Las elecciones de 2003, cambio y permanencia en una Argentina cíclica

A 18 años de aquel turno electoral, los problemas y desafíos del país parecen no haber cambiado, señal de que estamos atrapados en un ciclo perverso de traspiés permanentes.

Por Javier Boher
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El 27 de abril del año 2003 era el principio del fin para el proceso que había iniciado en diciembre de 2001, quiebre del sistema político argentino, crisis social y económica, escenario de terror por la profunda incertidumbre sobre el futuro.

La política sufrió su peor crisis de representación en décadas, con la gente pidiendo en las calles “que se vayan todos”. El descrédito y la desconfianza respecto a la clase dirigente llevó a una fragmentación inusual del tradicional bipartidismo (con una ligera predominancia del peronismo) que siempre había caracterizado al país.

Esa destrucción de las certezas institucionales empujó a una elección en la que se multiplicaron los partidos, con internas en cada uno de ellos que no se podían resolver por las vías tradicionales de la rosca y la compensación.

El presidente Eduardo Duhalde, preocupado por una posible derrota del peronismo, impulsó una apertura de internas en la que distintas formas de los mismos partidos concurrieron a las urnas, una especie de Ley de Lemas como la que se quiere impulsar hoy (pero con un ballotage que hoy no existiría).

El electorado expresó sus preferencias de modo sincero, revelando un inquietante escenario que poco parece haber cambiado desde entonces. El peronismo y el radicalismo aparecieron cada uno partido en tres, acaparando distintas porciones del electorado que combinados de determinadas maneras son reveladores sobre el escenario actual.

El peronismo llevó al ex presidente Menem (liberal populista), al hasta entonces desconocido Néstor Kirchner (progresismo populista) y a Adolfo Rodríguez Saá (peronismo tradicional, más conservador popular).

El radicalismo presentaba un oximorónico “conservadurismo liberal” en Ricardo López Murphy, un progresismo republicano en la figura de Elisa Carrió y un radicalismo tradicional (algo así como un republicanismo popular) en Leopoldo Moreau.

El peronismo sumado tuvo el 60% de los votos, mientras que el panradicalismo casi el 33%. Las opciones económicamente liberales sacaron casi un 41%, muy cercano al resultado de la última elección de Mauricio Macri. Las opciones más estatistas sumaron el 51%, un número que refleja que la mayoría quiere un estado presente para asistir a la gente.

Todas esas opciones siguen flotando en el aire del espectro político argentino, fluctuando entre esos cuatro vértices de modo permanente. El eje liberal-progresista y el republicano-populista se siguen haciendo presentes, cargando su peso de distintas formas en cada turno electoral, en un sistema que mantuvo la dispersión del voto hasta las elecciones de 2011. A partir de 2015 la concentración le ganó las fuerzas centrípetas de la anomia institucional y partidaria.

La inestabilidad de la economía y la incapacidad del gobierno para hacer pie en diversos campos podría llevar a la materialización de una nueva crisis de representación que ya está en marcha en un plano aún invisible, pero ciertamente perceptible.

Las tensiones dentro de la coalición gobernante siguen aflorando, y aunque todavía no hay un desafío abierto a la centralidad kirchnerista, definitivamente no todos están conformes con la profundización de las características progresistas. No son pocos los que recuerdan con nostalgia los años del menemismo, mucho más inclusivo para las diversidades peronistas.

Los 18 años que han pasado desde aquella elección nos encuentran más o menos en la misma situación que entonces, con una sociedad muy politizada, con profundas antinomias y sin relatos inclusivos ni esperanzadores sobre el futuro. Los indicadores sociales y económicos son malos, pero peores son las tendencias que se insinúan, quizás con la única excepción del precio de soja, trigo y demás productos del campo.

Aquellos años dejaron marcas indelebles en la población, que parece tener poca memoria cuando se enfrenta a las urnas, pero que no se olvida las caras de los que hacen que la plata no alcance para llegar a fin de mes.

Los que nos criamos durante el menemismo, entramos a la adolescencia en torno a la experiencia de la Alianza y alcanzamos la mayoría de edad durante el primer kirchnerismo estamos cruzados por esas mismas fuerzas que dividen al electorado argentino y que se ponen en juego en cada turno electoral.

Liberalismo o progresismo y republicanismo o populismo se mezclan con distintas intensidades de acuerdo a la oferta electoral, señalando que incluso lo permanente es relativo. Las dos décadas transcurridas desde tan traumático episodio hacen que todo siga más o menos como entonces, sin mayores consensos respecto a cuál es el camino para dejar atrás el fracaso.