Los huesos rotos de una leyenda

Si, ante la falta de documentación histórica, se viese usted obligado a escoger una versión de la hazaña de un héroe, seguramente elegiría la más memorable, la más vistosa, la que ofrezca más pulpa.

Por Víctor Ramés
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Juan Bautista Bustos, un jinete que cabalga entre los mitos y los hechos.

Si a la muerte del general Juan Bautista Bustos hay que contarla, resulta mucho más atractivo que referir las consecuencias de las heridas recibidas durante la acción de La Tablada, el 23 de junio de 1830, porque exalta mejor el valor simbólico y la proyección mítica, narrar aquella escena en que el general, a punto de caer en manos de sus enemigos, tapa los ojos a su caballo y se lanza en un salto imposible desde una alta barranca en las inmediaciones de lo que es hoy Villa Warcalde, hasta el río que corría a su pie. A resultas de las heridas internas por los golpes y quebraduras recibidas en el tórax y los miembros, de lo que no pudo recuperarse, descendió Bustos a su tumba tres meses más tarde, en Santa Fe. Esta versión, al menos, deja grabada en la retina de nuestra memoria un cuadro en el que caballo y jinete vuelan por el aire, eternizados a la manera del descapotable de Thelma y Louise.

Seguramente ese relato del salto de Bustos perduró al rescoldo de la memoria popular por casi un siglo antes de que Ramón J. Cárcano lo recogiera y le diera forma literaria, depositándolo en la memoria escrita, más duradera, aunque no por eso ni más ni menos cierta. A la versión canónica y emotiva de Cárcano, publicada en 1927 con el título “El general Bustos – Episodio de 1830” en Álbum de Córdoba, a la que se dirigen en general las fuentes, se la puede encontrar más temprano -en 1913- en la revista Caras y Caretas del 24 de mayo, con ese mismo título. Era el año y el mes en que Cárcano ascendía al gobierno de la provincia de Córdoba, hasta mayo de 1916.

El general Bustos. Episodio de 1830
El pálido sol de invierno se había ocultado tras las nevadas cumbres de la Sierra Grande. Durante dos días había alumbrado la batalla y dejaba a las sombras presenciar los regocijos de la gloriosa victoria. Los carones de la Tablada estaban regados con la sangre y alfombrados con el cuerpo de bravos combatientes. Algunas compañías del ejército habían cruzado en pabellón sus fusiles, y los soldados, reprimiendo las satisfacciones del triunfo, empezaban la penosa tarea de guardar en la tierra a los muertos y recoger los heridos caídos en la terrible lucha.
En el sosiego de la tarde, se oía claramente el eco metálico de las campanas de la ciudad, echadas a vuelo, y se veían las primeras luces de la gran iluminación que preparaba el vecindario celebrando la derrota del caudillo de los Llanos, se sentía el ruido monótono de la corriente del río crecido con la reciente lluvia, y se escuchaba lejos, entre los montes vecinos, los disparos de las partidas destacadas en persecución de los vencidos
Las fuerzas dispersas de Quiroga habían huido en dirección al Norte, y el general La Madrid, que las corría en la fuga, allí había reconcentrado toda su acción.
El general Bustos, con el profundo desaliento de un segundo descalabro, manando sangre de los brazos y de la cabeza, tres heridas sacadas de la batalla, se escapaba hacia el oeste, costeando la ribera, andando lentamente, solo sobre su caballo, sufriendo penosísimos dolores y con la fiebre del sobresalto natural en el derrotado que aún está al alcance del enemigo.
La noche había entrado, y en todo el campo existía una soledad y un silencio sepulcral. A la distancia ardían algunos fogones en el alto sitio donde acampaban las tropas vencedoras, y en el bajo, en toda la extensión de la ciudad, centelleaban miles de luces anunciando que el pueblo se entregaba a grandes fiestas.
El general Bustos continuaba su marcha sumergido en su propio pensamiento, resistiendo a la cruel incomodidad de sus heridas.
Se hallaba próximo al «Molino de las Huérfanas», cuando lo sorprendió un pelotón de soldados que volvía batiendo los alrededores.
En este punto la barranca del río se levanta a una considerable altura, y se corta verticalmente, no ofreciendo ningún paso de descenso
La partida rodeó inmediatamente al jefe desconocido que encontraba a su paso, el oficial que la mandaba le intimó rendición, y todos tomaron una actitud preventiva.
El célebre caudillo sintió ofendida su altivez de militar siempre vencedor, pretendió defenderse, pero su brazo no pudo levantar el arma ofensiva, y entonces, en ese terrible momento, estando cubierta su fuga en la llanura, por una desesperada inspiración de valor impotente, dió vuelta a su caballo, le cubrió la cabeza con el poncho, clavóle las espuelas en los ijares y el noble animal se lanza a la carrera, y desaparece al borde de la barranca profunda.
La partida lo sigue, y apenas oye el ruido del agua golpeada fuertemente por el cuerpo caído, hace fuego al acaso, y el rumor inalterable de la corriente sucede a los disparos, sin que la obscuridad de la noche le permita ver el cuadro desarrollado bajo de su vista.
La débil resistencia que opuso la poca profundidad del agua, fracturó horriblemente el caballo al chocar en el lecho del río, y sobre la cabezada de la montura, el general Bustos recibió un fuerte golpe en el pecho impulsado por la velocidad adquirida en la caída.
Su espíritu valiente no desmayó por este nuevo suceso desgraciado y haciendo extraordinarios esfuerzos salió a la ribera, caminó trabajosamente para llegar a la quinta que hasta ahora lleva su nombre, hízose en ella la primera cura, y huyó después al litoral.
Diez y siete días más tarde entraba arrastrado en una carretilla a la ciudad de Santa Fe, y a consecuencia de una afección al pecho producida por el golpe sufrido, moría en los primeros días del año ‘11.
El oficial que batió a Whitelocke en Buenos Aires, en la guerra de la independencia, cubierto de gloria en cien combates, sublevado en Arequito, déspota en Córdoba, vencido en San Roque y perseguido en la Tablada, cercano ya al sueño de la tumba, dejó un ejemplo de heroísmo antiguo antes de rendirse al enemigo, sobre su caballo se arrojó al abismo, como Pringles a la voracidad de las aguas envuelto en su bandera.
R. J. CÁRCANO.