Autor y magnicida fallido, visto al pasar (Primera parte)

Antonio Gallenga fue un autor italiano de agitada vida, que residió en Inglaterra y los Estados Unidos y se dio el lujo de escribir en inglés varios libros. Picado por la literatura de viaje, recorrió diversos países y visitó Sudamérica en 1879, ocasión en que pasó por Córdoba.

Por Víctor Ramés
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Antonio Carlo Napoleone Gallenga
Antonio Carlo Napoleone Gallenga, alias “Luiggi Mariotti”, patriota y escritor Italiano. Fotografía de 1861.

Nacido en Parma en 1810, en el seno de una próspera familia piamontesa, el italiano Antonio Carlo Napoleone Gallenga estudió medicina en la universidad de su ciudad natal. Pero abandonó los estudios cuando la ola de excitación política que produjo en Europa la revolución francesa de 1830 lo llevó, como a muchos jóvenes nacionalistas italianos, a meterse en la lucha. Llegó a asumir la misión de asesinar nada menos que al rey Carlo Alberto. Aunque el magnicidio, para suerte de la víctima y del victimario, no se concretó, Antonio Carlo permaneció escondido por dos meses, a la espera de la oportunidad, bajo el nombre falso “Luigi Mariotti”. El propio Gallenga, en sus años de madurez, agradecía no haber cometido el repudiable crimen, si bien se decidió a firmar algunos libros con ese nom de guerre.

La construcción de Antonio Carlo Napoleone a partir de sus títulos, roles y logros se arma en base a piezas que puestas en sucesión adquieren fuerza narrativa: autor italiano, patriota, seguidor de Cavour, conspirador, prisionero del estado, combatiente y fugitivo, diputado italiano, corresponsal de guerra y de paz del Times de Londres, traductor y profesor de idiomas. Aun cuando se definió como un “hombre de acción”, escribió y publicó en inglés varios libros, entre ellos Pasado y presente de Italia (1848), y otras obras de viaje que tuvieron buena recepción: La perla de las Antillas [viajes en Cuba] (1873), América del Sur (1880), Reminiscencias ibéricas (2 vols., 1883) y el título autobiográfico Episodios de mi Segunda Vida (1884).

El libro que le dedicó Gallenga a Sudamérica, en viaje a varios países del continente en 1879, comienza refiriendo el estado de beligerancia que conmocionaba a la región aquel año: la Guerra del Pacífico, en la que se enfrentaron Chile y una alianza entre Bolivia y Perú. Ese conflicto se prolongaría hasta 1884. Factores económicos y políticos vinculados a la hegemonía de cada país, fueron el combustible, y la chispa que lo encendió fue un impuesto aplicado por Bolivia a la empresa chilena Compañía de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta (CSFA), violando un tratado de 1874. Chile ocupó Antofagasta y dieron inicio los enfrentamientos. Al final del conflicto, Chile quedaría en poder de las provincias de Arica y Tacna. Gallenga recorrió desde el Istmo de Panamá hasta la costa peruana, luego las ciudades y la capital los Andes peruanos y bolivianos, la cordillera chilena y varios puntos de Chile, la región del Plata, Paraguay y Brasil.

En su visita al Plata, el italiano atravesó la pampa y el noroeste en ferrocarril, y en su cuaderno vertió referencias a Córdoba. Comparó las sierras del sur de la provincia de Buenos Aires, a las que llamó “montículos y riscos, y racimos de cerros dignificados con el nombre de sierras”, con las de “Córdoba, San Luis y Tucumán, todavía al alcance de los ferrocarriles”, reservando la palabra para “sierras que bien merecen el nombre: largas cadenas montañosas, algunas de ellas coronadas de nieve, con laderas cubiertas de bosques y vastas zonas de terreno ondulado cubiertas de matorrales.”

Antonio Gallenga tomó en la ciudad de Rosario el tren que lo conducirá a Córdoba y de allí continuará hacia el noroeste. Su consideraciones incluyen referencias a los colonos ingleses que vio asentados en las tierras de la compañía del Ferocarril, a ambos lados de la vía.

“Desde Rosario un viaje de 15 horas por el Ferrocarril Central Argentino me llevó a Córdoba, y un recorrido adicional de 24 horas, en dos días, en la línea Centro Norte, me permitió llegar a Tucumán, actual terminal del ferrocarril, que se espera que algún día se prolongue hasta la frontera boliviana. Antes de llegar a Rosario habíamos entrado en la provincia de Santa Fe, de la cual Rosario es la ciudad principal. A unas cuatro leguas de Rosario pasamos por Roldan, la primera de esas colonias de la Central Argentina Land Company, cuya fundación data de 1870 y que ya ocupa una superficie de 116,363 acres, y en 1879 producía 10,000 toneladas de trigo para la exportación. Las villas y los jardines de los colonos, sus iglesias y escuelas, sus posadas y cafés en todas partes agrupados a ambos lados de la vía férrea, su ganado por todas partes deambulando por los campos, dan testimonio de la frugalidad y el bienestar de estos extraños, entre los cuales se están introduciendo rápidamente los mejores implementos y maquinaria, con los mejores métodos de la agricultura moderna. Pero más allá de la franja de una legua a cada lado de la vía férrea, así como en los tramos intermedios entre una colonia y otra, a medida que avanzamos desde la provincia de Santa Fe a la de Córdoba (donde todavía se encuentra la Central Argentina Land Company regateando con el Gobierno de la República por los terrenos originalmente asignados a los contratistas de la Compañía Ferroviaria Central Argentina), toda la llanura hasta las inmediaciones de Córdoba es todavía casi en su totalidad un desierto sin reclamar. El tren circula durante horas a lo largo de distritos que en casi ningún lugar exhiben rastros de hombre o de trabajo del hombre. Sólo cuando nos acercábamos a Córdoba y divisamos su sierra larga y baja que bordeaba el horizonte occidental, el país, todavía un desierto, cambió un poco su carácter. El piso muerto se fue hinchando poco a poco en ondulantes olas, y su desnudez se cubrió con una maleza raquítica que luchaba por subsistir contra la prolongada sequía.”

Con la sola excepción de esa isla de verdor, el trayecto del tren vuelve a cruzar un paisaje despojado:

“De Córdoba a Tucumán, nuevamente, durante dos días enteros, tuvimos la misma escena de monotonía lúgubre, una alternativa incesante de pampa o pradera desnuda y una gama igualmente amplia de monte delgado o bosque, ya no más bosque, para la fina madera primigenia. Ha sido talado hace mucho tiempo, y la miserable mata que ha tomado su lugar parece no tener ninguna posibilidad contra la hostilidad de los elementos y la destructividad del hombre.”