Frederic no conoce al K9

Por Javier Boher

En su texto “¿Qué es la ilustración?”, Immanuel Kant se plantea (muy a grandes rasgos) sobre qué es dicho movimiento, así como también por qué es importante atreverse a pensar para salir de la inmadurez o el infantilismo de los razonamientos. Buscar el conocimiento es necesario para madurar, aunque el saber muchas veces cause desolación o angustia en los que conocen.

La inmensa mayoría de los ciudadanos argentinos elige vivir en las tinieblas, ignorando por completo las complejidades de la realidad. Quizás como un mecanismo de defensa, el buscar el conocimiento sobre lo que nos rodea no parece ser una tarea habitual. Así, parece adoptarse esa norma infantil de que “lo que no veo, no existe”.

Ciertamente hay algo real en ello. Si se ignora la problemática del narcotráfico, si se hace como si no existiera el crimen organizado, si se actúa como si no hubiesen redes de trata de personas o como si las fronteras no fuesen un colador agujereado por la corrupción estatal, seguramente la vida podría ser más llevadera.

Ignorar todas las amenazas que potencialmente nos pueden tocar es una manera de concentrarse en superar, apenas por un poquito, todas las pálidas que nos pueden tocar vivir. El problema, claro está, es cuando esa es la actitud que orienta a los responsables de cada área técnica del gobierno.

Ayer se viralizó un video de la ministra de Seguridad, Sabina Frederic, acariciando a un perro entrenado de Prefectura que había colaborado en un decomiso de drogas. Lo particular del episodio fue cuando preguntó por el nombre que tenía en su uniforme. “¿K9?¿Por qué se llama K9?”.

Los prefectos, acaso procurando evitarle el mal rato, balbucean algunas respuestas poco convincentes con las que no quieren dejar en evidencia a la ministra. Así como Groucho Marx dijo que es mejor callar y pasar por tonto que hablar y despejar las dudas, los uniformados eligieron una reversión al estilo “mejor callar y pasar por sordo, que hablar y evidenciar a la inculta”.

En inglés K9 suena como canino, de allí el nombre. Quizás el común del vulgo no tiene por qué saber el origen de la expresión ni que designa a los canes que trabajan en las fuerzas de seguridad. Pero claro, el común de los ciudadanos no tiene las responsabilidades de la ministra, que debería conocer -mínimamente- aspectos tan básicos de su labor.

Por supuesto que hay aspectos técnicos mucho más complejos que no pueden ser abarcados por quien conduce políticamente un área, pero es como si ignorara los usos de la acetona o la urea para la producción de drogas. Nadie le pide que conozca al detalle el proceso químico, pero sí que no minimice el hecho porque la primera le suena a despintarse las uñas y la segunda a fertilizar el campo.

Quizás lo más triste es que la cultura popular ya tiene algunos ejemplos que podrían haber orientado a la ministra para aorrarle el papelón, siendo que ya es profundamente cuestionada en su labor. Menudo favor se hizo en la guerra fría que tiene con el secretario de seguridad bonaerense, Sergio Berni, o con el fantasma de su predecesora, Patricia Bullrich.

La ministra es clase 1965, es decir que en 1989 tenía 24 años, suficientes para recordar dos películas que se lanzaron ese año y que circularon más de una década por los canales de aire y de cable. Quizás la caída del Muro de Berlín haya sido un suceso mucho más trascendental que “K9”, con Jim Belushi, o “Socios y sabuesos”, con Tom Hanks, pero toda historia cinematográfica con perros adquiere al instante el estatus de mojón en el inconsciente colectivo.

La ignorancia de la ministra es alarmante si se piensa en que está decidiendo sobre seguridad en un país que progresivamente se sumerge en la pobreza, que trae aparejada un aumento en la conflictividad social y en la inseguridad. Quizás para ella en un futuro sea una anécdota menor para recordar con sus colegas antropólogos cuando charlan sobre los protocolos de circulares en lenguaje inclusivo o las capacitaciones de género en la fuerza.

Por supuesto que esto último es importante en un país en el que uno de cada cinco femicidios es cometido por un agente de las fuerzas de seguridad, pero ¿con qué autoridad se le puede hablar a los integrantes de instituciones tan machistas y cerradas sobre cosas tan ajenas a las tareas de las mismas si ni siquiera se conocen los rudimentos básicos del oficio?.

El desliz de la ministra no difiere mucho de lo que se puede ver en otras carteras, con un ministro de Defensa que perdió un misil, un ministro de Educación que publicó una trivia matemática con un error (que intentó justificar) o una vicepresidenta que dijo que la fórmula química del agua es “hache dos cero”. Como reza el dicho, errar es humano. Lo verdaderamente divino es estar allí para ver y regocijarse del error.

Seguramente la ministra leyó, en algún momento de su vida, el citado trabajo de Kant. La posibilidad de la ciudadanía de vivir tranquilamente -y sin sobresaltos- en la ignorancia depende de que ella no lo haga, al menos mientras ocupe su puesto como cabeza del Ministerio de Seguridad.