Músicas de aquí oídas al pasar, 1750-1920 (Tercera Parte)

Entre los años veinte y la mitad del siglo XIX viajeros y cronistas nos prestan sus testimonios para entrever las prácticas musicales de la época, en el territorio provinciano. El panorama muestra diversos escenarios y culturas.

Por Víctor Ramés
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En los años ’20 del siglo diecinueve pasaron varios viajeros por Córdoba y a sus testimonios nos remitimos para obtener chispazos de escenas musicales de esos años, incluidos datos sobre provincias vecinas. En 1821, el comerciante inglés Alexander Caldcleugh atravesó en el lapso de cinco meses el territorio de las Provincias Unidas, de ida hacia Chile, y de vuelta a Buenos Aires. Ese viajero refiere dos momentos musicales en su honor, por tratarse de un forastero. Cuando se dirigía hacia el Oeste, antes de cruzar a Córdoba, describía el siguiente cuadro en la provincia de Santa Fe.

Cruzando el arroyo de la Candelaria, se llega a la posta; entramos a la casa como a las siete y decidimos pasar allí la noche. El cuarto destinado a los viajeros estaba destruido. Poco después de mi llegada, apareció un hombre a caballo, tocando la guitarra y luego se puso a cantar una especie de himno ante una imagen de Nuestra Señora de la Candelaria que había en el cuarto de la posta. Hecho esto se volvió hacia mí, y habiéndole dado mi nombre el baquiano, cantó en mi honor una larga canción.”

Más adelante, ya en visita de la ciudad de Córdoba, un conocido lo acompaña a visitar las varias iglesias de la capital. A su regreso a la posada, esto vive Caldcleugh:
“…El contador Lozano me hizo conocer las iglesias (…). Todas eran de muy buen gusto y lujo. Pocas de las casas que vi, tenían vidrios en las ventanas. Por la noche completé mi gira por la ciudad y volví fatigado al parador. (…) Parece que aquí es costumbre tocar la música como bienvenida para los viajeros, porque durante la cena tuve dos bandas que tocaban en mi honor.”

El siguiente viajero hizo su paso por aquí en 1826, para luego seguir en dirección a Santiago del Estero. Era el capitán Joseph Andrews, inglés interesado en la riqueza minera. Estando en Santiago, describirá una escena musical, comparándola con los usos en Córdoba y Buenos Aires. Vale comentar que en las ciudades antiguas de provincia era común la interpretación de danzas y músicas de genuina tradición regional, en casas de personas educadas en una buena posición social. Dice Andrews:
“Aceptamos la invitación para un baile criollo a falta de otra cosa que hacer esa noche. Tal baile aquí es diversión poco semejante a las tertulias de Córdoba y Buenos Aires, donde la máxima parte de la danza se limita a la graciosa contradanza y el minué español sumamente grave y digno. Antes había visto, es verdad, algunas muestras de la Mariquita y otros bailes gauchescos, pero en ningún caso de estilo tan puro como aquí. Los aires se tocan en la guitarra y el de la Mariquita expresa en particular los suspiros y primeros requiebros recíprocos de los amantes que van aproximándose, caricaturizados en la danza. El final es lo más agradable, pues la delicada y esquiva beldad que se había mantenido a distancia agitando el pañuelo como ante los irresistibles y abrumadores avances del zagal enamorado. Estos bailes no se clasificarían entre los más decorosos y, francamente, no se diferencian mucho de los de gentes muy inferiores en civilización, por ejemplo, los africanos, y otros espectáculos de la misma índole, que he visto en distintas partes del mundo.”

Evidentemente, en el círculo en que se movió Andrews en Córdoba no tuvo oportunidad de ver danzas campestres. En Santiago, por su parte, es posible que hubiese una menor distancia cultural entre la capital y la provincia, o mayor raigambre regional.

Otro inglés, también minero, Edmond Temple, pasa en el mismo 1826 por Córdoba y parece reafirmar la apreciación de Andrews de que la más elaborada música europea predominaba en las casas. Dice Temple:
“Un mejoramiento de las maneras y una superioridad general en la educación de la sociedad femenina de Córdoba más allá de la de Perú, no puede dejar de sorprender a un europeo después de una residencia en ese último país. Hay escasamente una casa respetable aquí en la cual no haya un pianoforte inglés, con las últimas producciones musicales de Europa, interpretadas en un modo aceptable por las jóvenes damas, quienes son en general muy buenas mozas, y tienen el carácter para ser esposas excelentes.”

Y enseguida, en 1827, contamos con una escena rural relatada por Charles Brand, un marino inglés que cruzó el continente por el sur cordobés. Tras una lluvia que los retuvo en la posta de Barranquita, a unas cinco leguas de Achiras, se acercaron visitantes al atardecer. Era un grupo de gente originaria amigable quienes llevaban consigo a dos cautivos chilenos: un hombre y un muchacho. Los originarios tenían semblantes y miradas inexpresivas. Brand y sus acompañantes compartían la mesa con el maestro de posta y su familia. Se produjo la siguiente escena musical:
“Los cautivos vinieron a la puerta y cantaron un aire muy lastimero, acompañándose de una guitarra que les había prestado la hija de nuestro anfitrión, quien también nos agasajó con una muestra de la música de la pampa, un tintineo de melodía monótona, bastante quejumbrosa.”

Al partir, en la mañana helada, Brand encontró a los indios durmiendo sobre el piso escarchado, a la intemperie. Se despidió de los españoles y galopó hacia la posta de Achiras, justo antes de entrar en territorio de San Luis.

Dejando atrás los años veinte, la disponibilidad de cronistas viajeros nos lleva a la segunda mitad del siglo, a la Navidad de 1852, en el relato de un norteamericano. El teniente de marina Archibald MacRae narra la siguiente y curiosa escena ambientada en Río Cuarto, y hace una comparación sugestiva:
“El día de Navidad habría pasado desapercibido, a no ser por la serenata de una banda militar solo integrada por negros. Todos estaban borrachos y hacían tal bochinche que les pagamos exclusivamente para que se callaran. En realidad, nos amenazaron con seguir tocando hasta que les pagásemos. Es su costumbre, como la de los negros en todas partes del sur de los Estados Unidos, salir de ronda y tocar o bailar frente a las casas hasta que reciben algún regalo.”