Reguetón y compromiso

Sobre la vigencia de antiguos paradigmas y su extensión hacia ciertos géneros de moda, gira gran parte de la película “J Balvin: el niño de Medellín”, un documental que se acaba de estrenar en la plataforma de Amazon Prime acerca del cantante urbano colombiano de fama universal.

Por J.C. Maraddón

Quizás haya que remontarse a los años sesenta para encontrar las bases que llevan al encumbramiento de la figura del músico comprometido, ese que con sus letras y su voz reflejaba y alentaba las causas populares. Herederos de la tradición de trovadores folk como Pete Seeger, unos sesenta años atrás hicieron su aparición en la escena musical estadounidense artistas como Bob Dylan o Joan Baez, quienes sembraron la semilla de lo que después se llamó canción de protesta. Esa corriente tuvo muchísima influencia dentro de la cultura rock e inspiró a numerosos cantautores que se dieron a conocer en esos años en todo el mundo.

Quedó entonces fijado en el imaginario popular ese estereotipo del cantante que, en vez de limitarse a proveer de diversión a su público, se interesaba por los asuntos sociales y denunciaba las injusticias a través de sus canciones, cuyo mensaje era muchas veces tomado como una especie de himno por las masas. Se dio así una separación entre los que en sus estribillos tan sólo se referían al baile, a la fiesta y al amor, y los que envalentonaban a aquellos que luchaban por un mundo mejor y estaban dispuestos a pelear por sus ideales.

En el medio quedaban todos los que, como por ejemplo los Beatles o los Rolling Stones, ofrecían en su repertorio piezas que no pretendían mucho más que alabar la pasión romántica o contribuir a la animación de las reuniones danzantes; pero que también se sumaban a la vertiente contestataria mediante otros aportes de contenido explícito acerca de resistir la imposición de lo establecido. Quienes alcanzaban notoriedad dentro de la movida rockera de la segunda mitad del siglo pasado, se veían impulsados en algún momento a tomar posición ante los temas candentes y a dejar expresa su postura en algunas de sus composiciones.

Incluso aquellos que no comulgaban con ese hábito y habían construido una obra carente de alusiones a la realidad más acuciante, eran forzados a tener una opinión formada cuando se los entrevistaba en los medios y se les preguntaba sobre cosas por fuera de lo estrictamente musical. Ni qué hablar si se trataba de una figura oriunda de un país donde se registraban acontecimientos extraordinarios, como una guerra, un golpe de estado, una protesta virulenta o un proceso electoral. La prensa no iba a dejar pasar la oportunidad de obligar al ídolo a que hable de eso que debía preocuparle como simple ciudadano.

Sobre la vigencia de este antiguo paradigma y su extensión hacia ciertos géneros de moda, gira gran parte de la película “J Balvin: el niño de Medellín”, un documental centrado en el cantante urbano colombiano de fama universal. El filme, que sigue al músico en las instancias de volver a su ciudad natal en 2018 para dar un concierto, enmarca ese viaje en el contexto de una serie de manifestaciones callejeras que enardecían a la sociedad colombiana, algo que se ha reiterado en las últimas semanas, justamente cuando se produce el estreno de este largometraje en la plataforma de Amazon Prime.

El conflicto interior que atraviesa J Balvin, consciente de que su misión es entretener, pero impulsado a responder cuál es su impresión personal sobre lo que sucede en Colombia, recorre este documental de cabo a rabo, más allá de las secuencias de actuaciones y del backstage de sus shows que serán valorados por los fans. Compelido a bajar del pedestal de la fama para pronunciarse, el reguetonero deberá tomar una decisión que lo aparte de esa “tibieza testimonial” que le adjudican sus detractores. Una encrucijada que parece anacrónica, aunque los tiempos que corren la hayan recogido en su empeño por reflotar lo vintage.