El Trilema de Basualdo

El inesperado conflicto por un ignoto subsecretario demostró que en el mismo hay tres patas y dos lógicas que se excluyen. La resolución indefectiblemente dejará heridos.

Por Javier Boher
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La interna del Frente de Todos fue intensa desde el primer día, con el cristinismo jihadista en cruzada permanente contra los infieles. Cada funcionario que demostraba algún grado de independencia pasaba rápidamente a la lista de los prescindibles, que fue sentenciando el destino de media docena de “tibios”.

Finalmente, ese avance inclaudicable parece haber encontrado un punto de resistencia en el área más delicada para el inconsciente colectivo de los argentinos, el Ministerio de Economía. Si hay un terreno en donde es fácil empantanarse, definitivamente es en dicha cartera.

Martín Guzmán -el chico mimado por el albertismo que nunca fue- tuvo que enfrentarse a una situación que hizo aflorar lo que parece ser el último espacio de disputa posible. La posición de Federico Basualdo como subsecretario de energía se volvió, de repente, en un encarnizado espacio de batalla. La remoción o permanencia del mencionado funcionario se transformó, súbitamente, en la Stalingrado del Frente de Todos. El indetenible avance de la wehrmacht camporista parece haber tocado, finalmente, algún nervio de amor propio albertista, así como los rusos recuperaron el orgullo herido en aquel recordado episodio bélico.

La situación bien podría catalogarse como un ejemplo típico de la teoría de juegos, en donde los incentivos de cada contendiente determinan estrategias que hacen difícil la resolución del mismo. En este trilema, cualquiera que ceda en la negociación quedará debilitado, porque la cuestión de fondo implica que alguien pierda: la improbable cooperación no podría evitar que el derrotado se quede con las manos vacías.

La complejidad del tema no sólo radica en los actores involucrados, sino también en las lógicas distintas sobre las que se quiere determinar las reglas. Sin reglas claras el juego se hace más difícil, con el agravante de que aquí no hay un árbitro que pueda resolver las disputas y aclarar las normas a seguir. Los dos que podrían ponerse en ese lugar -el presidente y su vice- ya se han posicionado distinto.

Martín Guzmán, acuciado por los problemas de la administración de recursos finitos en un contexto de crédito externo cerrado y presión impositiva récord, sabe que hay que empezar a acotar el gasto público para evitar que todo espiralice en una crisis con vahos de Rodrigazo. La lógica elemental de la racionalidad económica es la que lo mueve en sus decisiones.

Cristina Fernández piensa en las elecciones, escollo a superar en su búsqueda irrefrenable de impunidad. Sabe que una derrota electoral -cuando sea que se realicen las elecciones- sellaría el destino del gobierno en general, pero el suyo en particular. Ya navegó en tiempos de economía destruida y endeble con relativo éxito, aunque por menos tiempo que el que le queda por delante.

Alberto Fernández piensa en él mismo. En el justo medio (si existe tal cosa si se integra una alianza con el kirchnerismo) sabe que una economía que anda a los tumbos entierra a cualquier gobierno, pero también es consciente de que un ajuste dificulta el triunfo en las urnas.

Guzmán decidió que era tiempo de un ajuste de tarifas, a seis meses de las generales. Nadie sensato puede descartar tal cosa, pero ningún estratega lo haría en pleno año de elecciones. Allí llegó el momento del conflicto entre Cristina y Guzmán por un ignoto subsecretario que se abroqueló al cargo.

La renuncia o permanencia de Basualdo determinará la suerte de alguna de las patas de este entuerto.

Después de meses de negociaciones con el FMI y con una reciente gira por Europa, Guzmán no puede exhibir tamaña falta de autoridad ante la rebeldía de un subalterno. Si no puede echar a un subsecretario aún con el acuerdo del presidente, ¿quién puede creer en la palabra empeñada ante los acreedores?.

Cristina nunca se caracterizó por ceder. Incluso al perder tuvo que mostrarlo como un triunfo. Aquí no cabe tal situación. Abandonar a Basualdo sentaría un precedente complejo a poco tiempo de que llegue el momento de armar las listas, la obsesión de la expresidenta.

Alberto Fernández se juega su última cuota de liderazgo. Sabe que si el gobierno perdiera a su Ministro de Economía poco tiempo antes de las elecciones detonaría toda chance de supervivencia. Machinea y López Murphy cincelaron el epitafio en la lápida del gobierno de la Alianza con sus salidas en marzo de 2001. Ser ladero de De la Rúa probablemente no sea el lugar en los libros que imagina para él el presidente.

Martín Guzmán es la única barrera que -ante los ojos del exterior- evita que el chavismo más rancio se haga finalmente con el poder. Es la única garantía relativa de normalidad en un país en el que la mal llamada heterodoxia sigue haciendo estragos en el manejo de lo público, alineado con la necesidad de la vicepresidenta y su familia de evitar la cárcel. Los ojos del cristinismo jihadista ven lo mismo.

La situación seguramente dejará muchos más análisis cuando se resuelva, si es que lo hace. Independientemente del hombre en cuestión, en el fondo hay un dilema mucho más importante para el futuro del Frente de Todos, que seguramente será debidamente explotado por los que integran marginalmente la ecléctica coalición panperonista que funge en Casa Rosada y alrededores.