Espigando vivencias en la Confederación (Primera Parte)

Thomas Hutchinson recogió, como en una cosecha, los apuntes de una exploración que lo llevó de Rosario al río Salado, en 1862 y 1863, a finales de la Confederación Argentina. Las páginas sobre Córdoba siguen obsequiando una lectura de interés.

Por Víctor Ramés
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El coyuyo y la algarroba, un marco criollo para un baile campestre.

Hay autores que invitan a hacer puntada atrás, porque sus crónicas de viaje, si bien ya rindieron enfoques y aportes, siguen ofreciendo elementos ricos para visualizar la Córdoba del pasado. En este caso, se trata de Thomas Hutchinson, un viajero irlandés que escribía libros de viaje, trabajaba en el servicio diplomático y pertenecía a varias sociedades científicas y de negocios. De él transcribimos, en su momento, la descripción de un velorio del angelito, y más tarde tuvimos ocasión de asomarnos a la perspectiva de su mirada cuando visitó la ciudad de Córdoba. Retomamos páginas de sus pasos por Córdoba, ya que fue y vino entre el Noroeste argentino, y la ciudad de Rosario, donde Hutchinson fue cónsul de su majestad británica. Es interesante saber también que había sido antes cónsul británico en Biafra, y que luego lo sería en Montevideo (donde además tuvo una farmacia). En 1862, emprendió una exploración hasta el Río Salado desde Rosario, junto al comerciante Esteban Rams, con ayuda oficial. Iban atraídos por la búsqueda de algodón silvestre, y de esa experiencia surgió el libro “Buenos Ayres and Argentine Gleanings: with extracts from a diary of the Salado exploration in 1862 and 1863”, publicado en Londres en 1865.

Nos sirve de guía la traducción de Luis V. Varela publicada de inmediato, al año siguiente de la edición londinense, un auténtico esfuerzo editorial de mediados del siglo XIX, que apareció en 1866 en Buenos Aires, por la Imprenta del Siglo. La ortografía y también ciertos giros de la época, reclamaban un cotejo y una intervención particular, cosa que hicimos.

En 1862, camino a Tucumán, Hutchinson hacía las siguientes anotaciones al cruzar la frontera hacia Córdoba. Damos una probada a su texto.
“Nuestro viaje a la luz de la luna nos trajo a la mañana siguiente al Cantón de Quebracho, que ahora está completamente desierto. Aquí nos hallamos en la línea de frontera entre las provincias de Santa Fe y Córdoba. En las inmediaciones había una arboleda muy bonita, en la que había perales y granadillos. El 7 de enero, partimos de la estancia del señor don José María Lenzilla, a eso de las cuatro de la mañana, atravesando un bosquecito de chilcas que me recordaron en alguna forma al sauce enano, y sobre un pantano que de algún modo se conectaba con el río Segundo, aunque sin evidencia de un canal. Al cruzar el Río Segundo sobre lo que ahora es un lecho totalmente seco, pese a las lluvias de los últimos dos días, entramos en el pueblito de Concepción, capital del partido del Tio, en la provincia de Córdoba. Este pueblo se llamaba antes San Justo. Su plaza no tiene más de tres o cuatro casas a los lados. Hay una pequeña iglesia, aunque no sin obelisco al centro, como se usa en todas partes. El cura, además de su oficio, tiene otras ocupaciones que cubrir en su capilla pequeña, llamada Arroyito, como a cinco leguas de Concepción. En el cantón están destacados unos doscientos soldados, pero no se encuentran confinados en barracas, como si fuera un regimiento de soldados especiales. Unas pocas pulperías son el único signo de comercio en el lugar.
El 7 de enero. Un cambio de clima, truenos, relámpagos y lluvia toda la noche. La lluvia todavía cae mientras escribo en la casa de la ciudad del señor Lenzilla, donde nos detuvimos anoche. Hay un extenso jardín con cactus de tuna, una fruta muy estimada cuando madura. A base de esta se hace un dulce que llaman ‘arrope’.
Observando pasar por la ventana un caballo con tres patas blancas, le comenté al Coronel Condarco que animales de esa clase no son estimados en Inglaterra, y él me recito un adagio español que remarca, al contrario, el gusto de esa característica en este país:
‘Calzado a tres / Ni lo vendas, ni lo des.’
Lo que significa que nunca debes desprenderte de un caballo con tres patas blancas.”

Tras avanzar otras tres leguas, llegan Thomas Hutchinson y sus acompañantes a la estancia de un militar, el coronel Álvarez, situada en un paraje que -según un mapa de John Cohglan, su paisano irlandés que vivió treinta años en la Argentina- llevaba el nombre de La Caña. Permanecen poco tiempo allí.

De aquí al Manantial, distancia como de 9 leguas, y en la cual ocupamos día y medio, nuestro camino se hizo por entre una serie de montes y potreros, pasando grandes represas de agua, llamadas ‘tajamares’, y entre majadas de ovejas y cabras en cada casa. En los montes hay muchos cardenales y cotorras verdes. Noto que en cada puerta hay montones de vainas de algarroba. Este es el alimento para el invierno, y se guarda en un depósito hecho al estilo de una colmena grande.”

Antes de despedirse de la provincia de Córdoba, ya sobre el límite con Santiago, el autor irlandés destaca la labor de una tejedora y experimenta el ruido ensordecedor de los coyuyos.
“Nuestra parada esta tarde fue pocas leguas más adelante en un paraje llamado ‘Tacuruces’, donde vi uno de los primitivos telares, peculiares a las provincias. Una mujer trabajaba en él, y estaba haciendo una colcha de lana. El hilo era color rosa, amarillo y colorado, el rosado sacado de una especie de semilla, y el amarillo de las hojas de dos hierbas, una llamada ‘Chasco Yonis’ y la otra llamada ‘Romerillo’, que se emplea cuando no se puede encontrar la anterior.
En los primeros tiempos de los españoles esta era la línea de frontera entre las provincias de Córdoba y Santiago. Desde que entramos a esta provincia y cada vez que la noche llega, escuchamos un ruido muy parecido al silbato del ferrocarril, que se me dice es producido por una especie de cigarra. El nombre indio de este insecto es ‘Coyuyo’. Cuando me fui a la cama no pude evitar pensar que para que un hombre duerma cómodamente en un monte de Sudamérica, debería haber sido educado en un molino, o en la puerta siguiente al almacén de un hojalatero; pues el continuo chillar de esta cigarra-silbato de ferrocarril, y el abominable ruido de los sapos y ranas, es permanente y dura hasta algunas horas después de entrado el sol.”