Se olvidaron la carne en la puerta de la Casa Rosada

La caída en el consumo de carne refleja la suba de precios, que es otra forma de denominar a la destrucción del salario mediante la inflación que el gobierno no logra contener.

Como dijo alguna vez algún consultor, no hay que caerle bien a todos. Es más, ni siquiera hay que caerle bien a la mitad más uno. Simplemente hay que ser la primera minoría, para lo que alcanza sacar sólo un voto más que el segundo. Así de simple.

Sobre esa idea se ha recostado el gobierno nacional, empeñado en ocultar su larga ristra de fracasos bajo un endurecimiento de su retórica clasista y sus argumentos extraídos de algún cuadernillo mimiografiado que se sigue poniendo amarillo en la repisa de algún nostálgico que, por más que cuide la fuente de sus dogmas, no puede evitar que se ponga añejo.

La obstinación del kirchnerismo en sostener una serie de políticas anacrónicas e ineficientes sólo puede explicarse en su incapacidad de exhibir ni un solo resultado positivo en los poco más de 15 meses de gobierno. Para colmo de males, así como “la plata llama a la plata”, lo inverso también es cierto: cuanto más plata falta, más hace falta.

El nuevo capítulo de la agenda del vivir con lo nuestro se vivió este fin de semana, cuando la Secretaria de Comercio Interior, Paula Español, reencarnó a su predecesor en el cargo, Guillermo Moreno. La funcionaria aseguró que, si no baja el precio de la carne, habría que cerrar las exportaciones. Qué novedosa idea, dijo nadie nunca.

Golpeado desde múltiples frentes, el gobierno tuvo que salir a aclarar que en realidad no es así y que no se evalúa cerrar las exportaciones. Difícil creerle a un conjunto de funcionarios que no se caracteriza por sostener la palabra empeñada, en un país en el que nadie se olvida que “el que apuesta al dólar, pierde”.

En línea con esa idea que acompaña los dichos de Español, el ministro de Desarrollo Social, Daniel Arroyo, dijo que en Argentina los alimentos deberían ser baratos. Pasa por alto que los únicos alimentos caros son los que su cartera paga con sobreprecios, porque acá comer es más barato que en muchos otros países. La diferencia está en algo que no se come, pero con lo que se come: el sueldo. Con los exiguos ingresos de los empleados argentinos se puede comprar muy poco de cualquier cosa, no solo pocos alimentos.

Usando la pobre excusa de la mesa de los argentinos se recurre a esos artilugios discursivos que esconden la inutilidad en la gestión de los responsables de contener los precios siguiendo la receta de los países exitosos: logrando que haya más trabajo, más producción, más productividad y más competencia.

Arroyo y Español son una muestra de que en el gobierno no existe autocrítica. No parecen capaces de ver en sus errores una inflación que lleva más de 12% en los tres primeros meses del año (según algunas consultoras, 1,2% en la primera semana de abril). Por el contrario, eligen culpar a los productores de leche, de carne, de trigo, de soja o de lo que fuere, por una convicción arcaica de que los empresarios son malos y quieren destruir un proyecto de felicidad que, casualmente, tiene al grueso de la población triste y crispada.

Según los datos disponibles para 2020, en los últimos tres años cayó un 30% el consumo de carne, dejándolo por debajo de los 50kg por persona, por año. Menos de 1kg por semana, 130g por día y 65g por comida. El veganismo no tiene nada que ver en esto.

Si alguien se pudiera reír, esos 65 gramos no llegan -ni siquiera bien estirados con verduras- a ser el relleno de tres empanadas: “cuánta miseria”, diría Brandoni en “Esperando la carroza”. Quizás puede ser medio chorizo: dos chorizos en una familia tipo sirven para hacerle la salsa a una polenta, pero difícilmente sería considerado comer carne.

Tal vez por eso el año pasado se consumió más papa que carne, así como también subió un 30% el consumo de arroz. Si se compara el consumo de harinas, llegó a los 90kg por persona, por año, casi el doble que carne. Pese a esos números de consumo creciente, el sector arrocero tiene problemas y se espera una menor siembra de trigo. Sólo la papa se salva, siempre que a Español no se le ocurra prohibir la exportación para contener los precios.

La situación es más o menos clara. La gente está más pobre porque los sueldos son cada vez más bajos en términos reales, por una inflación en alza que complementa los desincentivos a la producción que salen de boca de funcionarios que eligen hablar con la biblia dependentista de los ‘60 bajo el brazo, en lugar de tratar de armar un capitalismo autóctono que funcione para todos. Esto último no se hace con amenazas y chicanas ideológicas, sino con diálogo y pragmatismo, algo que el gobierno parece haberse olvidado a las puertas de la Casa Rosada.