Una extraña incorrección

Con un formato ultramoderno que termina dejando un mensaje antiguo, resulta complicado catalogar a “The Mitchells vs. the Machines”, el último gran exponente de la animación para niños, que se ha estrenado en Netflix y ha tenido una muy favorable acogida de la crítica.

Por J.C. Maraddón

Después de su gran descubrimiento a cargo del pionero Walt Disney, el cine infantil de animación ha estado en constante evolución, sobre todo para ponerse a tono con los cambios en la sociedad que también repercutían en quienes atravesaban los primeros años de su vida. También las novedades han tenido que ver, por supuesto, con los avances tecnológicos: desde aquel trabajo manual cuadro por cuadro a las actuales aplicaciones que permiten resolver todo en una computadora, las cosas han variado de modo notable, aunque hay ciertos aspectos que se han mantenido inmutables durante décadas, como si fueran la esencia del producto.

Sin embargo, la humanidad ha entrado en un vórtice de turbulencias inéditas, que ha torcido ese rumbo sostenido por siglos y ha tornado difícil la actualización de ciertas premisas del pasado. Quienes crecen en este nuevo escenario pueden llegar a sentirse ajenos a muchas de esas cuestiones que cautivaban a las criaturas del siglo veinte, en un tiempo sin conexión a internet ni teléfonos inteligentes. Y si bien muchas de las historias de aquellos clásicos del cine todavía funcionan, requieren de un esfuerzo extra para una camada de flamantes espectadores que a poco de nacer ya se familiarizan con el brillo de las pantallas.

Tampoco los padres (ni mucho menos los abuelos) responden a los viejos estereotipos, porque también ellos han modificado su apariencia y su conducta al ritmo que imponen las circunstancias. Por más que se hayan criado viendo filmes ingenuos y llenos de clichés en su niñez, tienen conciencia de que esos recuerdos idílicos han quedado atrás y que todo se ha sacudido hasta volverse casi irreconocible. Ellos acompañan a sus vástagos en la exigencia de un entretenimiento acorde a este panorama, que simplifique y fantasee pero que no pierda de vista lo que hoy aparece como primordial.

Quizás las sagas que primero advirtieron esta necesidad fueron las de “Toy Story” y “Shrek”, responsables de ajustar las clavijas para que esta rama de la industria cinematográfica no desafinara. Desde la banda de sonido hasta los detalles técnicos, pasando por personajes menos esquemáticos y más ambiguos, esas películas abrieron una senda divergente y consagraron una manera de trabajar que encajaba a la perfección con el advenimiento del nuevo milenio. A partir de ese giro, quienes vinieron después ya no pudieron retroceder y tuvieron que plegarse a las innovaciones, que a su vez se prolongaban en una dinámica renovadora.

Por eso, resulta complicado catalogar a “The Mitchells vs. the Machines”, el último gran exponente de la animación para niños, que se ha estrenado en Netflix y ha tenido una muy favorable acogida de la crítica. Merecen elogios, sin duda, los prodigiosos recursos a los que apela para contar la historia de una familia común que debe enfrentar una rebelión de robots dispuestos a dominar el mundo. El parecido a los Daft Punk en el diseño de los autómatas y una banda de sonido donde conviven Talking Heads, Le Tigre y Sigur Rós, son algunos de los muchos guiños que el filme ofrece a los adultos.

Para chicas y chicos, no faltan los stickers, los filtros, las redes sociales ni la estética propia del universo virtual que los envuelve. Lo que brilla por su ausencia, en todo caso, es la adecuación de los contenidos a una modernidad que sí está presente en otras propuestas de su tipo. Un núcleo familiar, compuesto por un papá, una mamá, una hija y un hijo, pone un toque demodé a este largometraje que, categorizado como el punto culminante en el desarrollo de la animación infantil, peca de una corrección que, paradójicamente, ha pasado a ser incorrecta.