Compañero Joe Biden

Cristina Fernández de Kirchner cree haber visto en el plan del presidente norteamericano una marca de peronismo. Otra vez oscila entre los problemas de comprensión y el oportunismo político.

Por Javier Boher
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El día en Washington D.C. amaneció despejado. No se puede imaginar una jornada más demócrata que esta, que hace enojar a esos gorilones del Partido Republicano. El presidente le va a hablar a sus gobernados, que le harás sentir la más maravillosa música: la voz del pueblo norteamericano.

Los colectivos amarillos se cuentan de a cientos todo alrededor de las inmediaciones del Capitolio, donde el Jefe de Estado se va a pronunciar sobre el rumbo político y económico de los próximos años. Desde su estacionamiento sobre las calles Madison y Jefferson los militantes se van encaminando a la concentración que los espera en el monumento a Washington.

Las columnas del sindicalismo demócrata marchan con sus banderas de “Barack Obama conducción” y las de “Unidad básica Jimmy Carter”, luciendo orgullosos sus pecheras de “La Roosevelt” y el “Movimiento Jackie Kennedy”. No se descuidan detalles, como que la cerveza fluya a ríos entre los asistentes mientras se siente en el aire el dulce perfume de hot dogs bien condimentados.

Todos están tranquilos porque no importan los excesos de hoy. Todos saben que cuando termine el discurso se decretará el asueto por el Saint Joe Biden. No caben dudas de que con toda esta liturgia esta es una nación condenada al éxito.

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Otra vez más, como ya pasó antes con Barack Obama y Donald Trump, la vicepresidenta de la nación deidió elogiar a un presidente norteamericano. Es curiosa su fascinación por los líderes políticos del gran país del norte: siendo una abanderada del antiimperialismo adolescente, cabría esperar de ella un poco más de indiferencia por los procesos internos de la mayor potencia del casi último siglo.

Su elogio al plan de reactivación lanzado por el mandatario norteamericano para contrarrestar las consecuencias de la pandemia y la nueva Guerra Fría no debe sorprender a nadie: todo lo que suene a proteccionismo será celebrado por los que hacen del vivir con lo nuestro una bandera.

Lo que tampoco sorprende a nadie es la profunda ignorancia y falta de formación de quien condujo durante ocho años los destinos del país en política exterior. Una escena como la descrita al comienzo de la nota es sencillamente imposible en un país en el que la institucionalidad es la piedra angular del sistema.

Los frenos y contrapesos de un sistema republicano evitan los excesos de los políticos, que cuando se extralimitan dejan en evidencia su incapacidad para manejarse en esa densa maraña de trabas pensadas para que la democracia liberal funcione.

El proteccionismo de Biden no se puede comparar con la máquina de empobrecer que han instalado en este país, la única industria que parece prosperar con esa idea de autosuficiencia y aislacionismo.

La posibilidad de emitir dólares -reserva de valor para millones de personas y decenas de países del mundo- dista de ser una herramienta asimilable a la de emitir pesos que cada vez valen menos. Ni que hablar de que el acceso al crédito es más fácil cuando no se es un deudor crónico.

La economía norteamericana es compleja, diversa y robusta, algo diametralmente opuesto al caso argentino, que avanza inexorablemente en la dirección de la contracción de la producción y exportación de productos y servicios.

Cuesta pensar a los partidarios de Biden tirando piedras contra el Congreso para evitar la sanción de una ley, sembrando sospechas sobre la justicia o apelando a poderes oscuros y teorías conspirativas para encubrir su propia incapacidad. Seguramente pueden pasar tales cosas, como ocurrió en los estertores del gobierno de Donald Trump, pero son imperfecciones o anomalías de un sistema que puede curarse a sí mismo, no la norma de un país en patología permanente.

Decir que Joe Biden puede ser peronista en un país con una matriz social, política, económica y cultural tan distinta a la nuestra es de una falta de cultura general alarmante. Es un país en el que se respetan la propiedad privada y las libertades individuales, a la vez que no se usan consignas colectivistas para conculcar derechos a los ciudadanos por el firme deseo de transformarlos en súbditos.

Pensar en Biden lanzando una línea aérea de bandera para recuperar Pan-Am, acumulando millones por la corrupción en la obra pública, largando programas del estilo “carne para todos” o sacando a sus militantes a controlar precios en los Wal Mart es risible. Nada más alejado del peronismo que un político norteamericano exitoso.

Seguramente habrá algunas similitudes y puntos de conexión entre los políticos o el gobierno de uno y otro país, pero de ahí a enrolar al presidente de una de las dos grandes potencias del mundo en una tradición política -que ni siquiera representa a la totalidad de la población- de un país periférico y en involución de desarrollo es un acto admirable de tergiversación de los dichos y los actos de otros.

Lo importante de que la vicepresidenta haya hablado es que sigue tratando de mantener firmes a sus fieles en medio de una puja interna que ha empezado a complicarse. Que haya hecho referencia al peronismo norteamericano es anecdótico, un simple acto de contorsionismo para tratar de justificar su arcaica visión ideológica.