Una gira a ninguna parte

Nada existe en el viejo mundo que requiera de la presencia de Alberto Fernández. Los acuerdos entre la Unión Europea y el Mercosur, impulsados en su hora por Mauricio Macri, guardan el sueño de los justos precisamente por el actual veto argentino a debatirlos dentro del bloque regional. Todo indica que el periplo presidencial se encuentra más vinculado a sus necesidades de poner distancia con la política doméstica antes que a verdaderas razones de Estado.

Por Pablo Esteban Dávila

Muchas familias de clase media (no ahora, precisamente) utilizan la excusa del estrés para justificar algún viaje, especialmente aquellos que se hacen al exterior. Sentencias tales como “el año fue muy duro”, “realmente necesitábamos algunos días” o “me hacía falta desconectarme” fungen como coartadas ante familiares y amigos para borrarse por un tiempo del suelo patrio y gastar los dólares acordes al destino escogido. La presente gira presidencial a Europa parece justificarse del mismo modo, allende la nominal agenda oficial.

En principio, nada existe en el viejo mundo que requiera de la presencia de Alberto Fernández. Los acuerdos entre la Unión Europea y el Mercosur, impulsados en su hora por Mauricio Macri, guardan el sueño de los justos precisamente por el actual veto argentino a debatirlos dentro del bloque regional. Todo indica que el periplo del presidente se encuentra más vinculado a sus necesidades de poner distancia con la política doméstica antes que a verdaderas razones de Estado.

Se comprende, en buena manera, este afán por cambiar de aire. Fernández viene de semanas complicadas, excesivamente difíciles. El affaire Basualdo, reconvertido luego en el caso Guzmán, lo ha dejado muy debilitado. Previamente había sufrido un previsible -aunque no menos duro- golpe a manos de la Corte Suprema, que adujo que las políticas educativas forman parte de las facultades no delegadas de las provincias a la Nación y que, por lo tanto, les corresponden a estas (y a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires) regularlas conforme sus intereses, validando así las clases presenciales que Horacio Rodríguez Larreta insiste en mantener en contra de los DNU del Poder Ejecutivo Nacional.

Estos traspiés se suman a otros, ampliamente conocidos y satirizados por doquier. El resultado es un presidente devaluado, con muy poca credibilidad y con una menguante autonomía para tomar cualquier tipo de decisiones. La contracara de este agostamiento es la presencia, cada vez más nítida, de Cristina Fernández de Kirchner, a quienes todos le atribuyen el verdadero poder dentro del gobierno nacional.

El ministro de economía, Martín Guzmán, ha quedado, asimismo, en el incómodo limbo de la impotencia decisoria. El platense es un heterodoxo que, sin embargo, no come vidrio. Más allá de la iconoclastia que la progresía criolla atribuye a su profesor en Columbia, Joseph Stiglitz, tanto él como su mentor advierten que la economía argentina se encuentra en curso de colisión si es que no se hace algo al respecto. La inflación, más que el dólar, es lo que más preocupa. Guzmán sabe perfectamente que ya no puede emitir para financiar el déficit fiscal, el verdadero origen del fenómeno inflacionario. Una de las estrategias a mano para conjurar este peligro es incrementar las tarifas de servicios públicos para porteños y bonaerenses, las que se apenas llegan a cubrir el 40% del costo de las prestaciones que reciben.

Pero el realismo de Guzmán choca con la necesidad de Cristina por ganar las próximas elecciones y reforzar, de tal manera, su escudo protector ante las causas que la obsesionan en la justicia, esto es, Cuadernos y Hotesur. Aumentar las tarifas es contrario a este objetivo; esto explica la permanencia del subsecretario de energía eléctrica en su cargo pese a que, increíblemente, el presidente lo hubiera despedido hace ya una larga semana atrás. El señor Basualdo es integrante de La Cámpora, la guardia pretoriana del hijo de la vicepresidente y los garantes de que el populismo K no habrá de ser deconstruido ni por propios ni extraños.

Los pesares de Guzmán explican largamente el hecho de que el presidente lo haya sumado a su comitiva pese a que, en rigor, el ministro llegó de su propia gira europea hace apenas quince días. En aquel itinerario Guzmán había intentado mostrar a la Argentina como un país serio y confiable, explicando al Club de París como hará para pagar lo que debe y requiriendo apoyo continental para renegociar la deuda que mantiene con el FMI. Ahora deberá justificar, junto a Fernández, que sus dichos anteriores no fueron un embuste sino una expresión de deseos que requieren algún tiempo adicional para convertirse en realidad, dadas las continuas zancadillas de los sectores más ultraístas del Frente de Todos.

De todas maneras se trata de un asunto secundario; lo importe es haber sustraído a Guzmán de las intrigas palaciegas que amenazan con eyectarlo prematuramente del área económica. Tal posibilidad eriza los pelos del presidente toda vez que, si fuera obligado a despedirlo, debería aceptar en su reemplazo alguien afín a Axel Kicillof, es decir, otro ministro que respondería a Cristina, al igual que Jorge Ferraresi o Martín Soria lo hacen actualmente a modo de caballos de Troya dentro del gabinete nacional. Entregar una cartera tan estratégica a su vice erosionaría aún más su ya obliterada autoridad.

Dado el contexto, tomarse unos días lejos del fango no resulta tan descabellado, aunque para eso deba forzar una agenda auténticamente absurda. En este sentido, una de la visitas más rocambolescas programadas para la comitiva criolla es la que le obsequiará al Papa Francisco.

El Sumo Pontífice, a quien se le atribuyen inclinaciones decididamente peronistas, se encuentra no obstante mortificado con el presidente. Su enojo deriva de la insistencia de Fernández de reimpulsar el tema del aborto en medio de la pandemia y cuando todavía estaba fresco el rechazo legislativo acaecido en septiembre de 2018. Francisco fue particularmente enfático al oponerse al la ley de interrupción voluntaria del embarazo. La aprobación de la iniciativa oficialista a finales del año pasado fue leída en El Vaticano como una traición en toda la regla, a punto tal de haberle sugerido a la cancillería argentina que se soslayara la escala vaticana dentro la gira presidencial.

Lamentablemente para el Papa, Felipe Solá no pudo darle con el gusto. Simplemente, no hay muchos otros lugares a los que Fernández pueda ir. Y no porque su figura suscite odios o rechazos, sino porque prácticamente a ningún país importante del mundo le importa un comino la Argentina y sus continuos barquinazos, excepto que pague en tiempo y forma lo que le debe a la comunidad internacional, que por cierto es bastante. En El Vaticano, al menos, hay un compatriota que habla español con acento rioplatense y que, pese a sus reticencias con el tema del aborto, se prestará para la foto de rigor, tal como Cristina lo hizo recientemente en la inauguración de viviendas sociales en el municipio de Ensenada.

Se trata, en definitiva, de una gira a ninguna parte de un presidente devaluado y de un ministro también depreciado que, para mayor asombro, acaba de llegar de los mismos lugares que volverá a visitar. Será un viaje extravagante de un gobierno que, entre otros extravíos, hace de las relaciones exteriores una de sus políticas más erráticas, toda vez que no duda en mostrarse cercano a Venezuela, entrometerse en los asuntos internos de sus vecinos y llamar “Juan Domingo” Biden al presidente estadounidense, buscando algún espejo al que mirarse que no le devuelva, inexorablemente, la misma imagen autoritaria y decadente que caracterizó a todos los experimentos kirchneristas desde 2003 a la actualidad.