Lejos de las capitales

En el documental de 2020 “Héroes: Silencio y rock & roll”, estrenado hace pocos días por Netflix, se aprecia con claridad cómo se escenificaron las tiranías culturales metropolitanas en España, donde Madrid y Barcelona ejercieron un monopolio de la movida rockera ochentosa.

Por J.C. Maraddón

A diferencia de otros estilos musicales que tienen su origen en paisajes campestres, el rock es un género eminentemente urbano, que se esparció primero por las grandes metrópolis para desde allí bajar luego en dirección de los más pequeños conglomerados de población. Y si bien hubo otros focos de gran trascendencia (como Liverpool, por ejemplo), ciudades como Londres, Nueva York o Los Angeles fueron claves en el desarrollo del rocanrol anglosajón, que constituyó la corriente predominante en los años sesenta, cuando ese sonido juvenil y ese mensaje rebelde terminaron de consolidarse al frente de las tendencias culturales más populares del mundo.

En Argentina, por supuesto, el desembarco de ese movimiento tuvo idénticas características geográficas. Al provenir del exterior, esa música entró a través del puerto de Buenos Aires, donde se verificó el accionar de los pioneros. Cabe consignar que Rosario y otras urbes del interior (Córdoba incluida) registraban en esos días incipientes brotes rockeros, pero es indiscutible que el caldo se cocinaba en la capital del país y que cualquiera del interior que tuviera intenciones de hacerse escuchar debía mimetizarse con la movida porteña, tal cual lo hicieron bandas como los rosarinos Los Gatos Salvajes y como los cordobeses Los Bichos.

En el transcurso de las décadas, no faltaron escenas locales que desafiaron ese predominio y que gestaron sus propias avanzadas sonoras, tan poderosas que se atrevieron a conquistar el marcado masivo, que cayó rendido ante ese embate sin preguntar de dónde provenía. Enclaves británicos, como Manchester o Bristol, y estadounidenses como Detroit o Seattle, que estaban en un principio fuera de los radares de la industria discográfica, en algún momento lanzaron a la consideración general una camada arrolladora de nombres, cuya fama se disparó hasta poner en el mapa de la música ese rincón del planeta en el que habían nacido.

Mucho más cerca en el tiempo y en el espacio, contamos con muestras de procesos similares, que se generaron en el interior profundo y que, conjugando esfuerzo y talento, se hicieron conocer y adquirieron un prestigio subrayado por la crítica y reafirmado por el público. Así como alguna vez La Plata fue el epicentro del rock argentino independiente, en los últimos años ha sido Mendoza la que se despachó con una legión de grupos que removieron el avispero. Y en Córdoba hemos asistido en lo que va de este siglo a la efervescencia de iniciativas artísticas provenientes de Villa María o Río Tercero.

En el documental de 2020 “Héroes: Silencio y rock & roll”, estrenado hace pocos días por Netflix, se aprecia con claridad cómo se escenificaron estas tiranías metropolitanas en España, donde Madrid y Barcelona ejercieron un monopolio del estallido cultural que se desencadenó a comienzos de los ochenta. Tras el apartamiento de los fantasmas del franquismo, el rock español abrió sus alas y animó un despegue fenomenal, donde algo tuvieron que ver los argentinos que habían fijado allí su residencia. Uno de ellos, Gustavo Montesano, que aquí tocaba rock progresivo con Crucis, protagonizó el suceso pop del grupo Olé Olé.

A mediados de los ochenta, Montesano empezó a producir a Héroes del Silencio, una formación oriunda de Zaragoza que, a la sombra de la oscuridad de The Cure o The Mission, remaba contra la corriente divertida que reinaba en las radios. Luego del sufrir el rechazo de la prensa especializada por ser “de provincias”, se empeñaron en seguir su senda y, tras un reconocimiento impensado en el exterior, consiguieron ser profetas en su tierra y hoy constituyen un clásico del rock en castellano. En “Héroes: Silencio y rock & roll” es posible encontrar similitudes con otras cruzadas que debieron emprender tantos artistas del interior para ser aceptados en las capitales.