Espigando vivencias en la Confederación (Segunda Parte)

El viajero irlandés Thomas Hutchinson exploró hasta el río Salado en 1862, en busca del algodón. Aquí leemos algunas anotaciones de su paso por la zona de frontera entre Córdoba y Santiago del Estero, y de su paisaje montaraz.

Por Víctor Ramés
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Soldado haciendo guardia sobre un árbol, durante la expedicion de Thomas Hutchinson, 1862-63.

Caminando la frontera de Córdoba con Santiago del Estero, Thomas Hutchinson describe vívidamente los rasgos culturales que derivan del paisaje, de la distancia, de las tradiciones indígenas y criollas de esa región.
“Después de haber andado como cinco leguas por un entre un espeso monte y bajo un sol abrasador, paramos en un rancho abandonado en la estancia de Anita Pozo, donde había una diminuta laguna con poca agua, y un pequeño pozo con menos aún; estando el agua a una profundidad de veinticinco varas.

Difícilmente se podrá imaginar nada más hermoso que el choque de las nubes sobre la alta cadena de las sierras de Córdoba, visto desde aquí. En el momento que el vaqueano me mostró esas sierras no pude distinguirlas de lo que me parecía a mí un panorama de nubes; pero gradualmente, oscuros pedazos de colina se fueron distinguiendo de la plateada bóveda del cielo, y apareciendo como si estuviera a una distancia más allá del mar. De aquí al punto más próximo de la sierra hay por lo menos sesenta millas.”

En las inmediaciones de los parajes de Anita Pozo y la Capilla de la Encrucijada, los viajeros observan el primer árbol de jume que tuvieron ocasión de ver, “que los moradores queman para hacer álkali y con él producir jabón”. También allí, un punto de cruce de caminos, Hutchinson describe el encuentro con indios de Bolivia.
“En la Capilla, que no tiene techo, se abren cuatro caminos, uno para la ciudad de Córdoba, otro para el Rio Seco, el tercero para el Chañar y el cuarto, en el que nos encontramos, que va a Carabajal. Aquí encontramos cuatro indios bolivianos. Eran de la provincia de Yunga, cerca de La Paz, capital de Bolivia. Tres de ellos montaban cada uno un burro, y el cuarto un caballo de miserable aspecto. Cada animal llevaba una bolsa colgada a cada costado donde llevaban ‘cinchona’ (planta que contiene quinina), para vender, la cual atraviesan todo el país. Eran unos hombres de miserable apariencia; no del todo parecidos a lo que uno se pudiera imaginar de las ‘Almas hechas de fuego, e hijos del Sol’ (poema de Edward Young, siglo XVIII). Todos usan un largo pelo trenzado a la espalda a manera de lo que en Inglaterra se llamaba
pig tails (colas de chancho) en el último siglo. Usar el pelo de este modo es una señal de excepción del servicio militar, privilegio por el cual se tiene que pagar anualmente un impuesto al Gobierno.”

Los algarrobos dominan el paisaje y su fruto merece unas líneas en el libro de Hutchinson.
“Habiendo pasado la noche en la casa del señor Fragueiro, en la Encrucijada, nuestra marcha a la mañana siguiente fue por un camino tan ancho como cualquiera de las principales vías de la Reina en Inglaterra, a cuyos lados había montes de algarrobos, y el suelo bajo de ellos, materialmente, alfombrado con su fruta. (…) Las bayas son parecidas a la de las judías poco crecidas. El olor y gusto de esta fruta es muy bueno. Toda criatura o animal se alimenta en este país con algarroba. De ella se hace una bebida fermentada. llamada ‘aloja’, y en muchas partes los pobres no tienen más cama sobre que dormir que los montones de vainas de algarroba, guardada para provisiones del invierno.”

En dirección a las sierras, el recorrido del irlandés y de sus acompañantes queda inscripto en su cuaderno de viaje:
“En la casa ‘Puesto del Seco’ (la primer habitación blanqueada que se encuentra después de haber dejado la Esperanza, y donde nos detuvimos algunas horas a la siesta) vi algunas chiguas (bolsas de cuero) llenas de sal ordinaria sacada de una salina que está como a una legua de allí, y la que forma parte de la Laguna de los Porongos, donde se dice que termina el Rio Dulce o de Santiago. El dueño de este lugar me dijo que, en vez de estar aislada la Laguna de los Porongos como la representan los mapas, hay tres, casi en la misma dirección a saber: Porongos, Mar Chiquita y Mistoles; y que ellas se extienden desde la Concepción del Tio, hasta la estancia del Seco, como diez leguas más al Norte de donde estamos ahora. Huertas de tuna, majadas de ovejas, cabras, y perros, represas de agua, casas edificadas en pugna con todos los principios de comodidad y ventilación, caminos medianamente buenos pero poco pasto en todas partes, es lo que hay cuanto más nos acercamos a la sierra. Nuestro viaje, el día que salimos de la Encrucijada fue solamente de siete leguas, y paramos por la noche en la casa de D. Teodoro Pucheta en los Tajamares. Debo, tal vez, explicar que parar en casa de Fulano, Sutano ó Mengano en nuestro viaje, quiere decir, desuncir nuestros vehículos, armar nuestras carpas, y comprar una oveja o cabra para nuestra cena.”

La siguiente relación del viaje comprende un episodio que ya fue motivo de una nota específica, sobre la asistencia del visitante a un velorio del angelito. Luego de esa experiencia bien detallada por Hutchinson, los viajeros se encuentran en el departamento Tulumba.
Aquí me dicen que, como a seis leguas al Oeste de la capilla del ‘Puesto de Castro’ donde el niño debía ser enterrado, hay otra capilla, la ‘Capilla de Siton’. Esta pertenece al departamento de Tulumba, en el que estamos actualmente, mientras la anterior pertenece al departamento del Rio Seco. A lo largo de nuestro camino de hoy [Enero 13] ha habido unos arbustos que producen una pequeña fruta llamada ‘piquillín’ muy parecida a la grosella colorada o espina blanca, y que es comible. Tiene un pequeño carozo duro en el centro. Hay dos Clases, el colorado y el negro, pero parece de un gusto sumamente insípido. Creo que hecho en una especie de dulce llamado arrope es cosa muy fresca para un día de calor. Como ha llovido durante una gran parte de esta mañana antes que pudiéramos salir del Tajamar, no anduvimos sino legua y media, habiendo andado lo principal de nuestro camino por entre un monte, donde la dorada fruta del algarrobo brillaba con los rayos del sol naciente. El distrito está sin embargo poblado, siendo las ‘chillonas ranas’ por la tarde, principalmente, sus más bulliciosas moradoras.”