Estampas populares por Francis Bond Head (Segunda parte)

Venido a las Provincias Unidas en 1825 a emprender la explotación minera por cuenta de un trust inglés, el cronista no solo anotó información valiosa para la historia de la minería argentina, sino también sobre personajes del campo entre las postas del camino a Chile.

Por Víctor Ramés
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Ilustración: Silueta de gauchos al atardecer.

El libro de Bond Head sigue aportando ricos retratos de esos seres anónimos que poblaban la pampa argentina. Por ejemplo, la de este gauchito que fue su guía bajo la lluvia.

“…Eran las siete en punto cuando partimos. Los dos carruajes tomaron el camino, pero el maestro de posta le dijo a un gauchito que me llevase por un atajo más breve. Seguí al niño, que no tenía más de ocho años, muchas leguas. Cabalgaba como el viento, y me entretuvo enormemente con una serie de historias divertidas que me contó. Finalmente se largó a llover y el niño, respecto a si podríamos hallar la posta a la que íbamos, me respondió ‘¡Quién sabe!’, ya que él nunca había venido por aquí. Era inútil detenerse, así que mientras cabalgaba a su lado, le pedí que me dijese las instrucciones que le había dado el maestro de posta, pero no pude sacar nada en claro sobre el asunto. Uno habría pensado, por la descripción del niño, que atravesábamos un país montañoso, porque hablaba de colinas y valles que no pude ver; pero los gauchos dividen sus llanuras en altibajos, que nadie puede distinguir salvo ellos mismos. Por fin el niño exclamó que podía ver a un “cristiano” conduciendo algunos caballos, y cuando llegamos a este hombre, él nos indicó dónde estaba la posta.”

Esa inferencia de Bond Head sobre la visualidad del horizonte pampeano, donde el gaucho distingue en los dos mundos del cielo y de la tierra señales de los alrededores, se reafirma en el siguiente relato sobre un peón junto al cual recorre un tramo de su viaje:

El gaucho apuntó con el dedo al cielo y dijo ‘¡Vea, hay un león! Saliendo de mis cavilaciones, forcé mis ojos, pero no descubrí nada, hasta que por fin me mostró, muy alto en el aire, una gran cantidad de buitres grandes, que revoloteaban silenciosos, y me dijo que estaban allí porque había un león devorando un cadáver, que los había alejado de su presa. Al rato llegamos a un lugar donde había un poco de sangre en el camino, y detuvimos un momento nuestros caballos para mirar; comenté que tal vez alguien había sido asesinado allí; el gaucho dijo que no, y señalando unas pisadas que estaban cerca de la sangre, me dijo que un hombre se había caído, que su brida se había roto y que se había levantado para repararla, y mientras lo hacía evidentemente había salido sangre de la boca del caballo. Observé que tal vez fuera el hombre quien estaba herido, a lo que el gaucho dijo: ‘No’, y señaló algunas marcas unos metros atrás en el camino, diciendo ‘se ve que el caballo partió al galope’.”

Sobre esa sabiduría palpada de manera directa en los hombres del campo, agrega el viajero inglés: “Muy a menudo me divertí aprendiendo de los gauchos a descifrar las huellas de los caballos, y el estudio fue muy interesante. Es muy posible determinar, por esas señales, si los caballos iban sueltos, montados, o cargados con equipajes; si eran conducidos por hombres viejos o jóvenes, por niños o por extranjeros sin advertencia sobre las vizcacheras.” Al gaucho a que se refiere el cronista, le fue encomendado acompañarlo hasta una posta próxima. Bond Head se asombrará de lo poco que conocía del extenso territorio.

Encontré los caballos en el corral, y el maestro de postas, en cuya casa había pernoctado varias veces, me dio un caballo de ‘galope largo’ (español en el original) y me señaló un gaucho muy bien parecido como guía. Tuve una larga conversación con él mientras cabalgábamos a la par y vi que era un sujeto de pensamientos nobles. Se interesó en oír acerca de las tropas que el gobierno de Mendoza había enviado para reponer al gobernador de San Juan, depuesto por una revolución. El gaucho se mostraba indignado por esta intromisión y mientras cabalgábamos me dijo con modales finos, que era muy evidente que la Provincia de San Juan era tan libre de elegir su gobernador como la de Mendoza, y que esta provincia no tenía derecho a forzar a San Juan a aceptar un gobernador que el pueblo rechazaba. Luego se refirió a la provincia de San Luis, y le hice una pregunta, pero respondió que nunca había estado en San Luis. ‘¡Por todos los cielos! Exclamé, sin poder esconder mi sorpresa. ‘¿Nunca estuvo usted en San Luis?’. ‘Nunca’, me respondió. Le pregunté dónde había nacido, y me dijo que en un rancho próximo a la posta; que nunca había ido más allá de la llanura por la cabalgábamos, y que nunca había visto un pueblo ni una ciudad. Quise saber cuantos años tenía. ‘¡Quién sabe!’ respondió. No tenía sentido seguir haciéndole preguntas. Continuamos, yo miraba ocasionalmente su buena figura y su rostro, sopesando el buen sentido de sus opiniones sobre varios temas, pensando qué diría la gente de Inglaterra sobre un hombre que no sabía ni leer ni escribir, que nunca había visto tres chozas juntas, etc. etc.”

El capitán y minero inglés quedó intrigado con lo que había oído de su acompañante:
“A causa de lo que este hombre me había dicho respecto a su nacimiento, etc., hice a cada uno de los gauchos que cabalgaron conmigo de posta en posta, por los siguientes casi mil kilómetros, las mismas preguntas, y hallé que un gran número de ellos jamás había visto una ciudad, y que ninguno sabía su edad.”

Para despedirnos de sus apuntes ricos en seres humanos, dejamos el retrato de esta niña que alumbraba la cena de Bond Head en una posta:
“Al no haber candelabro, cuando me sirvieron el churrasco una pequeña niña negra de unos siete años, y casi desnuda, trajo una vela torcida de sebo marrón que sostuvo en su mano todo el tiempo que demoré en cenar. La pequeña llevaba aros de oro y un collar de cuentas rojas. Le di un gran pedazo de pan que comió lentamente, con la más perfecta seriedad en su rostro. Mientras cenaba, ocasionalmente la miré. No tenía nada blanco, solo los ojos y el pedazo de pan en su boca. Ella seguía cada bocado que comía y sus ojos acompañaban el tenedor del plato de estaño a mi boca. Con su mano izquierda se rascaba su pequeña cabeza lanuda, sin mover más que sus dedos negros mientras permanecía de pie como una estatua de bronce.”