Santos excesos Argentina, ¿Superpoderes?

Parece mentira que otra vez, pese a lo que marca nuestra historia, haya gente deseando darle más poder -en campos que en los que no le corresponde- a un presidente demasiado débil para manejarlos.

Por Javier Boher
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En este país, nada de lo que digamos o hagamos los periodistas políticos puede envejecer bien. En esa vorágine de cambio permanente, borocotizaciones imprevistas y alianzas inverosímiles todo puede ser, así como poco tiempo después todo puede no ser.

Tal vez por eso muchos recuerdan aquella tapa de un reconocido semanario en la que se retrataba, allá por los inicios de la pandemia, al presidente en el cuerpo de Superman, acompañado con un título que no dejaba nada librado a la imaginación: Superalberto. Seguramente quienes pensaron, diseñaron, ejecutaron y aprobaron esa tapa estaban atrapados en un vórtice orgásmico por onanismo caudillista. Pese a todo, la tapa circuló.

A poco más de un año de aquello, el presidente es, en el mejor de los casos, un Robin al que se le caen las calzas, que le suplica a Batichica para ver si le deja ponerse un par de pantalones nuevos. De Superman parece solo haberle quedado aquella tapa, que tendrá guardada en un álbum con los recortes que lo ayuden a recordar su presidencia como un mejor trámite que el que lleva hasta ahora.

Pese a ello, el gobierno se ha apresurado a poner en agenda el otorgamiento de facultades extraordinarias al presidente bajo el pretexto de enfrentar la pandemia. Según ellos, serían como las atribuciones que Angela Merkel tiene en Alemania.

Eso de compararse con los germanos -cuando lo que se hace es propio de hijos de hermanos- me recuerda a los alegatos de un legislador de la vieja guardia de Unión por Córdoba, argumentando que la forma de la unicameral era igual a la del parlamento alemán. Si tiene un parecido es como el de un ovejero alemán con un “manto negro”. Lo mismo aplica aquí para los superpoderes.

Alemania tiene en su historia experiencias lo suficientemente traumáticas como para haber armado un complejo sistema de equilibrio de poder y controles cruzados para impedir los excesos de otrora, que condujeron al país a la vergüenza que sienten hasta el día de hoy por la locura del nazismo. Ellos aprendieron; acá parece que no.

Pese a todo, no son pocos los que creen que el presidente podría lidiar con esos superpoderes. Como aprende a las malas el tímido Peter Parker -cuando deja escapar al malo que eventualmente mata a su tío- un gran poder lleva una gran responsabilidad. ¿Puede lidiar con más poder alguien que nunca quiere asumir ninguna responsabilidad? Suena inverosímil.

Desde la oposición (a la que parece no darle para ser una superoposición ni una villanoposición) se han expresado en contra de esto, pero no parecen poder hacer mucho más para contenerlo. Son como los militares o los policías que en las películas les disparan a los villanos sin lograr nada más que tiempo hasta que lleguen los verdaderos protagonistas.

Seguramente el hecho de ser minoría parlamentaria tiene mucho que ver, disminuidos en atribuciones como para pelear contra los que cuentan con demasiadas supercualidades. Con algo de optimismo podrían llegar a ser como Halcón, el superhéroe que con poco más que un arco y flecha se supo colar entre los primeros vengadores, pero sin tanto brillo como para tener una película propia.

De lograr sus superpoderes, Fernández sería el superpresidente para enfrentar a la malvada Pandemia, una villana que llegó justo a tiempo para tapar la inoperancia. Es difícil saber cómo podrá hacer Superalberto para lograr su cometido de frenar a la villana, doblegar a la oposición y frenar la inflación si no puede ni siquiera avalar el despido de un funcionario de quinto rango.

Quizás podría usar algunas de las habilidades que ha demostrado hasta ahora, por ejemplo la del poder mental. Sus discursos operan a un nivel subsónico, como el llamado de Aquaman a los peces, generando confusión por las contradicciones y retrocesos de un presidente cuyo primer intento es el de la beligerancia. Tal como le pasa al gringuito de polera naranja, los únicos que todavía lo escuchan son medio pescados.

También puede elegir sus dotes de hombre elástico, algo que empezó a desarrollar en sus tiempos de operador, pero en lo que ha alcanzado un nivel de maduración tal que ya lo ha trasladado a su físico. Tiene cara de goma, para soportar los golpes que le dan sus aliados cada vez que mete la pata, y lomo de goma, para aguantar los fustazos de la jefa de Les Superamigues cuando las cosas no le salen.

Quizás pueda apelar, finalmente, a las rodillas de goma, que le permiten ejercer la supergenuflexión, para tratar de pasar desapercibido cuando La Mujer Mala-y-pilla muestra que tiene un costado oscuro y ambiguo, como otros superhéroes que de tanto correrse pueden convertirse en villanos. ¿Se somete?¿distrae?¿se oculta? Es imposible saberlo.

La única forma de pasar el mal trago de un poder ejecutivo que quiere pasar por sobre las atribuciones de otros poderes es con algo de humor. Nada bueno puede salir de los excesos de un poder sobre los otros, algo que se sabe desde que John Locke argumentó en contra del absolutismo hace cuatro siglos.

La historia es conocida, como pasa en todas las películas de héroes. El problema es que, sabiendo cómo termina, no son pocos los que quieren verla otra vez. Quizás lo que falta es un poco de supermemoria para no volver siempre al mismo lugar.