Las colonias agrícolas cordobesas en 1887 (Segunda parte)

Alejo Peyret recorría las colonias de inmigrantes de la provincia, con el fin de preparar una reseña para la Exposición Universal de París de 1889, y en sus excursiones tuvo ocasión de visitar la ciudad de Córdoba.

Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com

Medalla acuñada en homenaje a Alejo Peyret, el año de su fallecimiento.

Alejo Peyret recorre las colonias cordobesas de inmigrantes, comenzando por las más próximas al límite con Santa Fe, antes de venir de visita a la ciudad capital. Se detuvo a describir las colonias de San Francisco, Iturraspe, Freire, Luxardo, Monte del Toro y Malbertina, y luego abordó el ferrocarril hacia Córdoba.

Saliendo del campo y de la zona de los terrenos cultivados, que es monótona, no presentando más variedad que los postes y los alambres del telégrafo, entramos en la zona de la selva, que no deja de ser ella también monótona por la uniformidad de la vegetación: los árboles, algarrobos y quebrachos tienen poca elevación; carecen de elegancia; son torcidos y como atormentados por los vientos. Sin embargo, de vez en cuando, un paisaje nuevo viene a alegrar la vista fastidiada: es algún cottage improvisado para la estación, una casa de hierro galvanizado o de zinc, que aparece en medio de los bosques, un rebaño de cabras que brinca en los matorrales, un campamento de trabajadores con sus carpas esparcidas a ambos lados del ferrocarril.
En fin, una línea de azul se diseña en el horizonte al cabo de la perspectiva formada por la vía férrea; es la sierra de Córdoba, que se destaca sobre el cielo vaporoso y candente; ¡pero cuán lejos estamos todavía! Las montañas son como la felicidad: uno cree tocarlas a cada momento y jamás las alcanza, o no las alcanza sino rendido de cansancio y casi exánime.”

La llegada a la capital por la noche, apenas le deja vislumbrar la urbe del centro de la República, construida en lo bajo.
“Pasamos el río Primero en un puente hermoso: este es un indicio más de que nos vamos acercando; pero Córdoba no aparece; es verdad que está oculta en un bajo: llevamos doce horas de marcha; la oscuridad no tarda en invadirnos y solo de noche cerrada alcanzamos la estación. Córdoba, la ciudad misteriosa, la Roma argentina, continuará siendo invisible hasta mañana. Lo único que puedo vislumbrar de paso es la estatua de un hombre a caballo, que debe ser la del héroe cordobés, el general Paz, y se ha levantado á poca distancia del rio Primero. Mañana vendré a visitarla.”

En Córdoba se entera Peyret de que ha fallecido su mentor, Antonino Cambaceres, político, empresario saladero, fundador de la Unión Industrial Argentina, a quien está dedicado el libro que nos ocupa: Una visita a las colonias de la República Argentina. Sobre Cambaceres dice Alejo Peyret que “es a él a quien debo la satisfacción de haber podido llevar a cabo estas excursiones que estoy haciendo desde más de un año tan rápidamente, demasiado rápidamente, al través de la República Argentina, para visitar sus colonias, sus centros agrícolas e industriales con el objeto de presentar una reseña histórica y descriptiva a la exposición de 1889”. Es con ese desaliento que inicia su visita a Córdoba, pero la ciudad pronto le cambia el ánimo.

Por lo visto, mi primer día de viaje se cerraba con una impresión melancólica; pero el cansancio de una jornada molestísima (trece horas de ferrocarril con una atmósfera sofocante y torbellinos de polvo), junto con el bullicio de la capital cordobesa, borraron las imágenes fúnebres. Me fui con un compañero de viaje de Buenos Aires, que iba a restablecer su salud en la sierra de Córdoba, a sentarme en un banco de la plaza de San Martin, a los pies del venerando cabildo. Tocaba la banda de música en el kiosco que está al centro de la plaza; sus notas alegres saltaban en la oscuridad de los árboles como chispas de armonía visible; mientras tanto, centenares de individuos de ambos sexos, elegantes caballeros y preciosas niñas daban vueltas y más vueltas al rededor del paseo cuadrangular. Y esto duró hasta las once de la noche, y aún más tarde. Seguidamente, la confitería que está al ángulo noroeste, se llenó de un sin número de los mismos individuos, absorbiendo una cantidad incalculable de refrescos. El dueño de casa debe ganar mucho dinero; no puede dar abasto a los marchantes. En fin, la gente comenzó a irse insensible- mente; la campana del cabildo tocó las doce de la noche; los tramways dejaron de circular, mi compañero de viaje fue a acostarse, y yo continué mi paseo solitario bajo los árboles de la plaza de San Martín, recordando los tiempos que pasaron llevándose a los amigos para siempre y pensando en los tiempos futuros que han de presenciar tantas transformaciones semejantes a las que estoy viendo actualmente: la Córdoba de los virreyes, la Córdoba de los frailes, metamorfoseada, modernizada por los ferro- carriles, los tramways y la luz eléctrica que echarán, ahuyentarán, arrinconarán hasta la lejana tierra las preocupaciones vetustas del pasado y las negras milicias de la Edad Media. Y, si no lo veo yo, si me voy como Cambaceres antes de haberlo visto, confío que lo verán mis descendientes.”

Tras una reparadora noche de descanso, Alejo Peyret sale del hotel con ánimo de conocer la ciudad.
“Al día siguiente de mi llegada a Córdoba (29 de Noviembre) tomo el primer tramway que pasa y recorro la ciudad. Subo a los cerros que la dominan por la parte sud. ¿Por qué los españoles pusieron esa población en un bajo? Sin duda para tener el agua a la mano, acercándose al rio Primero. Con este motivo, debe decirse que la escasez del agua es el gran defecto de la provincia de Córdoba; defecto que el gobierno trata de remediar con grandes trabajos de los cuales hablaré más adelante. Desde la altura a que he llegado, diviso campanarios en todas partes: Córdoba era y es todavía la ciudad de las iglesias, la Roma argentina. Para pintar el genio respectivo de los descubridores y conquistadores de América, se ha dicho que el primer edificio que ponían los españoles en un país nuevo era una iglesia, que los franceses construían una fortaleza y que los ingleses establecían una fábrica. Se ha formado una empresa para echar abajo los cerros del sud, nivelando el terreno para edificar una ciudad nueva que contará quinientas o seiscientas manzanas; ya hay centenares de operarios en actividad.”