En el Sheraton Hotel

El vacunatorio instalado en el edificio la calle Duarte Quirós tiene algunas reminiscencias de aquella canción que entonaban los jóvenes de la tendencia revolucionaria.

Cada nota de opinión lleva dentro una historia, algo que la motiva. Esa es probablemente la mayor diferencia con otro tipo de artículos, más vinculados a la política de pasillos o de reuniones hasta tarde.
Ayer, como docente, me llegó el turno de la vacuna. Al principio no muy convencido (o esperando a que esa dosis ayude a alguien más) la notificación me llegó sin haberme anotado. Lugar de vacunación: Duarte Quirós 1300.
Al salir, casi sin sentir nada del pinchazo previo, la escena me sorprendió. Estaba saliendo de lo que fuera el Sheraton Hotel (que en noviembre anunció el cese de sus actividades), mirando hacia la ventana de lo que alguna vez fue el bar de Falabella (que esta semana cerró sus últimas tiendas en el país), contemplando que un poco más lejos había un carro de café al paso debajo de un logo de Starbucks. Una escena propia de la ciudad de Detroit de la Robocop original, detonada por la gestión política representada en la saga.
Al final, con el vacunatorio provincial en lo que alguna vez fue el hotel más importante de la ciudad, se cumplió parcialmente el sueño de aquella juventud peronista que integraba la tendencia revolucionaria de los ’70. “Qué lindo, qué lindo, qué lindo que va a ser / el hospital de niños en el Sheraton Hotel“.
Aunque parcialmente, la que hace medio siglo se sintió juventud maravillosa logró poner a un emblema del turismo y las empresas extranjeras al servicio de la salud. Claro, a costa de fundir empresas después de una cuarentena eterna.
Las persianas bajas de la sucursal de la tienda chilena tampoco mienten. Son el logro de gestión de esos que siempre van a encontrar a quién o a qué echarle la culpa. Cuando cantaban aquel verso, la culpa era del imperialismo yanqui, López Rega y tantos más. En algún tiempo la culpa fue de los neoliberales, del efecto tequila o de la crisis subprime. El año pasado fue la culpa del Coronavirus, los runners, los bikers, los jóvenes y tantos otros.
El carro de café del señor que quiere sobrevivir sin aportes, sin pagar impuestos, sin pasar bromatología, sin protocolos ni nada de lo que se le pide al resto es más del mismo modelo de precarización a cambio de consignas. La patria socialista en los sueños húmedos del peronismo de la tendencia.
Alberto Fernández está lejos de ser el Che Guevara, pero parece haberle acercado a toda aquella generación -que hoy es población de riesgo- el sueño de su juventud rebelde. Las empresas cierran por la caída de la actividad y la burocracia asfixiante, pero para ellos la destrucción de la iniciativa privada es vista como un logro.
El Estado es cada vez más grande y más presente, definiendo precios y salarios o gestionando empresas que tienen más historia que rentabilidad. La desigualdad sigue en aumento, aunque todo el país es cada vez más pobre, tal como sucede en esos dudosos faros morales cuya luz eligen seguir los aplaudidores de consignas.
Así, por el accidente de una gestión desastrosa de lo económico y lo sanitario, el gobierno de Fernández le dio la oportunidad a la cartera que conduce el ministro Cardozo de alegrarle un poco el día a los nostálgicos de lo que debería ser olvidable. No será el hospital de niños, pero seguro la podrán cantar los jóvenes camporistas de hoy: “qué lindo, qué lindo, qué lindo poder ver / que vacunan docentes en el Sheraton Hotel”.