Famosa, pero auténtica

Tal como se aprecia en el documental “The World’s a Little Blurry” que estrenó Apple TV+ hace pocos días, tampoco le fue fácil a la joven cantante Billie Eilish abandonar la comodidad de su hogar y la contención familiar, para recorrer el camino hacia la consagración en tiempo récord.

Por J.C. Maraddón

En el documental de la BBC “The Last Five Years”, que revisa los últimos cinco años de la biografía de David Bowie, se escucha al músico inglés fallecido en 2016 reflexionar sobre lo difícil que le resultó el paso del anonimato a la fama en cuestión de pocos años. Allí también, tanto él como quienes lo acompañaron en ese entonces y brindan su testimonio, confirman cuán decidido estaba Bowie a alcanzar el éxito para, una vez en la cima, poder desplegar su talento con libertad y darse con el gusto de llevar a cabo sin tantas presiones aquello que se había propuesto.

Este traumático ascenso al paraíso de la consagración (al que el propio cantante consideraba a la vez como un verdadero infierno y le dedicó su tema “Fame”) es un fenómeno que se repite con la mayoría de los ídolos de la cultura pop, desde Frank Sinatra y Elvis Presley en adelante. Personas comunes dotadas de talento musical y de un carisma sin par, que empiezan a ser vivadas por un número cada vez mayor de seguidores, hasta que su popularidad explota y ya son reconocidas por todos, inclusive por aquellos que detestan sus canciones o que ni siquiera han llegado a escucharlas.

Sobrellevar semejante salto es algo que puede provocarle vértigo a cualquiera. De hecho, muchos no consiguieron soportar los avatares del suceso y fueron quedando en el camino, traumados de por vida, envueltos en escándalos y adicciones o –en el peor de los casos- muertos en combate y llorados como mártires de la industria del entretenimiento. Ejemplos sobran de estas víctimas que, desde el más allá, regresan en forma de reediciones de discos o estampados en el merchandising, para que su estrellato siga rindiendo dividendos porque es sabido que el negocio (es decir, el espectáculo) debe continuar.

Los mecanismos de instalación de una pop star se han acelerado aún más con el advenimiento de los soportes electrónicos y, por ende, también se han multiplicado los efectos nocivos que ese brutal despegue produce en los artistas. Parece lejana, aunque no lo es tanto, aquella irrupción de Justin Bieber en 2008, cuando tenía 14 años y subió unos videos suyos a YouTube, que fueron apreciados en su justa dimensión por un cazatalentos. En pocos meses, el adolescente se erigió en una figura internacional y cosechó legiones de fanáticas que lo adoraban. Las consecuencias de ese súbito impacto en la estabilidad emocional del joven intérprete fueron nefastas.

En 2013, con apenas 12 años, una de las tantas admiradoras de Justin Bieber comenzaba a componer canciones junto a su hermano mayor. Un lustro después de la epopeya del astro canadiense, los productores habían agudizado su instinto en busca de precoces promesas cuyos temas pudiesen circular con fluidez por los canales virtuales. Y no les costó demasiado detectar en la californiana Billie Eilish un potencial que podía representar una muy lucrativa empresa si se le encontraba el justo modo de darla a conocer. Ocho años más tarde, ella saborea hoy las mieles del triunfo obtenido.

Sin embargo, tal como se aprecia en el documental “The World’s a Little Blurry” que estrenó Apple TV+ hace pocos días, tampoco le fue fácil a Billie Eilish abandonar la comodidad de su hogar y la contención familiar, para lanzarse a unas giras mundiales, una exposición pública y un extremo nivel de exigencia profesional que abrumarían a la más experimentada de las celebridades. Desde su cama a los escenarios de los festivales multitudinarios, el trayecto insumió un tiempo récord y Billie Eilish no podía salir indemne de ese trance, aunque el empeño por mantener la dirección correcta la ayuda a sostener una autenticidad que es su marca en el orillo.