La supervivencia del más débil

Opuesta en ritmo, temática y género a la premiada “Parasite”, con la que sólo comparte las referencias a la cultura coreana, la película “Minari” se postula este año para el Oscar con una trama que evoluciona de modo lento y casi sin matices, tal como transcurre la vida campestre.

En los albores de este siglo, una camada de cineastas mexicanos tomó por asalto el mercado estadounidense y se afincó allí a fuerza de talento y de voluntad de trabajo. Si bien el estadounidense Robert Rodríguez ya se había consagrado en los noventa con su perspectiva chicana, hubo que esperar unos años más para que los nombres de Alfonso Cuarón, Alejandro González Iñárritu y Guillermo del Toro se pusieran al frente de una avanzada proveniente de México que iba a seducir primero a la enorme comunidad latina en el gran país del norte, para luego dar el salto al mercado internacional.

Las constantes nominaciones a los premios Oscar que empezaron a cosechar los realizadores de esa nacionalidad se plasmaron en estatuillas durante la pasada década, que los vio en reiteradas ocasiones agradecer las distinciones con que la Academia de Hollywood retribuía el aporte que estaban haciendo a la industria audiovisual. Por supuesto, no tardaron en llegar ofertas de las grandes compañías para que esos mismos directores se pusieran al frente de producciones con altísimos presupuestos, que se nutrían de elencos multiestelares y recibían críticas por demás elogiosas. Ese esplendor se prolongó hasta la actualidad y es probable que se sostenga a partir de los nuevos nombres que surjan por detrás.

Además de sustentarse en la solidez profesional de los responsables de esa nueva cinematografía, en la buena recepción que se les prodigó tal vez haya incidido una indudable originalidad en su manera de emplear el lenguaje cinematográfico. Eso posibilitó incorporar otros espectadores que no se sentían representados por lo que se venía proyectando en las pantallas y, a la vez, desterró ciertas fórmulas perimidas, en el mismo momento en que la pantalla grande empezaba a ser desafiada en su reinado por las plataformas de streaming, que hoy –pandemia mediante- han acentuado su popularidad.

Asimilada entonces a esta altura esa moda que durante un largo periodo tomó como bandera la estética de un cine latinoamericano, era de esperar que la mira fuese puesta en otras latitudes, más lejanas pero igualmente exóticas para un negocio que busca por todos los medios evitar el agotamiento de ideas. Que “Parasite” fuese señalada en 2020 como merecedora del Oscar, reveló la dirección en la que marchaban los miembros de la Academia, que de esa forma posicionaban a Corea del Sur como una flamante usina de la cual proveer de energía y sacar de la abulia al séptimo arte.

Este año, entre las nominaciones destaca otro largometraje que refleja la cultura de aquel país oriental, aunque su director, Lee Isaac Chung, haya nacido en Estados Unidos, y su productor sea Brad Pitt. En “Minari”, este cineasta relata una historia autobiográfica acerca de una familia de inmigrantes coreanos que, instalados en California en los años ochenta, deciden trasladarse a la América profunda, donde pretenden desarrollar un emprendimiento agrícola. La insistencia del padre en avanzar con la granja chocará con las dudas de la madre acerca del éxito del emprendimiento y con la nostalgia de los hijos por las comodidades urbanas.

Opuesta en ritmo, temática y género a “Parasite”, cuyo vértigo narrativo y tono de tragicomedia la convirtieron en un suceso mundial, en “Minari” la trama evoluciona de modo lento y casi sin matices, tal como transcurre la vida campestre. Más que proponer algo distinto, esta cinta utiliza los recursos típicos del cine independiente para contar las desventuras de estos sacrificados extranjeros que, deslumbrados por el sueño americano, deben luchar contra las adversidades de una sociedad que aplicaba la lógica reaganiana de la supervivencia del más apto, bendecida por preceptos religiosos y asentada en la crueldad de una competencia feroz.