Desde el barrio del rap

Hasta en ese acento barrial que pone en sus versos, donde reivindica su pertenencia a La Boca, el cantante Trueno (que se presenta hoy en el Quality Espacio de Córdoba) se entronca en una tradición que ha sido persistente dentro del rock nacional a lo largo de las últimas décadas.

Por J.C. Maraddón

No en vano fueron los años noventa el periodo en que el rock barrial se hizo fuerte en Argentina, como un coletazo primero de la camada de bandas punk de finales del decenio anterior, y después ya como una corriente despojada de una filiación de género y aferrada al sentimiento de pertenencia. En aquel momento, el país tomaba conciencia de que la movilidad social empezaba a ser una utopía inalcanzable para ciertos sectores de la población, que estaban condenados a una eterna marginalidad o que residían en los suburbios y desarrollaban hábitos que empezaban y concluían en pocas manzanas alrededor.

Con cada vez más escasas posibilidades de estudiar y/o trabajar, jóvenes cuya única actividad era juntarse con sus pares encontraron en la música un sello de identidad tras el cual se encolumnaron con un fanatismo digno de las hinchadas de fútbol. Como subrayando ese carácter, se apropiaron de elementos que eran comunes entre las barras, como las banderas y las bengalas. Sabemos cómo el uso de esta pirotecnia en recintos cerrados acabó en 2004 en una tragedia, pero hasta ese momento fue un ritual distintivo de esos recitales en los que se descargaba todo el resentimiento contenido ante un panorama desolador.

La recesión del fin de siglo y la crisis de 2001 acentuaron el resquebrajamiento de ese espíritu de ciudadanía que se supone es la argamasa para la cohesión nacional y el sostenimiento de las instituciones. Muchos percibieron que sus iguales no eran quienes se habían mudado a los condominios privados, ni los que se habían trasladado a los countries ni los que transitaban una existencia campestre en las provincias del interior. Sintieron que sus pares eran aquellos con los que compartían el vecindario y que, si había algo por lo cual jugarse, era esa patria chica donde, además de nacer y crecer, seguro permanecerían el resto de sus vidas.

Esas sensaciones se tradujeron en temas musicales que, a veces con nombres propios, gentilicios y simpatías futboleras, reivindicaban al barrio como último refugio de lo que alguna vez había sido la coterraneidad. Debilitados por la desocupación y por la insuficiente contención del estado, estos habitantes de la geografía urbana sellaron un pacto tácito que les permitía sobrevivir en ingratas condiciones, unidos bajo el respeto a esa soberanía vecinal que les daba al menos una seguridad: la de defender el entorno donde se desenvolvían sus actividades, frente al embate de la adversidad.

A treinta años de la aparición de ese rock que en su actitud y sus letras se hacía eco de la nueva escala de valores, el rapero Trueno ha subido a Youtube el documental “Atrevido”, donde además de cantar sus temas más conocidos deja en claro ante las cámaras que La Boca para él es mucho más que un pintoresco sector de Buenos Aires. Por más que su atractivo turístico la haya posicionado como un imán para los viajeros internacionales, esa barriada porteña a orillas del Riachuelo no ha perdido su esencia popular, que es la que ha cimentado su fama.

Los rockeros más conservadores han puesto el grito en el cielo ante la insistencia de este freestyler en su reclamo de ser aceptado como “el nuevo rocanrol”. Pero hasta en ese acento barrial que pone en sus versos, el cantante (que se presenta hoy en el Quality Espacio de Córdoba) se entronca en una tradición que ha sido persistente en el rock nacional de las últimas décadas y que ha dado lugar a las postreras muestras de fanatismo dentro de un estilo que deja expuesta su decadencia en la veneración de figuras pretéritas. Y en la denostación de las jóvenes promesas.