Desconcierto Viral

Alberto Fernández duda respecto a las medidas a tomar frente a la segunda ola. Más allá de que su vocación federal solo llega hasta la tercera sección electoral bonaerense, percibe con acierto que, en el resto del país, no existe consenso para reeditar una cuarentena o cosa que se le parezca. La experiencia argentina fue tan larga y, con los resultados a la vista, tan inútil que nadie la quiere de regreso.

Por Pablo Esteban Dávila

Sostiene uno de los más célebres dichos populares que el que se quema con leche ve una vaca y llora. Nada más ilustrativo que esto sobre las actuales tribulaciones oficiales para enfrentar la segunda ola del Covid-19.

La remake del coronavirus ya está entre nosotros. El Ministerio de Salud reportó ayer casi 21 mil contagios, un récord histórico. Los países vecinos están incluso peor que la Argentina. El futuro parece ominoso y no hay soluciones mágicas en el horizonte.

Los expertos -una categoría bastante devaluada luego de las pifias del año pasado- sugieren regresar a las restricciones para frenar los contagios. El gobernador Axel Kicillof, secundado por su ministro Daniel Gollán y su segundo, Nicolás Kreplak, previsiblemente ha comprado esta idea. La provincia de Buenos Aires siempre se mostró proclive a las versiones más severas del aislamiento para frenar los casos, más allá de que el cumplimiento social de estas medidas en 2020 no fue demasiado estricto su distrito. Ahora presionan a la Casa Rosada para reimplantarlas.

Alberto Fernández duda. Más allá de que su vocación federal solo llega hasta la tercera sección electoral bonaerense percibe con acierto que, en el resto del país, no hay un consenso claro para reeditar la cuarentena o cosa que se le parezca. La experiencia argentina fue tan larga y, con los resultados a la vista, tan inútil que nadie la quiere de regreso. Además, el cierre de la economía que supondría una nueva versión del aislamiento tendría consecuencias letales para el incipiente rebote que se percibe en algunos sectores. Son demasiados los riesgos que sopesar antes de tomar una decisión semejante.

De más está decir que el presidente es el gran responsable de esta reticencia general. La cuarentena decretada en marzo del año pasado resultó lo suficientemente frustrante como para ser sindicada como la madre de las actuales dificultades. Mientras que otros países han llevado a cabo, en fechas recientes, cierres más o menos generales para manejar la segunda ola, aquí la posibilidad se encuentra prácticamente vedada debido a la porfía oficial por mantenerla a pesar de las tremendas consecuencias que produjo.

Es decir que, frente al desafío que se presenta en el horizonte próximo, la Argentina no cuenta con una herramienta lícita para hacer frente a la situación debido a los groseros errores de gestión cometidos la Casa Rosada. Siempre cabe la posibilidad de que el espanto que provoquen contagios por venir y las muertes asociadas generen algún clamor popular por implantar algún tipo de aislamiento, pero tal escenario no se avizora por el momento.

Entonces, ¿qué hacer? Descartada una cuarentena, no quedan muchas opciones que arrojen luz sobre este auténtico desconcierto viral. La primera es apelar a los protocolos y la responsabilidad social por mantener medidas de higiene y distanciamiento. Las opiniones más moderadas están de acuerdo con esta política, pero es complicada hacerla cumplir todo el tiempo y todos los lugares. Basta ver la cantidad de fiestas clandestinas que proliferan por doquier para convenir que no todos sienten la misma necesidad acatar este gran acuerdo colectivo.

La otra posibilidad es federalizar la lucha. El año pasado el presidente tomó para sí las riendas de la situación, a un enorme costo y prácticamente sin ningún logro que mostrar. La estrategia, en la nueva coyuntura, pasaría por delegar las decisiones en gobernadores e intendentes, una descentralización similar a verificada en Brasil y los Estados Unidos, limitándose la Casa Rosada a sugerir medidas y oficiar como una comentarista de la situación dimanante.

Que las medidas de profilaxis quedasen en manos de las autoridades locales no sería, en definitiva, una mala noticia. El país es variopinto y, merced a tal condición, conviven cientos de realidades diferentes en su geografía. Pero esto tiene sus bemoles: hay provincias en donde cerrar todo es prácticamente indiferente (como Formosa o La Rioja, por citar dos) y otras en las que las restricciones tendrían efectos letales, como lo es el caso de Santa Fe, Córdoba o Mendoza. Para juzgar los efectos del aislamiento en unas y otras debe considerarse, sintéticamente, la participación del sector privado en sus respectivos Productos Brutos Geográficos. Cuanto más grande es aquella, peores serán las consecuencias.

De lo que sí puede estarse seguro es que la campaña de vacunación no avanzará lo suficientemente rápido como para despejar el panorama. Chile, que ya lleva inoculado más del 30% de su población, es un ejemplo de que la inmunización no es instantánea y que debe convivir, forzosamente, con las infecciones generalizadas. Si se considera que la Argentina ha logrado vacunar solamente el 7% de sus habitantes no deberían cifrarse demasiadas esperanzas en esta alternativa.

Si la brasa caliente quedase, en definitiva, en manos de las provincias y de la ciudad de Buenos Aires todo dependería de la ocupación de camas críticas en cada jurisdicción. El año pasado, y salvo algunos días muy puntuales, ningún caso grave quedó sin lugar en terapia intensiva. Algunos atribuyeron el mérito a la cuarentena (sería su única consecuencia positiva), mientras que otros lo vincularon a las prematuras decisiones de las respectivas autoridades sanitarias de preparar a los efectores cuando el coronavirus todavía parecía una amenaza lejana. En cualquier caso, se asumiría que las restricciones a desplegar estarían vinculadas con este indicador.

El futuro inmediato, por lo tanto, se presenta como complicado. La sociedad no quiere regresar a restricciones estrictas y los gobernantes no se atreven a sugerirlas. La vacunación no se universalizará al ritmo que se necesita, mientras que no debería esperarse milagros del distanciamiento social, preventivo y obligatorio que, como se advierte, hace agua. Para agravar el asunto, la economía no resistiría otro cierre, un extremo en el que tanto el oficialismo como la oposición coinciden. Es un auténtico callejón sin salida cuya perspectiva más realista, de momento, es resistir como se pueda este nuevo embate del Covid-19, atentos a la parálisis culposa de quienes deberían llevar el timón durante la crisis que se avecina.