A la espera de otra genialidad

Carlos Busqued, el novelista chaqueño fallecido en Buenos Aires la semana pasada, que vivió en Córdoba durante un largo periodo de su vida, perteneció a la raza de narradores que depositaron casi todas las fichas en una única apuesta y que obtuvieron resultados extraordinarios.

Tras milenios de práctica literaria, la variedad de escritores que podemos encontrar a lo largo de la historia es infinita. No sólo difieren en cuanto a los géneros y los formatos que abordan, sino también con respecto a la manera de encarar su carrera, aunque el paradigma postule a un autor que de pequeño ha mostrado su inclinación por la escritura y que, con el correr de los años, ha ido enriqueciendo su trayectoria, a través de títulos que van desde un arranque prometedor a un cenit creativo, para luego sostener un piso de calidad que jamás defraude a sus seguidores.

En general, se suele catalogar como profesional a un artista prolífico, que incrementa su obra a un ritmo sostenido y que no juega con la ansiedad de sus lectores, sino que les provee de material en abundancia. En este sentido, esos especímenes son muy apreciados por la industria editorial, porque se apartan de aquel modelo del genio caprichoso que espera un rapto de inspiración para recién ahí llenar con palabras la hoja en blanco. Los popes del negocio prefieren, sin duda, a los que cumplen puntualmente con su cuota de esfuerzo, esos que no necesitan de un toque mágico para arrancar.

Lo que resulta a todas luces azaroso e insondable es el mecanismo a través del cual se elaboran textos extraordinarios, de esos que están condenados a perdurar en la memoria de la gente que los lee. No hay ninguna garantía de que quien dispone de una producción acotada concentre en cada libro su aporte más excelso, de la misma manera que tampoco el oficio de la regularidad en el ejercicio literario sea una fuente inagotable para la aparición de volúmenes que salgan de lo común y merezcan por unanimidad su inscripción dentro del canon de una época.

Sin embargo, cada tanto se da la irrupción de uno de estos “tapados”, que no ponen el énfasis en construir un edificio bibliográfico con su firma, ya que más bien les interesa redondear unas pocas piezas maestras, confeccionadas con paciencia de orfebre. No es que este método posea un ciento por ciento de efectividad, pero es factible hallar ejemplos de autores que no han atesorado un corpus abundante, pero que han sido certeros en su puntería y han conseguido con su breve catálogo deslumbrar a la crítica y el público, a los que han dejado hambrientos de futuras genialidades que, tal vez, nunca llegarán.

Carlos Busqued, el novelista chaqueño fallecido en Buenos Aires la semana pasada, que además vivió en Córdoba durante un largo periodo de su vida, perteneció a esta raza de narradores que han puesto casi todas las fichas en una única apuesta. Y que, de manera inaudita, han sido tan precisos que con ese excepcional intento han logrado lo que otros no podrían alcanzar ni con una decena de novelas. “Bajo este sol tremendo”, publicada en 2009 por el sello Anagrama, le deparó a Busqued un merecido reconocimiento, y representó una gratísima sorpresa para quienes jamás habían oído hablar de él.

En Córdoba se lo conoció más como director y conductor de programas en la radio de la UTN, tarea en la que armonizó una programación que a comienzos de este siglo cautivó a no pocos oyentes. “Magnetizado”, el libro de 2018 donde entrevista a un asesino serial, si bien es una rara avis dentro de las categorías frecuentadas por la literatura nacional, palidece ante la potencia de su debut narrativo, que lo ha propulsado a un lugar preponderante en el concierto de las letras. Para unos, ha muerto un amigo entrañable a cuya memoria corresponde honrar. Y para otros, lo que se ha esfumado es la chance de seguir esperando de él una nueva genialidad.