Disidencias del pasado

Vaya a saber cómo observa un adolescente de estos tiempos (si es que lo hace) esa biografía que narraron los obituarios de Libertad Leblanc el último día de abril, cuando su fallecimiento sumó un titular más a los que ya de por sí encabezaban esa prolífica jornada informativa.

Por J.C. Maraddón

La noticia habla de una celebridad que fallece a los 83 años, pero está acompañada por fotografías de una rubia sensual que posa con un gesto parecido a lo que hoy se definiría como “beboteo”. Apenas vestida con ropas de escote pronunciado, la joven mujer de la imagen está peinada a la manera de las actrices europeas de los años cincuenta y sesenta, como Brigitte Bardot o Sophía Loren. Y el epígrafe señala que se había desempeñado como “vedette” y que protagonizó varias películas de “alto voltaje erótico”, cuyo atrevimiento competía con el de los filmes de la “Coca Sarli”.

Si la persona que accede a esa información a través de un portal de noticias tiene menos de 30 años, quizás entienda poco y nada de lo que representó en su momento Libertad Leblanc, aquella celebridad argentina que hace más de medio siglo habitaba con asiduidad la portada de revistas como Radiolandia o Antena. Tal como sus nombres lo sugieren, estas publicaciones habían surgido como proveedoras de chismes acerca de las estrellas de la radiofonía, aunque también se referían a las figuras cinematográficas. Con el advenimiento de la televisión, vivieron un apogeo que se iba a extender hasta comienzos de los años ochenta.

En aquel país pacato y moralista de mediados del siglo veinte, la audacia de mujeres como la Leblanc o la Sarli era condenada por su procacidad, aunque se les permitía hacer su juego como alimento de las fantasías masculinas, que eran las únicas dignas de ser satisfechas en aquel entonces. Luego de atravesar el filtro de los censores, las fotografías y las películas de estas sex symbols circulaban también a manera de ejemplo de lo que no debían hacer las mujeres “de su casa”, dedicadas a la misión de bregar por el cuidado de su marido y sus hijos.

En esa perversa puja entre lo permitido y lo no permitido (pero tolerado), se filtraba la voluptuosidad de las vedettes, que podían deambular semidesnudas por los escenarios de los teatros de revista pero que debían cubrirse ante la posibilidad de que los programas de TV donde participaban o las fotos donde aparecían llegaran a ingresar en los hogares y quedasen al alcance de los niños. A diferencia de Isabel Sarli, Libertad Leblanc no cultivaba una imagen pudorosa cuando se apagaban las cámaras, sino que hacía gala de un carácter avasallante que estaba a tono con su apariencia en público.

Avanzado como está el siglo veintiuno, con profundos cambios de paradigma y con prodigios tecnológicos que han puesto patas para arriba el negocio del entretenimiento, traducir a la actualidad lo que simbolizaron estas divas en aquella época es una tarea para nada simple, donde los valores de antaño chocan con la escala que hoy se está manejando. Actitudes que 50 años atrás eran el colmo de la rebeldía, ahora no le llaman la atención de nadie. Y esa distancia impide dar una explicación de aquellas pequeñas batallas por extender los límites impuestos, que sea comprensible para las nuevas generaciones.

Vaya a saber cómo observa un adolescente de estos tiempos (si es que lo hace) esa biografía que narraron los obituarios de Libertad Leblanc el último día de abril, cuando la novedad de su fallecimiento sumó un titular más a los que ya de por sí encabezaban esa prolífica jornada informativa. Pero para los que crecieron allá por los años sesenta, esa muerte encierra un significado que supera el de un nombre que supo ser famoso. También apresura el ocaso de una era en la que imperaban ciertos dogmas, que en sus fisuras dejaban filtrar disidencias a las que es casi imposible evaluar desde el presente.