Espigando vivencias en la Confederación (Tercera Parte)

Tomamos del cuaderno de viaje de Thomas Hutchinson las últimas unidades narrativas a compartir. Una es un retrato de la pobreza viviente en el norte cordobés. Otra es la descripción de una tropa de carretas que va hacia Tucumán.

Por Víctor Ramés
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Rancho criollo pintado por Ángel Della Vedova.

El viajero irlandés avanza junto al número de los miembros de la expedición al río Salado. Se encuentran en la provincia de Córdoba, en Tulumba, y marchan en dirección a Santiago del Estero. En su crónica de 1862, de “Buenos Ayres and Argentine Gleanings: with extracts from a diary of the Salado exploration”, Hutchinson brinda una detallada descripción de la enorme pobreza que encuentra en una familia en cuyo rancho se han detenido los viajeros hasta la mañana siguiente.

Por la noche paramos en un miserable rancho cerca del ‘Puesto de Castro’. Pauperismo y población, parecen ser la misma causa y efecto en todas partes del mundo. Aquí estamos esta noche en una miserable cabaña como de seis pies de largo y cinco de ancho, con una tapa lisa encima, que apenas puede llamarse techo, y que no tiene más de seis pies de alto. Todo el cuarto está hecho de barro y ramas, y tiene la forma de un gran cajón. No hay adentro nada en forma de cama, a no ser un cuero de vaca, en el que duermen el padre, la madre, siete hijos y un muchacho huérfano; en una palabra, una familia compuesta de diez personas, todas juntas en montón. No hay asientos, (¡no hay lugar para sentarse adentro!), pero hay algunos troncos afuera; nada de moblaje, exceptuando dos bolsas, una de cuero de cabra y la otra de chancho, colgadas del techo y vacías. En un rincón del rancho hay un montón de algarroba, y afuera hay otros tres secándose para guardarla como alimento para el invierno.”

El retrato que hace el viajero irlandés lo revela impresionado por las condiciones de vida que no esperaba encontrar en esta familia del norte cordobés. Su apunte es muy descriptivo y lo recorre una sincera tristeza. No todo era pintoresco en Sudamérica.
“Por vestidos tenían lo que era a la vez manto y pollera en la madre, lo mismo en la hija mayor; una manta de una clase indefinida envolviendo a tres muchachos, haciendo de ellos una masa; algunos de los muchachos completamente desnudos, y otros cubiertos con tiras de trapo como para hacer más palpable su desnudez, como aquella luz de la que se dice que ‘hace más visible la tiniebla’. Las mantas y polleras de la madre y la hija sirven de cubierta para toda la familia por la noche. La enfermedad y la muerte parecen compartir con la horrible pobreza las angustias de esta pobre familia. El padre padecía de una rotura del escroto inguinal de muchos años atrás, para lo que le receté, escribiendo al Dr. Gordon de Córdoba, mandase un braguero. Pocos días antes de nuestra llegada había muerto la madre de su yerno. Sí, en toda su pobreza ¡tenían un yerno!”

Tras una breve y sensible diatriba Thomas Hutchinson retoma las penurias de la pobre familia cordobesa.
“Condenadlos si queréis, vosotros políticos economistas, cuya religión y filosofía de la naturaleza humana, están fundadas en las circunstancias de la posición social. Pero ¿qué sería de esta pobre gente sin esa simpatía magnética del corazón, la sola cosa que en este mundo puede acercar nuestras ideas al cielo? La esposa de este yerno había muerto al año de haberse casado, y no pueden haber sido por su culpa, pues el pobre hombre estaba ahora atormentado por un dolor de cabeza que lo había atacado, según me dijo una mujer, de llorar por la muerte de su madre. El único alimento de esta familia era la algarroba molida con agua en un mortero de madera, y hecho un potaje llamado ‘patay’.
En medio de esta gran pobreza, compartían en alimento con un chico huérfano, que apenas tendría seis años, cuyos padres habían muerto hacia algunos años, y que no tenían más parentesco con ellos que haber sido vecinos en toda la extensión de la palabra -vecinos en los sufrimientos, vecinos en el hambre, vecinos en la muerte. Cuando la madre de la familia me contó su historia, su rostro tenía un aspecto de resignación que destacaba en medio de todos aquellos semblantes marcados por la pobreza. Su saludo de ‘Vaya con Dios’ sonaba a mi oído como la bendición de un ángel.”

Concluido el conmovedor retrato, tomamos del cuaderno de Hutchinson una cita más, su descripción de una tropa de carretas con la que se encuentran al seguir viaje hacia la línea divisoria de Córdoba y Santiago.
“Pocas horas después de salir del ‘Puesto de Castro’ alcanzamos una tropa de carretas que viajaba del Rosario a Tucumán. Esta tropa, que se componía de veinte carretas, necesitaba doscientos bueyes, veinte mulas, diez o doce caballos y como treinta hombres para su segura conducción. Su conductor, D. Balbín Vásquez, me dijo que por lo general el término medio de un viaje del Rosario a Tucumán era de veinticinco a treinta y cinco días; y cuando el camino estaba malo, o la boyada no podía marchar por falta de agua, el viaje podía alargarse de tres a cuatro meses. Cada tropa, como ésta, tiene su ‘capataz’, su ‘maestro’ y dos oficiales. El ‘maestro’ es un carpintero que se ocupa en componer las carretas cuando se quiebran y que recibe su sueldo haya o no necesidad de su trabajo. Cada carreta es tirada por seis bueyes, pero cuando los caminos están pesados o hay que subir alguna loma se aumentan dos. Estos son instigados por puntas de hierro—picanillas- aseguradas en el extremo y con el centro de una larga caña, de la especie que crece en Corrientes; el extremo grueso va sujeto al techo de la carreta, de donde se empuja sobre el anca de los bueyes. No hay riendas; tiran los bueyes adelante por cuartas hechas de cuero, y los de atrás por un yugo de madera asegurado sobre la cabeza, y sujeto al pértigo que comunica con el lecho de la carreta, y forma el centro de este. La noche la pasamos en el ‘Puesto del Guanaco’ siete leguas y media más adelante del ‘Puesto de Castro’. Las poblaciones por donde hemos pasado hoy han sido el Presto de Lima, a legua y media de nuestro punto de partida; la Encrucijada, media legua más adelante; el puesto de la Viuda, legua y media más; las Palmitas otra legua y media; la Cañada, una legua; y legua y media más adelante el Puesto del Guanaco.”