Un disco tras otro

Quizás para no perder el tren que lo supo tener como maquinista, ahora ha sido Justin Bieber el que arrebató a sus fans con el anuncio de que ya estaba disponible “Freedom”, un EP con seis canciones que aparece tan solo dos semanas después de que lo hiciera su álbum “Justice”.

Desde marzo del año pasado, hemos venido analizando en esta columna las alteraciones que la pandemia y las consecuentes cuarentenas han promovido en el ámbito de la industria cultural, donde aislamientos y distanciamientos derivaron en verdaderos cataclismos todavía no del todo asimilados. El panorama musical se ha visto sacudido tanto en el circuito subterráneo como en las alturas de las estrellas internacionales: todos, de la forma que sea, han debido adaptarse a las nuevas condiciones y someterse a protocolos que desalentaron los shows en directo y propulsaron el consumo remoto, ya fuera a través de las plataformas de streaming o de los eventos transmitidos online.

La situación se torna más grave si consideramos lo que era el cuadro previo a la irrupción del coronavirus. Con unas pocas compañías concentrando la provisión de contenidos sonoros en la web, el viejo sistema de sellos que elaboraban y distribuían productos discográficos se hizo añicos. Y al estar en pocas manos el manejo del mercado, las condiciones se tornaron leoninas para los artistas, que en la mayoría de los casos tuvieron que contentarse con migajas. Ante esta reconversión, las presentaciones en vivo pasaron a ser una fuente de ingresos fundamental para garantizar la continuidad de cualquier carrera.

Pero el Covid-19 vino a patear el tablero e interrumpió la instalación de ese ecosistema que empezaba a expandirse, con sus ventajas y desventajas, cuando todavía estaba en vías de una consolidación. Como en otras ramas de la economía, también aquí cundió en un principio la desorientación, hasta que con el correr de los meses comenzaron a aplicarse otras reglas de juego. Por supuesto, algunos las aprendieron con rapidez y continuaron trabajando contra los pronósticos más agoreros, en tanto que otros se quedaron tildados, a la espera del retorno a una antigua normalidad que hoy asoma como casi imposible de recuperar.

Escudadas en el argumento de que el encierro había resultado inspirador, varias de las figuras más importantes de la escena pop global lanzaron álbumes en los últimos doce meses, tal vez para compensar la taquilla que no percibirían por la cancelación de las giras. Ariana Grande, por ejemplo, publicó “Positions”, luego de que en 2018 se despachara con dos discos consecutivos. Sin embargo, la mayor sorpresa la dio en 2020 Taylor Swift, quien dio a conocer “Folklore” a mediados del años pasado y, en un inesperado gesto, reincidió en diciembre con “Evermore”, una segunda tanda de canciones de su propia cosecha.

Quizás para no perder el tren que lo supo tener como maquinista, ahora ha sido Justin Bieber el que arrebató a sus fans con el anuncio de que ya estaba disponible “Freedom”, un EP con seis canciones que aparece tan solo dos semanas después de “Justice”, el álbum que a su vez sucedió con apenas 13 meses de distancia a “Changes”, de 2020. A partir de un estilo maduro y un apego al espíritu de la época que le sienta muy bien, aquel ídolo que alguna vez capturó el corazón de las teenagers asoma en “Freedom” como un intérprete en busca de avales que vayan más allá del flechazo adolescente.

Esta flamante costumbre de poner a consideración un disco tras otro bien podría ser una coincidencia casual en la estrategia de marketing de cada una de estas celebridades de la canción. Pero, teniendo en cuenta como se mueven los grandes jugadores de este negocio, sería demasiado ingenuo adjudicarle al azar lo que probablemente constituya una estudiada política de producción, destinada a apuntalar la única veta cuyo funcionamiento está garantizado, sin depender de segundas o terceras olas: el ya vetusto flujo de comercialización de grabaciones, que antes era real y que ahora, como tantas otras cosas, pasó a ser virtual.