Músicas de aquí oídas al pasar, 1750-1920 (Segunda Parte)

Prosigue el itinerario en territorio cordobés, a través de los siglos, tomando citas provistas por cronistas y viajeros que describieron esta ciudad y provincia, y revelaron a su paso algunos aspectos de su música.

Por Víctor Ramés
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Baile en el campo, estampa gaucha.

Con citas tomadas de Florian Paucke iniciamos esta serie referida a la música de Córdoba de fines del siglo XVIII a principios del XX. El jesuita alemán residió en Córdoba entre 1749 y 1751 durante sus años de formación antes de partir a las misiones, Chaco adentro. Encargado de formar una orquesta de afroamericanos de la servidumbre de la orden, debía componer y transmitir esa música extraña a estos pagos, sofisticada y bella, a los mestizos locales, o que habían venido a parar aquí en calidad de esclavos. El repertorio les era ajeno, pero serían sus cuerpos los que harían brotar de los instrumentos esas texturas palaciegas.

Compuse pues las vísperas y la misa; ambas eran bastante armoniosas y largas; ensayé durante una semana y encontré en los morenos una gran habilidad de modo que creí no perder mi trabajo en ellos. Yo tenía entre ellos un moreno chico que tocaba el arpa, no sabía leer ni escribir y menos conocía las cifras musicales, pero al poco tiempo tocaba el bajo sólo por el oído y con la otra mano el acompañamiento de tan linda manera que no erraba ni una nota ni pausa; lo mismo ocurría con todos los demás; sólo el organista entendía algo de las notas. Su habilidad les ayudó tanto que un mes antes de la fiesta habían aprendido todo y pudieron aparecer en el coro público.”
El obispo, en esa ocasión solemne, celebró él mismo la misa mayor-dice Paucke-, “tras la cual cruzó la iglesia exclamando en alta voz hacia el coro: vivan los ángeles que hoy he oído.”

Este aporte de Paucke al itinerario histórico musical propuesto, es enorme. Le añadimos una referencia de tono trágico, una estampa que daba cuenta de la presencia hostil de los pueblos indígenas.
“El camino que yo debía de seguir hacia Santa Fe era de noventa o como decían otros de cien leguas en medio de una continua soledad y desierto por donde solían vagar los indios salvajes de diversas naciones y cometer asesinatos como había ocurrido poco antes de la cuaresma en el viernes santo en que habían penetrado en una aldeíta sita cerca de Jesús María, habían muerto muchas mujeres y hombres y llevado cautivos consigo a los niños. El segundo golpe ocurrió con un P. Francisco Herrera quien, con anterioridad a mí, había sido enviado a las misiones por este mismo camino pues él con otras siete personas legas fue asaltado por una pandilla de asesinos de los salvajes indios y muerto de cinco lanzazos. Yo encontré aún un fajo de musicales y dos pedazos de un oboe que él había llevado consigo a la misión y en los musicales yacía todavía un mechoncito de los cabellos del mártir asesinado.”

Nuestra siguiente estación de referencias musicales aparece en 1771, en el Lazarillo de Ciegos Caminantes desde Buenos Aires hasta Lima, de Alonso Carrió de Lavandera, que firmaba con el seudónimo de Concolorcorvo. La crónica de Carrió, un funcionario de la corona española en recorrida por la Gobernación del Tucumán a la que pertenecía Córdoba, introduce la temprana presencia de los “gauderios”, primitivo nombre de los gauchos, y emite juicios sobre su música, clase y costumbres. Así entra en cuadro el futuro “folklore musical argentino” de la región interior.

Éstos son unos mozos nacidos en Montevideo y en los vecinos pagos. Mala camisa y peor vestido procuran encubrir con uno o dos ponchos, de que hace cama con los sudaderos del caballo, sirviéndoles de almohada la silla. Se hacen de una guitarrita que aprenden a tocar muy mal y a cantar desentonadamente varias coplas, que estropean, y muchas que sacan de su cabeza, que regularmente ruedan sobre amores. Se pasean a su albedrío por toda la campaña y con notable complacencia de aquellos semibárbaros colonos, comen a su costa y pasan las semanas enteras tendidos sobre un cuero cantando y tocando.”

Por si no bastase la distancia cultural de “extranjero superior” con que asiste a ese encuentro, dice más adelante:
“Los principios de sus cantos son regularmente concertados, respecto de su modo bárbaro y grosero, porque llevan sus coplas estudiadas y fabricadas en la cabeza de algún tunante chusco.”
Se trata, según el autor. de coplas picarescas aprendidas de algún viandante que pasó por allí, y que quedaron guardadas en la memoria.

Otra breve cita de Carrió de Lavandera menciona que, a su paso, “se estaban vendiendo en Córdoba dos mil negros, todos criollos de las Temporalidades” (es decir que servían en las propiedades jesuíticas), y que “entre esta multitud de negros hubo muchos músicos y de todos oficios, y se procedió a la venta por familias.” Surge preguntarse si veinte años después de la enseñanza de la música que transmitió Florian Paucke, en aquella venta de los africanos de propiedad de los jesuitas –cuya expulsión había ocurrido en el medio, en 1767­– no se incluirían algunos de los músicos que habían tocado como ángeles en la Compañía, en la misa de San Ignacio de 1749.

Ya del lado del siglo XIX y del nuevo régimen que peleaba su guerra de Independencia, contamos con una cita de 1817, un fragmento del paso de Samuel Haigh por el primer pueblo cordobés de la frontera, viniendo de San Luis. La música criolla regional y tradicional, y la clase social popular que se identifica con ella, aparecen en la descripción de un baile por el comerciante inglés. Aquí son las mujeres las guitarreras y, en cuanto a la danza, opina el viajero que bailaban bastante bien pese a no tener contacto con la danza de alta escuela europea. Qué vara más alta.

A las cuatro de la mañana siguiente partí de San Luis para Río Quinto, distante doce leguas; de allí al Morro, doce leguas; luego al Portezuelo, siete; en seguida a Achiras, cinco, donde dormimos. En este lugar vi un baile gauchesco; los bailarines estaban endomingados y desplegaban grande agilidad y gracia natural si se considera que nunca habían visto bailar a la Noblet. Eran gentes joviales; todas las jóvenes tocaban la guitarra y la acompañaban con canciones, algunas de amor, pero no puedo decir gran cosa de su ejecución.”