Un sonido que ya escuchamos

Hace unos días, la empresa Spotify anunció la posibilidad de que los usuarios accedan a un servicio de alta fidelidad antes de fin de año. La novedad que promociona ese servicio de streaming no deja de ser paradójica, porque nos promete que oíremos música “como en un CD”.

Por J.C. Maraddón

Aunque su lanzamiento internacional se produjo allá por 2008, podría decirse que la empresa de origen sueco Spotify lleva más o menos una década de reinado como soporte preferencial de todos aquellos que desean escuchar música en este ya avanzado siglo veintiuno. Más allá de la supervivencia del CD, de la reaparición del vinilo y de la persistencia de los archivos digitales como forma de almacenamiento de productos sonoros, el streaming es en la actualidad una de las maneras más comunes de circulación para la música. Y dentro de ese mercado, Spotify ostenta la mayor cantidad de abonados en toda la superficie del planeta.

Si alguna vez representó toda una novedad y se ganó por insistencia el corazón de las nuevas generaciones, hoy es ese el formato generalizado a través del cual oyentes de las más diversas edades acceden a sus canciones favoritas, ya sea mediante computadoras, tablets y notebooks o a través del artefacto que está monopolizando nuestra conectividad cada vez con mayor eficacia: el teléfono inteligente. Con el correr de los años, fueron quedando atrás las quejas acerca de la mediocre calidad del sonido y de las publicidades intrusivas que dispone el servicio gratuito entre tema y tema.

Por supuesto, quienes hemos visto cómo se esfumaba el hábito de comprar casetes y discos láser, sabemos que nada es para siempre y sospechamos que en este mismo instante, en algún lugar del globo, hay alguien ensayando y probando nuevos soportes que podrían desplazar a los actuales. Si hay algo que hemos aprendido a lo largo de las últimas décadas, es que muchas de las cosas que creíamos el colmo de la novedad y que juraban permanecer eternamente entre nosotros, quedaban sepultadas bajo una avalancha de novedades tecnológicas que aniquilaban a su paso gran parte de lo que ya nos habíamos acostumbrado a utilizar.

Al mismo tiempo, hemos visto cómo ciertos prodigios que aparentaban llevarse todo por delante, apenas si empezaban a despertar el interés de los consumidores cuando se daba a conocer su reemplazante, que presentaba condiciones mucho más seductoras y terminaba copando el mercado. El magazine o el DAT son ejemplos que, aunque distantes en el tiempo, dan cuenta de este tipo de fenómenos, cuyo recuerdo obliga a desconfiar de cualquiera de estos grandes descubrimientos, muy impactantes en sus inicios, pero de difícil pronóstico en cuanto a su persistencia, ante el embate constante de noticias que reflejan una revolución científica permanente.

Los que seguramente tienen muy en claro este panorama son los propios desarrolladores de plataformas de streaming, quienes lejos de dormirse en los laureles, prosiguen con la comparación de ventajas y desventajas, hasta lograr que las primeras siempre se impongan sobre las segundas. La información dada a conocer desde Spotify hace unos días, que anuncia la posibilidad de que los usuarios accedan a un servicio de alta fidelidad antes de fin de año, demuestra la necesidad que tiene esa firma de garantizar su supremacía, frente a la hipótesis de que otros pretendan una porción de esa torta que ellos no desean compartir.

Esta mejora, que será apreciada por quienes posean dispositivos de recepción y amplificación de última gama, busca consolidar ese predominio cuya eternidad no se puede presuponer. Así como nadie predijo en su momento que el streaming sería nuestra vía de acceso a la música que queremos escuchar, tampoco se advierte por ahora nada que le haga sombra a ese formato. Por las dudas y hasta tanto su competidor asome en el horizonte, el streaming perfecciona sus prestaciones de manera paradójica: nos promete que sonará como el CD. Es decir, vaticina un futuro que retrocede tres décadas.