Un tanguero renegado

Al cumplirse hoy cien años del nacimiento de Astor Piazzolla, corresponde resaltar que muy pocos lazos unían a este genial artista del tango con el movimiento rockero que se había aposentado en estas tierras, con el que sin embargo compartía un público de similar apertura mental.

Por J.C. Maraddón

Aunque quizás, para quien escucha los clásicos del género al pasar, todos los tangos suenen iguales, hay palpables diferencias entre los que grabó Carlos Gardel junto a sus guitarristas y los que registraron apenas unos años después las grandes orquestas del dos por cuatro. La evolución se daba tanto en lo musical, con el aporte de talentosos maestros en los arreglos, como en lo letrístico, con la incorporación de plumas ilustres que dieron a luz verdaderas joyas literarias, cuyo valor artístico excede con mucho la función de combinar palabras que provean de contenido al quehacer de los cantantes.

Es por esta vía que arribamos a esa edad dorada que se despliega a lo largo de la década del cuarenta, cuando este estilo ciudadano copa el gusto popular donde se había forjado su fama, así como también se asienta en los salones urbanos que se rinden ante una expresión porteña que gana aceptación internacional. Ya no se trata de un ritual barriobajero propio de los compadritos. Ha pasado a ser un factor aglutinante de la cultura argentina, en el que muchos descubren rasgos identitarios que acentúan su éxito y consolidan su crecimiento a partir de un gran potencial.

Pero fue justo en ese momento cuando, en vez de profundizar los ímpetus renovadores, el tango se abroqueló en el espacio que había conquistado y resistió cualquier intento de cambiar las reglas del juego. De tanto negarse a la innovación, iba a sufrir un progresivo anquilosamiento de sus audiencias, porque el público más joven dejaría de sentirse atraído por ese ritmo que bailaban sus padres, para volcarse primero a los intérpretes de la llamada “nueva ola” y luego a las bandas que brillaban en el universo de la música beat. Los milongueros encanecieron y perdieron lustre, pero sobre todo dejaron vacante el centro de la escena.

Durante la década del cincuenta, un bandoneonista que había militado en la corriente orquestal del tango, después de un periplo europeo viró en sus composiciones hacia una dirección muy poco ortodoxa, que se emparentaba con los aires experimentales que soplaban en el jazz en esos tiempos. Astor Piazzolla, obsesionado con una sonoridad audaz y superadora, se ganó la antipatía de la vieja guardia, que jamás le perdonó su desatino. Por extensión, fue sentenciado al mismo limbo de los sacrílegos donde también habitaban las tendencias que en ese entonces se habían apropiado de las simpatías juveniles.

Por haber caído dentro de este coto de los rechazados, Piazzolla entró en el radar de las audiencias inquietas que sintonizaban lo que estaba pasado en el hemisferio norte y que buscaban en la Argentina a los émulos de aquellos que por allá pintaban la avanzada musical con los colores de la modernidad. Si los tangueros odiaban a ese bandoneonista tanto como al rock, entonces lo que hacía ese hombre merecía ser atendido, deben haber pensado las chicas y los muchachos que, ya sin ningún punto de contacto con el repertorio clásico ciudadano, se lanzaban a escuchar “Balada para un loco”.

Al cumplirse hoy cien años del nacimiento de Astor Piazzolla, corresponde resaltar que muy pocos lazos unían a este genial artista surgido de las entrañas del tango, con el movimiento rockero que en su lugar de origen había gestado un cambio de mentalidad notorio y que se había aposentado en estas tierras gracias al accionar de pioneros que empezaron a predicar en el desierto. Sin embargo, casi en contra de su voluntad, Piazzolla encontró en estas mentes abiertas y corazones menos resentidos, un público receptivo cuyo respaldo fue inversamente proporcional al de esos grandes valores de hoy y de siempre que lo ningunearon de por vida.