¡Gracias por la vacuna, Vladimir!

La foto de un intendente recibiendo la vacuna y posando con el retrato del presidente ruso pinta de cuerpo entero lo difícil de creer que alguna vez acá se respetarán las libertades individuales.

Por Javier Boher

Gino Germani fue el padre de la sociología argentina. Italiano de nacimiento, llegó a estas tierras con fresco recuerdo del fascismo, al que conoció de primera mano y desde su génesis. Enrolado en la tradición funcionalista, siempre fue un personaje tildado de conservador por una buena parte de la academia criolla que empezó a coquetear con el marxismo europeo.

Fue un autor prolífico, dejando algunas de las primeras observaciones sobre la transición social que estaba viviendo el país allá por los ’40 y ’50. Una de sus afirmaciones (en su faceta más antiperonista) sintetiza su pensamiento político: no puede haber democracia si los individuos actúan alineados con las masas en lugar de ser libres. Gol de arco a arco.

La afirmación se enrola de lleno en el liberalismo político occidental que definió la manera en la que se han relacionado el poder y la sociedad en los últimos dos siglos y medio. ¿Cómo puede funcionar una democracia si hay personas dispuestas a someterse a la voluntad mayoritaria para poder encajar, resignando libertades y derechos para no ofender a vaya uno a saber quién?.

Ayer fue noticia que un intendente de la provincia de Buenos Aires se sacó una foto en el momento en el que recibía la vacuna y posando con un retrato de Vladimir Putin. Juan Carlos Gasparini, intendente de Roque Pérez, agradeció así al presidente ruso (lugar de origen de la vacuna más codiciado por estos días), a su par argentino, al gobernador bonaerense y a la vicepresidenta.

No es el primero en hacer referencia al líder del gigante euroasiático o la simbología del viejo y ruinoso periodo comunista. De alguna manera, varios nostálgicos extrañan los tiempos de los gulags y la dictadura de partido único. Lo increíble es que le agradezca al presidente del país de origen de la vacuna, a pesar de que su única participación en el desarrollo fue el haberse anotado una victoria política global para acrecentar el soft power ruso.

La situación sería hilarante, si no fuese por que el señor en cuestión decide los destinos de 10.000 argentinos sin dudar sobre la verticalidad de la política argentina, agradeciendo ciegamente a los que ocupan posiciones de privilegio en la jerarquía partidaria y sin pensar en todas las denuncias por autoritarismo que acumula el líder ruso.

Putin no es un líder progresista. Tampoco es un líder democrático y a esta altura es difícil saber si es legítimo, por cuanto su principal opositor ha sido encarcelado tras sobrevivir a un intento de homicidio. Nada de todo eso le hizo ruido al jefe comunal.

Pensemos por un segundo que alguno sea vacunado con el producto de Pfizer y pose con una foto de Ángela Merkel y una gorra roja que diga “make America great again”. Además de la contradicción de juntar a la principal defensora del liberalismo global con el entrista norteamericano que lo quiso romper desde adentro, el cuadro sería motivo de burla de parte de una buena proporción de los que le prenden velas al presidente ruso.

Seguramente si alguien decidiera posar con un cuadro de la Reina Isabel a la hora de ponerse la vacuna de Oxford sería tratado de cipayo y vendepatria, amnésico e indiferente a la causa de Malvinas. No es difícil imaginarse a los adoradores del tirano ruso hostigando en las redes con preguntas como “¿Vos decís Falklands, traidor?”.

¿Se imagina qué ridículo se vería si un docente cordobés subiera a sus redes una foto vistiendo una remera con el rostro de Xi Jinping y una bandera china o un ejemplar del horóscopo chino de Ludovica Squirru? No solamente sería patético, sino que además habilitaría al debate sobre qué se está enseñando en las escuelas.

La compulsión de algunos argentinos por agradecer a los eventuales gobernantes del país (o a figuras como la de Putin y demás líderes políticos “rebeldes”) deja en claro que Germani, aunque haya sido resistido entonces y siga siendo menospreciado hoy, no se equivocó al definir de esa manera a la principal condición necesaria para que se desarrolle adecuadamente una democracia.

Alinearse acríticamente con ese tipo de personajes para pertenecer a la masa de seguidores de un espacio político es garantía de decadencia, a la vez que alimenta un círculo vicioso de agotamiento populista, que dificulta cada vez más el camino hacia una democracia liberal plena.

Lo de Gasparini con el retrato de Putin es anecdótico. Si la alineación hubiese sido con el Brasil de Bolsonaro tampoco se hubiese planteado objeciones morales para con el presidente del vecino país. Quizás no hubiese posado con la camiseta amarilla de Neymar (porque la pasión futbolera puede más), pero no hubiese sorprendido a nadie si se sentaba al lado de la foto de Bolsonaro haciendo la icónica pose de usar las manos como pistolas.

El verticalismo y la masificación explican muchos de los problemas que tenemos hoy. Ya lo afirmó entonces Germani y ciertamente no ha perdido vigencia. Quien renuncia a la individualidad y el pensamiento crítico no puede esperar vivir en un régimen que abrace jubiloso las libertades.