Las colillas son un problema importante, pero no son un problema urgente

Por Javier Boher

La gestión -de lo que sea- no es nada fácil. No cualquiera puede tomar decisiones acertadas, sobre los más diversos temas, todo el tiempo. Especialmente en las democracias, siempre va a haber desencantados, desilusionados, enojados y olvidados. Pese a ello, el grueso de los que se dedican a la actividad política espera aspirar, algún día, a cargos desde los que se puede gestionar algo.

Ahora, la capacidad de hacerlo razonablemente bien, ¡ah! eso sí que ya es otra cosa.

Como los tocados por la varita para ejercer adecuadamente la conducción son unos pocos, hay herramientas y estrategias pensadas como una ayuda para los que permanentemente deben tomar decisiones. Si no hay talento, que haya asiento: hay que sentarse a estudiar para aprender a hacer bien las cosas.

Una de las herramientas más conocidas es la Matriz Eisenhower, que recibe ese nombre por desprenderse de los hábitos organizativos del ex presidente norteamericano Dwight Eisenhower. Este hombrecillo condujo los destinos del país del norte en los comienzos de la Guerra Fría, con vasta experiencia de general durante la Segunda Guerra Mundial.

Pese a que no le faltaba talento para la conducción, organizaba su tiempo y sus tareas de una manera tal que lo ayudara a elevar su productividad, es decir, a hacer más cosas en menos tiempo. Acotando al margen, acá la clase política sostiene que toda esa fanfarria neoliberal para elevar la eficiencia debe ser resistida, lo que igual no debe distraernos del punto.

La matriz de Eisenhower parte de dos ejes, urgencia e importancia. Así, las cuatro combinacionas posibles van a determinar el tratamiento que se le debe dar a un tema. Si es urgente e importante debe ser resuelto de inmediato para que todo siga funcionando.

Si es urgente, pero no es importante, se puede delegar para que alguien más lo haga. No va a resolverle el día a la gente ni le va a significar un dolor de cabeza al que toma decisiones si no se soluciona de inmediato. Acá podemos poner un caño de poca importancia que se rompe en algún barrio: nadie espera ver al intendente con un casco amarillo y unas bridas tratando de arreglarlo.

Si es importante, pero no es urgente, hay tiempo para hacerlo bien. Seguramente habrá otras cosas igual de importantes, pero más urgentes, para atender antes.

Si no es importante ni es urgente, entonces puede ser cancelado.

Esta herramienta -tan maravillosa como simple- debería ser ofrendada a los concejales que quieren legislar para una ciudad que no existe más que en sus cabezas. Los legisladores pretenden regulaciones europeas para realidades latinoamericanas (con todo lo que conlleva este último término), inaplicables en todos y cada uno de los rincones de la ciudad.

La última medida a la que se le podría llegar a conceder el estatus de importante, pero que dista de ser urgente, es la de las multas por arrojar colillas en la vía pública. ¿Todavía creen los políticos que “el cambio cultural” puede existir tras la mera sanción de una norma? Si se trata de normas que amplían derechos, quizás sea cierto, pero difícilmente aplique lo mismo para una ordenanza que busca prohibir.

La propuesta es básicamente inaplicable. ¿Qué zorro gris se va a tomar el trabajo de decirle a alguien que no tire su colilla en la vía pública? Aún mejor, ¿quién va a conseguir que el ciudadano le diga su nombre y le muestre su DNI?. Si se usan los policías para ello, ¿no sería mejor que controlen de paso los arrebatos a plena luz del día, los robos con inhibidores de alarmas o las mecheras en los locales de ropa?. Los políticos algunas veces son, sencillamente, caricaturescos.

En una ciudad que -sin importar la poca o mucha voluntad que se ponga- sigue con cloacas colapsadas; con zonas sin asfalto, gas o agua corriente; con barrios en los que no se puede circular cuando se pone el sol; o con gente viviendo en los umbrales de los edificios, preocuparse por una colilla de un cigarrillo es demasiado irrelevante para lo que hace a una gestión.

Sin posibilidad real de control, ni con una urgencia sanitaria o ambiental visible, la ordenanza terminará perdida en la pila de papeles inservibles, que sólo ocasionalmente será desempolvada para ensartar al pobre desprevenido que cometa el error de identificarse ante un policía municipal.

En todos estos años ya pasaron los semáforos con paridad de género, la franja al lado de la senda peatonal para que se estacionen solo las motos, la prohibición de fumar mientras se maneja, la obligación de usar chaleco reflectante y casco con patente, la prohibición de poner el salero en la mesa de los bares y tantas otras ridiculeces que, pese a ser bienintencionadas o importantes, distan mucho de ser urgentes.

Acá hay muchos que se sienten tan importantes como el Eisenhower que planificó gran parte de las operaciones en el frente occidental de la Segunda Guerra Mundial o el que le puso fin a la Guerra de Corea. Quizás deberían arrancar por aprenderse su matriz, para diferenciar entre lo que es urgente e importante y lo que no lo es.