -la vacuna- en año de elecciones.

El peronismo tiene todo el pasado por delante, pero con un agravante: cuando Borges se pronunció de esa manera, el pasado al que miraban no era tan lejano como el que miran hoy. Perón y sus adláteres eran hombres de su tiempo, que tomaban decisiones más o menos parecidas a las que habían tomado sus contemporáneos y que no pretendían perder el tren de la historia (aunque sí quisieran sacar un buen rédito por sus decisiones).

Los hombres que en la Argentina de hoy miran al pasado lo hacen en soledad, lejos de lo que hacen los dirigentes de otras latitudes. Allá el futuro queda en el deseo de progreso y bienestar para la población, no en el tren propagandístico de un gobierno que intenta lidiar con problemáticas reales usando solamente armas de una Argentina pasada e idealizada.