Un gusto remoto

Lanzado a grabar un álbum después de diez años de ausencia, León Gieco se propuso reclutar la base histórica que acompañó a James Taylor en los grandes hitos de su discografía: el bajista Leland Sklar y el baterista Russ Kunkel. La pandemia lo obligó a conformarse sólo con el primero.

Como cantautor folk que se inspiró en el espíritu de la Beat Generation para consustanciar primero a la juventud con la canción de protesta y luego coquetear con el rock sin resignar la combustión de su mensaje, Bob Dylan representó en los años sesenta un ícono del trovador a la nueva usanza. Su modelo artístico influyó sobre muchísimos músicos de todo el mundo, en un abanico que incluye también a John Lennon, quien en varios de sus temas para los Beatles se amparó en la estética inconfundible de ese cantante que con su guitarra, su armónica y su voz podía mover montañas.

A su influjo, en el mundo entero florecieron intérpretes que lo tomaban como ejemplo y que adaptaban ese estilo de Dylan a su propia modalidad e inclusive a su propio idioma. La Argentina no estuvo exenta de esa irradiación, aunque hubo que esperar una década para que el santafesino León Gieco bajara desde Cañada Rosquín a Buenos Aires, para dar a conocer su impronta, en la que no era difícil encontrar paralelismos con el tono, la postura y la combatividad del ilustre neoyorquino quien con el correr de las décadas terminaría haciéndose acreedor del Premio Nobel de Literatura.

Sin embargo, para el momento en que Gieco se lanzó a la aventura de tocar y cantar, ya habían aparecido en el hemisferio norte otros referentes de ese formato musical, que tomaban la antorcha de Bob Dylan y avivaban su fuego con aportes personales de los más diversos matices. Toda una camada de vocalistas había iniciado su propia carrera dentro de esa propuesta acústica, mientras el mismo Dylan torcía su rumbo hacia una dirección más rocanrolera que requería de una banda de acompañamiento. También ese quiebre iba a ser tenido en consideración por los jóvenes valores que lo seguían en su senda.

Con apenas 20 años de edad, el estadounidense James Taylor despertó en 1968 la atención de Paul McCartney y George Harrison, quienes lo ficharon en el sello Apple para que grabara allí su disco debut, donde su técnica en la guitarra, su habilidad compositiva y su cautivante timbre vocal se lucieron. “Carolina in My Mind” era una de las canciones que brillaban allí, convertida luego en un clásico de todos los tiempos. A partir de entonces, se le abrió un panorama inmejorable y se consagró como uno de los más destacados en esa tanda de trovadores catapultada por la estela que dejaba Dylan.

Es probable que León Gieco haya sido uno de los que en aquel entonces, desde estas alejadas latitudes, palpitó esa decantación del folk que practicó James Taylor y la sumó a sus fuentes de inspiración cuando tuvo que emprender la tarea de elaborar las canciones que estaban destinadas a ser sus caballitos de batalla. Y si bien todos sospechaban que había allí un intento de pintar con un color local los yeites sonoros de Bob Dylan, subyacía también en Gieco su admiración por un James Taylor que a comienzos de los setenta era ya una estrella consumada.

Por eso, a la vejez y lanzado a registrar un álbum después de diez años de ausencia discográfica, León Gieco se propuso reclutar a la base histórica que acompañó a Taylor en los grandes hitos de su discografía: el bajista Leland Sklar y el baterista Russ Kunkel. Cuando estaba todo listo para ir a Los Angeles a grabar con ellos, la pandemia obligó a que la sesión se hiciera de manera remota y Kunkel ya no fue de la partida. El bajo de Sklar, en cambio, es el que se escucha en “Todo se quema”, el tema difundido la semana pasada como adelanto de un disco donde Gieco se da con ese y otros gustos.