De Cristina a Bonavena, sobre la justicia y la soledad

La supuesta oferta de impunidad que le habrían ofrecido a la vicepresidenta -según contó su abogada, Graciana Peñafort- deja a la vista que Cristina está cada vez más sola en su cruzada.

Por Javier Boher

Hay algunas verdades sobre el Poder Judicial que no se pueden negar. Muchas de esas ya han sido tratadas previamente en este espacio, por ejemplo que -en la división de poderes republicanos- el Poder Judicial es el que está menos sujeto a la rendición de cuentas. Simplemente les pasa al lado.

Por desgaste y por las urnas, los ejecutivos son los más golpeados por los vaivenes de la política. Los miembros del legislativo, camufladas sus responsabilidades en un cuerpo colegiado, suelen salir mejor parados a la hora de responder por sus acciones: la rosca que les reivindican muchas veces podría significarles una derrota; eso sí, si tan solo la gente estuviese medianamente al tanto de la política.

También es cierto que el Poder Judicial es un poder político, donde se hace política y en el que la militancia política “no partidaria” (guiño, guiño) se termina pagando con ascensos o nombramientos que sobrepasan muchas veces el orden que determinan los sorteos.

El desprestigio de la justicia también es clave: es la institución menos confiable para los argentinos. Les va peor, incluso, que a gobiernos cuyos miembros han revoleado bolsos, violado sobrinas o robado kilómetros de gasoductos. Esto último tiene que ver, en el 100% de los casos, con lo altamente costoso, ineficiente y caprichoso de sus fallos, así como también esa jerga desagradable, incomprensible y barroca que usan para referirse a sus labores, que seguramente tendrá que ver en los dilatados tiempos que se toman para decidir sobre diferentes cuestiones (sea una voladura de una fábrica militar, un atentado contra una embajada, la muerte de un fiscal o el asesinato de un periodista).

La gente definitivamente no los quiere.

Lo que también es cierto, y ahora nos empezamos a retirar de la justicia exclusivamente, es que la gente establece ordenamientos o jerarquías entre las cosas que le molestan o las que no les gustan.

Quizás la mayoría está de acuerdo en que algo le molesta, pero después cada persona irá acomodando sus preferencias, probablemente relegando a eso sobre lo que hay un común acuerdo de desagrado a un lugar menos importante del podio. Veamos.

La mayor parte del espectro político siente que la justicia es horrible. Sin embargo, kirchneristas y antikirchneristas preferirán sentirla como aliada en contra del otro bando, antes que converger en la necesidad de una reforma. Al ser un árbitro obligado, el Poder Judicial tiene la capacidad de sobrevivir en un medio hostil.

Pese a ello, el nivel de deterioro moral e institucional avalado por los sucesivos gobiernos abrió la puerta a que, finalmente, algunos políticos estén más comprometidos que otros. Esto es así al punto que ya ni siquiera los puede salvar ese árbitro corrupto que vela por sus propios intereses políticos -y pecuniarios- antes que por el bienestar general de la población que está sujeta a sus fallos.

Tal vez por eso, Graciana Peñafort (abogada cercana a la vicepresidenta) aseguró que la justicia le ofreció a Cristina Fernández de Kirchner un pacto de impunidad. Es decir que, por la expresión elegida, reconoció -de alguna manera- la culpabilidad de la exitosa abogada. Podría haber usado algo como “propusieron deponer las armas judiciales del lawfare” para mantenerse a tono con la retórica belicista, pero no.

Lo de Peñafort, más allá de ese desliz, vuelve a exponer el momento de debilidad del gobierno en general, pero también el de Cristina en particular. El aumento del protagonismo de la vicepresidenta en la pulseada interna la deja expuesta, recordando a todos el lastre que significa su altísima imagen negativa.

Tal vez por eso Peñafort eligió esa estrategia, que de tan rebuscada parece demasiado ingenua. Si la gente no quiere a Cristina y la justicia quiere ayudar a Cristina, la gente terminará no queriendo a la Justicia. Demasiado simple para ser efectivo.

Si la intención de las agudas mentes jurídicas que asesoran a la ex presidenta sólo pueden apelar a ese elemento de trasladar el rechazo de un actor a otro para generar simpatías a favor de la reforma judicial, probablemente estén demasiado perdidos como para ganar la batalla.

En el ordenamiento de rechazos la gente sigue poniendo a los que han ejercido el gobierno por encima de los que opinan desde los tribunales, asestando cada estocada con el timing propio de los que se saben lejos de rendir cuentas.

Cada fallo de la Corte sigue dejando a la vista que han decidido abandonar la apuesta que en 2019 hicieron por el Frente de Todos. Todavía quedan fallos importantes, como el de la quita de coparticipación de CABA, que seguramente será uno de los que reserven para terminar de sepultar las aspiraciones de reforma e impunidad que mueven al kirchnerismo.

La Justicia, esa que es resistida por la mayoría de los argentinos, está eligiendo sobrevivir dejando expuesto al gobierno. Parafraseando a Ringo Bonavena, que dijo que la soledad es cuando suena la campana, que hasta el banquito te sacan, Cristina puede decir que soledad es cuando, aún haciendo sonar todas las campanas, del banquillo no te sacan.