Gay o no gay, esa es la cuestión

Por Javier Boher
Si hay algo que les absolutamente esquivo al peronismo es el pensamiento liberal. No se trata sólo de abrir fronteras, bajar impuestos y desregular tarifas como en los tiempos de Menem, sino de algo mucho más amplio. Para el partido que confunde sus límites con el Estado y para el cual la masa es algo deseable, que haya individuos libres simplemente es algo que lo excede.
Tal cosa no es solo aplicable a lo más vetusto y conservador del peronismo del interior profundo, donde el caudillismo parece ser algo que se adoptó desde los tiempos coloniales para no abandonarse más. El peronismo de los grandes centros urbanos parece estar atado a la misma lógica, incluso cuando se pone el overol progresista para aparentar ser lo que no es (o para esconder lo que efectivamente es).
Las huestes kirchneristas del movimiento LGBTIQ+ (que excede a esa fe ideológica con mucha más diversidad política que la que se muestra) festejaron la designación de Alexis Guerrera en el ministerio de transporte. Es que el hombre de Sergio Massa (políticamente hablando) es abiertamente homosexual, lo que llena de orgullo a un colectivo largamente ignorado a la hora de formar gabinetes.
La historia vista con ojos kirchneristas dice que el massista es el primer ministro gay de la historia argentina. Los que miran un poco más allá saben que eso no es así.
El primer ministro abiertamente homosexual fue Jorge Faurie, ex canciller de la gestión macrista, que tuvo a su cargo la organización del G20 y el cierre de las negociaciones por el acuerdo con la Unión Europea. Quizás el defecto del predecesor de Felipe Solá -y por lo que se lo ignora- fue nunca haberse pronunciado a favor de Cuba o Venezuela; vaya uno a saber.
La Federación Argentina de LGBT celebró en un twit el debut de un homosexual en una cartera de gobierno, lo que fue un error. En lugar de reconocerlo y celebrar que era el primero en un gobierno peronista, eligieron alzar la bandera de la inquisición progresista para bajar a Faurie del primer lugar del podio. Su respuesta cuando se les hizo notar el desliz fue que “Hacer una tibia declaración hacia el final de tu gestión no es haber sido un Ministro abiertamente gay”. Aunque diga abiertamente en un medio nacional que es gay y dedique el final de la entrevista a eso, no lo es.
Faurie es un irresponsable y un insensible que no piensa en los otros. Quizás debería andar siempre con el triángulo rosa cosido en la solapa del saco, así la policía de la homosexualidad lo puede identificar claramente. Ridículos.
Tal vez lo que dificulta la lectura de los fieles militantes oficialistas es que no están acostumbrados a que se premie el mérito individual o la idoneidad. Cuando se aspira a cargos por herencia, acomodo o pertenencia a alguna corporación, lógico es que no se vean más atributos que la etiqueta con la que se llega.
Uno de los estandartes de ese mismo liberalismo que tanto les cuesta decodificar es que el plan de vida de cada individuo es personal, y que cada uno elige también cuánto compartir de eso que pertenece al mundo privado. Eso aplica a todo, desde la sujeción igualitaria a leyes impersonales hasta la rendición de cuentas por el desempeño en un cargo público “Señor, su gestión fue paupérrima”, “A eso lo dicen porque soy gay”. No tiene sentido por ninguna parte.
La diversidad no abunda en los gabinetes argentinos. El gabinete de Macri, pese a haber tenido a un discapacitado motriz tampoco tuvo tantas mujeres. En este, sin ir más lejos, las dos mujeres que dejaron sus puestos de gabinete fueron reemplazadas por hombres, así como también se eligieron mayormente nombres de Buenos Aires. Si somos generosos, en todos los gabinetes ha habido discapacitados cognitivos, mientras la mayoría de los funcionarios ha hecho gala de sus discapacidades morales (porque no dejaron delito por cometer).
La política argentina se sigue achicando sobre sí misma, con una endogamia que dificulta la apertura a la diversidad en todas sus formas, privilegiando la capacidad por sobre la pertenencia a cualquier colectivo.
La cooptación de organizaciones de la sociedad civil -que nacieron en el seno de una sociedad liberal para reclamar por derechos que solo existen y se garantizan en las democracias liberales- sirve al gran proyecto de legitimación de un orden conservador. Este orden conservador se impone una patina progresista para maquillar que la igualdad de oportunidades solo existe para los que cumplen con todos los ritos que exige el movimiento. A los que no acceden a ello les corresponde el ostracismo.
La serie de tuits de la FALGBT expone con claridad una realidad cada vez más palpable. No solo no importan los méritos ni las capacidades, sino que además todo se puede -y se debe- militar acríticamente, negando la participación de los que abrieron caminos.
Alguna vez me dijeron que para hacerse más inteligente hay que hablar con gente más inteligente que uno. Lo mismo aplica para la diversidad: si se quiere ser más amplio y tolerante hay que hablar con gente más amplia que uno, no con fundamentalistas. Pero bueno; eso también es parte de ese pensamiento liberal que tanto se empecinan en esquivar.