Regreso a la libertad

Tan profunda sigue siendo en Estados Unidos la desigualdad racial y tan fuerte persiste el recuerdo colectivo del remoto hogar africano, que Stevie Wonder ha expresado nuevamente su deseo de radicarse en Ghana, hastiado de aquellos que procuran reafirmar la supremacía blanca.

Por J.C. Maraddón

La nostalgia de los africanos a los que se obligó a trabajar como esclavos en América, ha sido el punto de partida para una paleta musical que coloreó todo el continente y que varios siglos después todavía es perceptible, incluso en las canciones y en los ritmos que marcan tendencia por estos días. Del rap a la cumbia y del funk al reggae, gran parte de lo que escuchamos tiene su origen en aquella emigración forzada que no sólo sentó las bases de la economía capitalista, sino que además forjó una construcción cultural a la que le debemos el universo sonoro en el que estamos inmersos.

Privados de su libertad en un territorio extraño, aquellos trabajadores forzados atinaron a conservar lo que podía conectarlos con su lugar natal y por eso nunca dejaron de cantar mientras laboraban para sus amos. Podían arrebatarles hasta su propio cuerpo, pero jamás conseguirían menguar su amor por aquellos sones que habían aprendido de niños y que en cada sitio donde se afincasen tomarían diversas formas al mezclarse con cadencias europeas y al incorporar instrumentos que provenían de otros ámbitos, pero que se asimilaban al uso que requerían los estilos fundados como herencia del continente africano.

El lamento inagotable del blues trasunta esa tristeza por un pasado bucólico que quedó atrás y por un presente de sometimiento cuyo dolor parece no tener límite. Aunque luego este género fue mutando, llegó a ser frecuentado por artistas de diversas razas y hasta derivó en corrientes tan populares como el jazz y el rocanrol, en su máxima pureza es fácil identificar las raíces de un canto preñado de sufirmiento e impotencia. Desde sus primeros esbozos hasta el presente, el blues no ha perdido su capacidad de conmover a quien lo escucha con una intensidad que se remonta a ritos ancestrales.

También el soul es un derivado blusero, que a partir de los años cincuenta brindó a los afrodescendientes la chance de lucirse en la vocalización, en un prodigio de arreglos que combinaba las voces solistas con las intervenciones corales. Más festivo que el blues, el soul guarda en lo profundo de su esencia un sentimiento idéntico de desarraigo, que en sus canciones más conocidas suele desplazarse hacia la temática amorosa, pero que en su trasfondo gime por la herida de la discriminación, cuyas consecuencias la sociedad estadounidense no logra desactivar, pese a los reclamos por la vigencia de los derechos civiles.

Tan profunda sigue siendo allí la desigualdad racial y tan fuerte persiste el recuerdo colectivo del remoto hogar africano, que el cantante y compositor Stevie Wonder ha expresado nuevamente su deseo de radicarse en Ghana, hastiado de las sucesivas oleadas que insisten en reafirmar la supremacía blanca. Entrevistado en televisión, el popular músico que brilló en la escena internacional de los últimos sesenta años, se confiesa decepcionado al observar cómo pasa el tiempo sin que arribe a buen puerto aquella lucha que han afrontado varias generaciones, siguiendo el camino que señaló en su momento Martin Luther King.

Aquel objetivo de los esclavos que era regresar al África, cobra actualidad ante el embate de quienes se consideran por encima de las leyes y ejercen justicia por mano propia contra sus compatriotas, a los que marginan por el color de su piel. Uno de los artistas emblemáticos de la música del siglo veinte ha tomado la iniciativa de iniciar el camino de vuelta, llevándose consigo el legado de un pueblo que, con su canto, nos ha conmovido hasta las lágrimas y nos ha hecho bailar, armado de un repertorio sonoro que sobrevivió al cautiverio y que nunca aceptó la explotación.