Libres, pero encerrados

“Ma Rainey’s Black Bottom” (La madre del blues) es una película que lleva varios meses en la grilla de Netflix pero que ha cobrado actualidad luego de que Viola Davis y el malogrado Chadwick Boseman fuesen nominados para los premios Oscar por sus respectivas actuaciones protagónicas.

Por J.C. Maraddón
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bluesDespués de todos los adelantos tecnológicos que han influido en el desarrollo de la industria musical en los últimos cien años, resulta increíble que haya habido algo, más de un siglo atrás, que fuera tan determinante como para no tener equiparación alguna. Y es que el proceso mecánico por el cual se pudo realizar la grabación de la música para su reproducción posterior, sin necesidad de que el intérprete tenga que recrearla en vivo cada vez que se la quiera volver a escuchar, es un prodigio que produjo un quiebre trascendental, imposible de comparar con cualquiera de los avances posteriores.

De hecho, eso es lo que ha permitido conservar las versiones originales de obras populares que se hubiesen perdido en la noche de los tiempos, de no ser por el oportuno ingreso de los músicos en estudio para registrar y, en cierto modo, inmortalizar aquello que repetían en cada una de sus presentaciones. Ese procedimiento que hoy nos parece natural y rutinario, fue en los albores de la pasada centuria una bisagra que, a la vez que abrió las puertas a un proceso de comercialización insospechado, cerró para siempre la era en que las canciones no admitían otro modo de escucha que el directo.

En todo el mundo, los artistas que se habían destacado por sus performances sobre los escenarios fueron tentados para grabar en discos aquellos temas que la gente prefería dentro de su repertorio. De un lado estaban entonces los productores y empresarios que veían en esta novedad una vía directa para la obtención de rédito económico; y del otro se encontraban los músicos, que todavía no tenían muy en claro en cuánto podía verse beneficiada su carrera si se prestaban a este requerimiento. Muchos lograron atravesar sin problemas esta encrucijada y el resto debió quedarse fuera del negocio.

Géneros marginales, que hasta esa instancia habían recibido el rechazo de la sociedad, cobraron bríos impensados a partir de este artilugio que expandió sus virtudes hacia los cuatro vientos e impuso nombres y piezas gracias a la difusión que los aparatos fonográficos empezaban a posibilitar. El tango, en Argentina, sacó chapa de género masivo y uno de sus referentes, Carlos Gardel, alcanzó fama internacional. En Estados Unidos, los estilos afroamericanos como el blues y el jazz obtuvieron el respaldo de las discográficas, que vislumbraban el potencial de esa comunidad como consumidores, luego de haber estado sumidos en la esclavitud durante siglos.

Ma Rainey’s Black Bottom” (La madre del blues) es una película que lleva varios meses en la grilla de Netflix pero que ha ganado actualidad luego de que sus dos protagonistas, Viola Davis y el malogrado Chadwick Boseman, fuesen nominados para los premios Oscar por sus respectivas actuaciones en roles principales. Basado en una obra teatral de August Wilson, el filme de George C. Wolfe coloca a la legendaria blusera Ma Rainey (a esa altura toda una estrella en el sur estadounidense) en la situación de grabar un disco junto a su grupo, un cuarteto que debe lidiar con la iracundia y la desfachatez del talentoso trompetista Levee Green.

“Lo único que les importa es tener mi voz”, alerta la cantante a sus sesionistas, como justificación para todos los desplantes a los que somete a los blancos que la han puesto delante de un micrófono. Más allá de los alegatos raciales, de los guiños a la sexualidad diversa y de los raptos de locura disparados por una frustración tras otra, “Ma Rainey’s Black Bottom” es también la postal de una tremenda innovación que encerró entre las cuatro paredes de un estudio a esos cultores de un arte que hasta entonces solo florecía en libertad y delante del público.