Zannini defiende vacunas para todos (los propios)

En un contexto de agravamiento de la pandemia y con faltantes de vacunas, el Procurador del Tesoro no dejó ofensa sin cometer al defender sus privilegios de casta.

Por Javier Boher

Siempre parece que el tema de las vacunas debería terminarse en algún momento. Sin embargo, como pasa con el pomo de dentífrico: alcanza con darle una vuelta más y apretar para que vuelva a salir a la superficie un poco del contenido.

Cuando parecía que ya no se podía caer un poco más bajo en un tema tan abordado, con tantas vidas perdidas desde que se desató el escándalo (alrededor del 30% del total de muertes por covid en Argentina ocurrieron después de que se empezaran a administrar irregularmente las vacunas) nuestra tan miserable clase dirigente exhibe una nueva muestra de indolencia y cinismo.

Carlos Zannini es un histórico del kirchnerismo, de la vieja guardia santacruceña (que trajo nombres tan notables como Ricardo Jaime, Julio De Vido, Alicia Kirchner o Lázaro Báez, entre otros). Hoy es Procurador del Tesoro, un cargo de poca trascendencia mediática pero gran importancia política.

Al ser entrevistado antenoche para el canal C5N, Zannini se refirió a su vacunación irregular. Según entiende, no hubo nada fuera de la norma en la forma a través de la cual accedió a tan preciado antídoto.

Hay algo que le pasa a aquellos que llevan demasiados años viviendo de la función pública y de los vínculos y conexiones que a través de ella se establecen. Poco a poco empiezan a perder la noción de cuáles deben ser los límites a los funcionarios, confundiendo lo público con lo propio. Así como los futbolistas que llegan a triunfar creen que ese estándar de vida va a durar por siempre (lo que los aleja del ahorro), los políticos más encumbrados creen que es normal tener esas prerrogativas.

Tal cosa es lo que le pasó a Zannini, quien vive de distintos presupuestos públicos casi desde que salió del confinamiento que sufrió durante la última dictadura. Ya no puede distinguir lo que está bien de lo que está mal, lo que corresponde a todos los ciudadanos -incluidos los funcionarios- o lo que se espera que hagan a partir de lo que se los escucha decir. El nivel de alejamiento de la realidad de tantos argentinos es cada vez mayor.

Si algo se le puede reconocer a Zannini es que no transmitía la misma sensación de estar mintiendo que se siente en el tono de voz o en la calidez de las palabras que usan los políticos que están faltando a la verdad. Quizás por eso, también, molesta tanto lo que dijo: no parecía haber cinismo, sino más bien una auténtica sinceridad que desnuda la convicción de que son dueños de lo público -y de las vidas de los que estamos sometidos a la conducción que hacen del Estado-.

En distintos pasajes tocó temas clave para el sentimiento de la gente que está haciendo la cola para ser vacunada o que tuvo que perder a algún ser querido por un virus que ya está siendo controlado en el mundo, mientras que acá se sigue desparramando.

La primera vez fue cuando dijo que reunía las condiciones objetivas para recibir la vacuna, incluso aquello de que mintió respecto a la cuestión de ser personal de salud; más bien se podría decir que eligió colarse en la fila por un tema de salud personal, poniéndose a salvo antes que el resto. A nadie sorprende que lo haga, ya que es lo que se puede esperar de alguien que nunca renegó de su condición de maoísta.

La segunda parte fue cuando no reveló arrepentimiento, algo propio de las personas con cierto tipo de patologías psiquiátricas. Incapaz de entender el sufrimiento ajeno, Zannini redobló la apuesta diciendo que se arrepentía de no haberse sacado una foto. Suena como si nunca hubiese escuchado aquello de que “no se come pan delante de los pobres”, pero preocupado por no poder mostrarles una instantánea que refleje que se atiborró de harinas.

La tercera y última fue quizás la que pinta mejor de qué se trata todo esto. En un gobierno que se está hundiendo como el Titanic, Zannini reivindicó para sus amigos de primera clase los mejores lugares en los botes, como surge de lo que respondió al ser consultado por el caso del periodista Horacio Verbitsky. “Vos tenés derecho a eso porque sos una personalidad que necesita ser protegido por la sociedad”, dijo que le dijo al compungido primer vacunado VIP.

Eso último es lo más doloroso para los ciudadanos de a pie, que seguramente tampoco estarán tan al tanto de este escándalo. Lo que dejó bien en claro el Procurador del Tesoro es que en Argentina existen castas, que son cada vez más rígidas.

La casta política -expresión que personalmente detesto, porque es la que usan personajes que quieren reemplazarla por una casta económica- se preocupa por ella misma, por sus beneficios, por mantener sus privilegios en el acceso a los bienes públicos y por evitar que haya movilidad social ascendente (porque, claro está, siempre se puede estar más abajo).

Así, a los funcionarios de gobierno y los intelectuales afines al mismo -nuestra devaluada intelligentsia- les corresponde un trato especial, una protección que el común de los trabajadores les tiene que brindar por sus servicios a favor de la madre patria.

Las declaraciones de Zannini no suman nada en tiempos en los que la segunda ola sigue contagiando, los casos de robos y ventas de vacunas se siguen conociendo y mientras sigue sin haber noticias ciertas sobre cuándo van a llegar más vacunas, que se prometen de a millones desde diciembre.

Si todo lo que dijo el Procurador del Tesoro es cierto, el grueso de los trabajadores deberá esperar. Primero le tocará a los funcionarios, a los militantes, a los adherentes y, finalmente, a los que no han hecho suficiente mérito en el partido como para recibir la protección que creen que les corresponde.