Epitafio para el doble comando

El final del doble comando supone la asunción de CFK de todo el poder, en una auténtica auto subversión del orden político de la coalición de gobierno. Alberto está siendo víctima de una maniobra destituyente en toda la regla, con el agravante que no puede ni quejarse ni denunciarla. Está solo, aislado de La Cámpora y de la oposición, sin ningún plan B que le garantice mínimas chances de supervivencia. Al menos en esto es coherente; después de todo, supo confesar a la prensa internacional que él no creía en los planes. Así le va.

Por Pablo Esteban Dávila

Se acabó. El doble comando ha muerto. Su epitafio es simple: “aquí yace la autoridad presidencial de Alberto Fernández, liquidada por el caso Basualdo”. Ya no queda ninguna duda de la que manda es Cristina Fernández de Kirchner. Y esta es una anomalía política de impredecibles consecuencias.

Los hechos inmediatos que precedieron a esta defunción son conocidos. El ministro de Economía, Martín Guzmán, le pidió al presidente que se deshiciera de Federico Basualdo, el secretario de Energía teóricamente a su cargo. Basualdo -un hombre de La Cámpora- se opone a los incrementos en las tarifas de luz y agua que impulsa Guzmán, quien se encuentra aterrado por los crecientes subsidios que debe afrontar el tesoro nacional para mantener barata la energía en el conurbano bonaerense. El presidente aceptó solicitar la renuncia al responsable del área energética bajo cargos de incompetencia.

La decisión, sin embargo, generó una resistencia no calibrada, primero en Máximo Kirchner y luego en su madre, la vicepresidenta. Desde el Instituto Patria se le hizo saber a la Casa Rosada que con Basualdo no se jode, y que las tarifas no aumentarán al ritmo que exige Guzmán. El pedido de renuncia, por lo tanto, quedó stand by, en el limbo.

El ministro de Economía amenazó con renunciar, toda vez que se ha puesto en jaque su autoridad sobre el ministerio que conduce. “Es él o yo”, amenazó al presidente el pasado viernes. Fernández, como es su costumbre, respondió con la parálisis decisoria. Por estas horas, no se sabe si Basualdo o Guzmán continúan en sus puestos ni que sucederá con la política energética si, en rigor, todavía puede hablarse de algo que se le asemeje.

De lo que no caben dudas es que las decisiones del presidente ya no constituyen la última ratio de la gestión que él encabeza. Se supone que en un sistema presidencialista la atribución de disponer de sus colaboradores y de establecer las políticas que ellos deberían ejecutar le corresponden exclusivamente al jefe de Estado, pero esto no funciona así dentro del Frente de Todos. Es un hecho que las segundas y terceras líneas de la administración pública le responden a Cristina y no a Fernández, lo que determina que la cabeza no sepa lo que hacen sus pies.

Esta particularidad ha minado, desde el principio, la posibilidad de maniobra del presidente frente a tres temas que, en retrospectiva, constituían el ABC de los desafíos que tendría por delante. En efecto, la lucha contra el Covid, la solución de los temas judiciales que afectan Cristina y la renegociación con el FMI (llave para reordenamiento de la economía) se presentaban como la quintaescencia de los problemas a resolver para asegurar el contexto sanitario, garantizar su propia gobernabilidad y terminar con la recesión. Nada de esto, como se advierte, ha podido ser resuelto hasta ahora por Alberto.

Buena parte de la responsabilidad le corresponde a la vicepresidenta, cuyo poder de veto se fue haciendo cada vez más palpable desde marzo del año pasado. Así, en lo relativo a la pandemia, Ginés González García tuvo que ser eyectado por errores propios y por la presión camporista, en tanto que Marcela Losardo -la exministra de Justicia- fue forzada al exilio dorado en la UNESCO porque no supo resolver favorablemente la situación procesal de la expresidenta, un prerrequisito que ella misma le había impuesto a su compañero de fórmula. Su reemplazo, Martín Soria, está intentando (por cierto que con modales desconcertantes) recuperar el tiempo perdido frente a la impotencia del propio Fernández.

Guzmán ha tenido su propio vía crucis. En su condición de académico experto en temas de deuda externa, le debe al premio nobel Joseph Stiglitz su actual posición. Stiglitz es un teórico considerado tropa propia por Cristina merced a sus posiciones heterodoxas en asuntos macroeconómicos. Ella suponía que Guzmán haría la magia necesaria para terminar con el estancamiento sin “poner de rodillas” al país ante el FMI y los tenedores de bonos soberanos. No obstante, ni el ministro es Harry Poder ni su mentor come vidrio. Ambos pueden reclamar para sí toda la fe neokeynesiana que deseen, pero los dos entienden que la Argentina está sufriendo un colapso fiscal que requiere tanto de un acuerdo con el Fondo Monetario (los vencimientos previstos para el año próximo son impagables) como de un inevitable ajuste en las cuentas públicas a riesgo de disparar la inflación a niveles siderales.

Cristina, contra toda la evidencia, resiste a este determinismo y actúa en consecuencia. La orden impartida a Basualdo de quedarse en donde está forma parte de su empecinamiento. Y no porque el secretario de energía sea una luminaria -aparentemente es todo lo contrario- sino porque es la barricada que necesita para evitar que Guzmán aumente las tarifas y que, con ello, las chances electorales del oficialismo se compliquen de cara a octubre. La hipótesis de la vicepresidenta es que sólo con una buena elección en la provincia de Buenos Aires sus chances de esquivar a la acción de la justicia se mantendrán intactas.

La indefinición sobre la suerte de Basualdo y del propio Guzmán ha generado un escenario fluido, en donde cualquier cosa puede suceder. Si el presidente ratifica a su ministro pero no despide al secretario de energía, Guzmán quedará irremediablemente debilitado; por el contrario, si se deshace de Basualdo para satisfacer al ministro, él mismo quedará en la línea de fuego donde, con los antecedentes a mano, tiene todas las de perder.

Por más optimismo que se le ponga al asunto, no deja de ser una tormenta perfecta. La combinación entre crisis política, coronavirus y recesión económica hace que el recuerdo de Fernando de la Rúa no sea, en absoluto, una maquinación conspiratoria. De preferirse un trance de linaje peronista, podrá también evocarse el interinato de la viuda de Perón, con la única salvedad de la ausencia de la doble amenaza militar y terrorista que debía hacer frente Isabelita.

El final del doble comando supone la asunción de CFK de todo el poder, en una auténtica auto subversión del orden político de la coalición de gobierno. Alberto está siendo víctima de una maniobra destituyente en toda la regla, con el agravante que no puede ni quejarse ni denunciarla. Está solo, aislado de La Cámpora y de la oposición, sin ningún plan B que le garantice alguna chance de supervivencia. Al menos en esto es coherente; después de todo, supo confesar a la prensa internacional que él no creía en los planes.

Muchos argentinos, especialmente los votantes no cristinistas del Frente de Todos, pueden estar preguntándose que han hecho para merecer esto. La respuesta más sincera es “todo”. Porque solo un incauto podía asumir que entre un poder vicario como el de Fernández y uno auténtico, redondo y duro como el de Cristina se impondría el del primero. ¿Alguien suponía que esto sería diferente? Negar la física de la política puede funcionar, por un tiempo, como un alucinógeno de alguna efectividad pero, cuando terminan sus efectos narcotizantes, la realidad se revela tal cual es. Y el epitafio del doble comando es el espejo inexorable que esta devuelve.