Pontifican, mas no cumplen

Por Javier Boher
«Pontificar» es un verbo maravilloso. No sólo implica expresar una opinión o una idea, sino que además le agrega el tratarla como un dogma, con alarde y suficiencia. Así, al menos, lo define el diccionario.
El pontífice era la máxima autoridad religiosa en la República Romana, cargo que pasó al emperador -con el ascenso de Augusto- y de allí al Papa, máxima autoridad de la iglesia católica. El Pontífice pontifica, siempre.
Ciertamente esto no aplica sólo al orden religioso, sino que es una actitud para la vida. Pontifican los que tienen dogmas y, paradójicamente, son los que -con mayor probabilidad- terminarán negándolos a través de sus acciones.
Ayer el diario La Nación sacó una investigación sobre una denuncia por explotación laboral -aún no en la justicia- en contra del Opus Dei, una de las instituciones más fuertes que la iglesia católica tiene en el país.
Las mujeres entrevistadas contaron cosas que todos pueden esperar que pasen en las instituciones religiosas. Sólo los que pontifican sobre las bondades de la sumisión a la jerarquía terrenal de una iglesia pueden ignorar los abusos y barbaridades cometidas por ésta.
La historia no tiene nada que no hayamos escuchado o leído antes. Captadas de niñas, alejadas de sus familias, convencidas de su servicio a alguna deidad, sumisión a los jerarcas, empobrecimiento al no dejarles manejar dinero y mecanismos para apoderarse de lo poco que tienen. El Opus Dei no es menos secta que los ninjas del Maestro Mehir, los tocatimbres de los mormones o los niños de Medio Oriente a los que les dicen que tras la inmolación llega el paraíso. Las religiones, todas, significan sumisión a otras personas lo suficientemente hábiles como para convencer a otras a través del uso de la palabra.
Los fanatismos de cualquier tipo anulan la racionalidad y le arman el negocio a los inescrupulosos que pregonan la paz y la hermandad, mientras persiguen al distinto o eligen no hablarles a sus hermanos de sangre por vivir ajenos a sus dogmas.
Lo verdaderamente simpático de todo el asunto es que los miembros de La Obra -como se conoce a la organización fundada por Escrivá de Balaguer- tienen, como máxima autoridad de su credo, al Papa Francisco. Este muchachón argentino también representa una luz de esperanza y rebeldía para los que dicen estar en las antípodas de los valores tradicionales que defiende el catolicismo.
Por esas cosas de la vida, el Sumo Pontífice es argentino y peronista. De modo antitético, es conservador -y no lo es- y es progresista -y no lo es-. En un país en el que esas tradiciones parecen haber marcado fuertemente nuestra historia, volvemos sobre aquello que dijo alguien alguna vez, «iglesia y peronismo, parece que son lo mismo».
En esa cinta de Moebius que son el justicialismo y la iglesia, no importa hacia dónde uno corra, siempre terminará pasando por ese punto que decía combatir. No hay igualdad ni justicia en las acciones de los que pontifican sobre ellas.
Es difícil tomarse a modo de broma una cosa como esta, porque todos saben que funciona así desde siempre. No hay ironía posible en lo que es previsible por lo reiterado: «nos riamos de que explotan gente»,»no, mejor hagamos algún chiste con que los curas son como los kioskeros, que cada tanto se comen un pebete». Sí, el chiste puede ser gracioso, pero pierde su efecto cuando se lo repite sistemáticamente a lo largo de los años.
La doble vara que manejan es permanente, castigando en público una base de organización que usan en privado. Los mismos que aplauden cuando el Papa se saca una foto besándole los pies a una mujer, negra, pobre e inmigrante ilegal seguramente la convencerían de entregarse a Dios si toca el timbre de una de sus residencias, pero sólo si necesitan quien les barra, les cocine y les lave.
Pontifican todo el tiempo; se aprovechan cada vez que pueden. Quizás en lugar de Opus Dei -la obra de Dios- podrían denominarse «Opus Hypocritae», la obra de los hipócritas.