Para no perder, que compitan los otros

Los rumores sobre la salida de Marco Lavagna del INDEC seguramente traerán más disputas dentro de la oposición que reclamos hacia el gobierno.

Por Javier Boher

Seguramente a nadie le gusta perder, pero si no existiera esa posibilidad la competencia no tendría sentido. Es justamente el temor a una derrota lo que hace que se entregue todo, se revisen estrategias propias y ajenas o se reformulen algunos lineamientos que en algún momento se probaron errados y condujeron a una eventual derrota.

El kirchnerismo más ortodoxo parece no saber nada de eso. La candidatura de Alberto Fernández se vivió como si los derrotados de 2015 hubiesen aprendido de aquella interrupción a 12 años de gobierno. Si la gente los castigó en las urnas era porque algo no estaba bien, casualmente los puntos que remarcaron los que organizaron la campaña de su opositor.

Tras el triunfo de 2019 todos los sectores del peronismo fueron convocados a sumarse al nuevo gobierno justicialista. Eso sí: todo se iba a hacer de acuerdo a las definiciones que emanaran del comité central del Instituto Patria. No había lugar para críticos ni disidentes. Poco a poco se fue revelando la manera en la que esa máquina de poder los fue engullendo a todos.

Para colmo de males, el politburó kirchnerista decretó que nada de lo hecho hasta que el pueblo decidió reemplazarlos estaba mal hecho. Seguramente no todo era negativo, pero al menos una parte debía de serlo para que la gente se hubiese decidido a cambiar.

Tras poco menos de dos años en el gobierno, ya lograron poner al país casi en el mismo lugar en el que lo dejaron cuando se fueron, con dos grandes diferencias: la primera, que la gente lleva más años aguantando la recesión. La segunda, la pandemia.

Así, todas las políticas que fallaron en el turno anterior siguen haciéndolo en este. Cepo, control de precios, suba de retenciones, restricciones al mercado de empleo y suba de impuestos, que se combinan para un cóctel que ya está empezando a calentarse para explotar, con inflación, pobreza y desocupación que siguen subiendo a mayor ritmo que el esperado.

Al menos esto último es lo que señalan los propios números oficiales que publica el INDEC, a cargo de Marco Lavagna, uno de esos que se sumó al barco del panperonismo moderado que prometía el actual presidente. No fue el único de su espacio que contribuyó con su voluntad al cuarto gobierno kirchnerista, pero es el que hoy ciertamente está en el ojo de la tormenta.

Cuando Guillermo Moreno intentaba hacer cerrar los números allá lejos y hace tiempo, la estrategia fue muy simple: se intervino el INDEC, se dibujaron nuevas y extrañas metodologías de medición y los números siempre dieron lo que tenían que dar. Ahora parece que quieren hacer lo mismo.

El órgano paraestatal de difusión conducido por un barbado periodista publicó una nota en la que se afirma que hay un cierto malestar con la gestión de Lavagna. Entienden, en parte de su cabeza que está blindada a las razones, que esto obedece a una manipulación de los datos pensada para perjudicar al gobierno.

Tal afirmación es de lo más delirante. Solo quien cobra sueldos de seis cifras y manda a la empleada a hacer las compras puede pensar que la inflación sólo existe en las planillas de Lavagna, en algún tipo de mala intención por parte del hijo del candidato que robó una parte del voto opositor para pagar con diputados que dan siempre quórum a las iniciativas oficialistas.

Quizás esto último sea lo que hace desconfiar de autonomía que le atribuyen a Lavagna hijo. Removerlo de su puesto seguramente no les traería mayores problemas políticos. De hecho, desde la intervención avalada por Moreno hasta que se normalizó la situación pasó casi una década en la que el kirchnerismo siguió ganando elecciones.

Como efecto colateral, la figura del actual presidente del INDEC crecería, y por consiguiente lo haría la de su sobrevalorado padre. Todo artilugio posible para partir a la oposición es válido en un año en el que el gobierno se dirige a una derrota electoral que tiene más olor al vacío de poder de la Alianza en 2001 que a la posibilidad de reinvención que creó Néstor después de perder contra De Narváez en 2009.

No hay termómetro más real de la inflación, la pobreza y la marginalidad que lo que la gente percibe en su vida cotidiana cuando va al almacén, al kiosko o a la carnicería. Aunque los números apunten a una mejora, lo que sientan los argentinos en su bolsillo terminará mandando.

A nadie le gusta perder, por eso todo el circo sobre el INDEC, Lavagna, la inflación y demás generará las condiciones para que el kirchnerismo intente evitar una derrota. No lo hará en base a una autocrítica y a un cambio de rumbo, tal como imponen las leyes del fair play que quieren mantener viva la competencia.

Seguramente el núcleo duro de innovadores electorales pergeñará alguna estrategia para profundizar sus políticas y -pese a ello- eliminar la disputa contra el oficialismo para convertirla en una competencia entre oposiciones, acaso la única forma que tiene hoy de ganar las elecciones.