De aquella gira del arcoíris a esta expedición de la gorra

Por Pablo Esteban Dávila

Hace casi 74 años atrás Eva Perón iniciaba su famosa gira del arcoíris por los mismos países que hoy está visitando el presidente Alberto Fernández en Europa. La primera dama argentina, que por entonces contaba apenas con 28 años, concitó la atención internacional con gran estilo. Fue recibida casi como una jefa de Estado, dispensándosele honores impensados. En Francia, por ejemplo, el gobierno puso a su disposición el automóvil del general Charles De Gaulle, un gesto con el que solo se había obsequiado a Winston Churchill.

Pero fue en España, la primera escala de su viaje, en donde Evita desplegó esa combinación de plebeya sofisticación que la hizo famosa. La madre patria se encontraba devastada. Las consecuencias de la guerra civil, finalizada tan recientemente como en 1939, todavía se hacían sentir, en tanto que su sospechosa neutralidad durante la Segunda Guerra Mundial la habían apartado de la corrientes de inversiones tendientes a reconstruir Europa. España pasaba hambre y esta no era una simple metáfora.

El régimen de Juan Domingo Perón, emparentado ideológicamente con el Francisco Franco, no dudó en socorrer a Madrid con trigo y alimentos para paliar la penosa situación peninsular. Evita fue la embajadora de aquellos envíos, la portadora de las buenas noticias que llegaban desde el Río de la Plata. Pilar Franco, la hermana del generalísimo, jamás olvidaría aquel gesto. En 1956 retribuiría la generosidad peronista proporcionando asilo político al propio Perón, derrocado por la Revolución Libertadora un año antes.

La Argentina podía, en aquellos tiempos, darse el lujo de la solidaridad internacional. Su Banco Central estaba repleto de divisas, acrecentadas durante la guerra gracias a su privilegiada posición como proveedora de alimentos a Gran Bretaña. Además, y antes de que Perón asumiera la presidencia en febrero de 1946, el crecimiento del país había sido vertiginoso. Pese a que la buena estrella económica de la generación del ’80 se había opacado durante la crisis de comienzo de los

años ’30, todavía era considerado como una de las principales potencias del planeta. Su riqueza continuaba atrayendo a miles de inmigrantes por año.

Perón confiaba tanto en Evita y su magia como en los recursos públicos -aparentemente ilimitados- para acometer cualquier empresa, inclusive un programa de ayuda humanitaria de vastos alcances a la antigua metrópoli colonia. En aquel contexto, la gira del arcoíris era asimismo una excusa para reposicionar a la Argentina dentro de la comunidad de naciones, habida cuenta de su ambigua posición respecto de Italia y Alemania durante la guerra. Asistir a un país europeo desde el fin del mundo, tal como lo hizo, era de una ambición geopolítica que todavía hoy sorprende.

Este asombro es todavía mayor al contrastar aquel viaje de Evita con la presente expedición de Fernández. Lejos de cualquier pretensión de glamur, el presidente se encuentra hoy pasando la gorra entre sus anfitriones para que convenzan al FMI sobre la justicia de refinanciar la deuda que mantiene con el organismo. De ayudar magnánimamente a otras naciones, la Argentina requiere hoy de ayuda todo el tiempo, provenga desde donde provenga. Y, habitualmente, ni siquiera da las gracias por lo que recibe.

A diferencia de antaño, quienes ahora reciben al mandatario criollo lo hacen con un mezcla de compasión e incomodidad. Todavía en Europa hay quienes tienen en cuenta, especialmente entre la clase dirigente, lo que alguna vez fue la Argentina y lo que es hoy. No es extraño, por consiguiente, que tiendan a considerar con simpatía los pedidos que les formule Fernández, aunque siempre con las prevenciones derivadas de la triste fama de incumplidor que el país tiene a cuestas.

El contraste entre la gira de Evita y la de Fernández no se agota en las asimetrías entre un pasado de esplendor con este presente precarizado sino que se proyecta dentro del propio justicialismo, nominalmente el partido que conecta a la abanderada de los humildes con el actual presidente.

Simplificando, el justicialismo originario era una fuerza populista pero conservadora, a tono con el temperamento de su conductor. Juan José Sebrelli lo calificó acertadamente como “bonapartista”, bien lejos de cualquier pulsión revolucionaria. Evita no logró conmover este orden de cosas pese a sus arrebatos iconoclastas. Perón estaba lejos de querer importar algo parecido al socialismo o substituir al mercado por el Estado. El hecho que haya creado empresas estatales tiene más que ver con la geopolítica de su tiempo antes que algún parentesco con la Unión Soviética.

La propia denominación del primer peronismo, esto es, “laborismo” denota la ambición de ser, ante todo, la fuerza que represente a los trabajadores. Pero para que estos gocen de tal condición

deben existir, como condición preexistente, fuentes de trabajo genuinas. Parece de Perogrullo pero dista de serlo; el trabajo es una consecuencia de la vida empresaria y esta, a su vez, es hija de la inversión y de la confianza. Perón lo sabía; Fernández no.

El kirchnerismo, la variante a la cual adscribe el presidente cada vez con mayor fanatismo, ya no cree en quienes tienen trabajo sino en lo que no lo tienen. Es más fácil colonizar la mente y el espíritu de los pobres a través de planes sociales y ayudas de toda laya antes que favorecer la inversión privada para que genere empleos de calidad y con salarios por sobre los niveles de subsistencia. El subsidio es opresión, en tanto que el trabajo libera. No parece que la vicepresidenta ni su vicario realmente piensen en romper las cadenas invisibles que sujetan con creciente fuerza a miles de compatriotas sojuzgados por el clientelismo.

Esto podría ser reputado como un problema interno del país, ajeno al análisis e intereses de quienes reciben al presidente en el viejo mundo; sin embargo no es así. Porque Fernández pasa la gorra para no pagar lo que la Argentina debe pero sin comprometerse a cambiar las estructuras del gasto público que generan sus recurrentes crisis de deuda. ¿Cómo podría ser tomado en serio cuando el bloque de senadores del partido de gobierno reclama para ayuda social los cuatro mil millones de dólares que aportará el FMI antes que para achicar el monto que se le debe al organismo? ¿O nadie supone que el resto del mundo no hace cuentas con la soja a seiscientos dólares y de lo que esto representa para las cuentas nacionales?

La conclusión es que, al final, tanto el diferimiento en los pagos con el Fondo (de lograrse) como el precio récord de la soja terminarán financiando el pobrismo que enarbola el Frente de Todos como excluyente programa político. Nicolás Maduro bien podría estar de acuerdo con esto, pero difícilmente los líderes europeos piensen de tal manera. El premier de Portugal, Antonio Costa, debería haber aleccionado a Alberto sobre como utilizó el dinero del FMI para suavizar el ajuste fenomenal que tuvo que practicar entre 2011 y 2014 sobre la economía lusitana antes que para seguir financiando una fiesta que ya no divierte a nadie, como es el caso argentino.