Recuerdo de viaje de un visitante genovés (Primera Parte)

Un periodista llegado de la Liguria que recorrió la ciudad de Córdoba en 1890, Ferdinando Resasco, dejó escritas sus interesantes impresiones y descripciones en el libro “Alle rive del Plata. Ricordi di viaggio”.

Por Víctor Ramés
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La catedral de Córdoba a principios del siglo XX.

Periodista y literato genovés, Ferdinando Resasco colaboró ​​con diversos periódicos, fue director de algunos y dio a publicación novelas, obras de teatro y romances de salón en la Italia de fines del ochocientos a comienzos del siglo veinte. Su opera magna fue el libro que dedicó a la Necrópolis de Staglieno, una narración histórica, descriptiva y anecdótica ilustrada del grandioso cementerio museo considerado uno de los más fascinantes de Europa. El libro, de 1892, fue homenaje a esa construcción monumental realizada por su padre, el arquitecto Giovanni Battista Resasco, quien siguió los diseños de su maestro Carlo Barabino. Otro libro de Ferdinando Resasco se llamó Verdi a Genova. Ricordi, aneddoti ed episodi sobre el compositor, publicado en 1901.

En 1890, Fernando (que perdió una sílaba del apellido en su traducción al castellano) publicó en Italia Alle rive del Plata. Ricordi di viaggio, el relato de una visita a Uruguay, Buenos Aires y algunas provincias argentinas, que en su recorrido se detenía en las colonias de inmigrantes, a la vez que disfrutaba del paseo por este mundo nuevo y por sus ciudades capitales. Traducido como En la ribera del Plata y aparecido en Madrid al año siguiente, sus dos volúmenes en versión muy castiza de Antonio Sánchez Pérez, tienen el don de la narración casi novelesca de esa experiencia, enriquecida con una mirada prudente, aguda y que favorece la inmersión de los lectores.

Fernando Resasco dedica el capítulo 49 del segundo tomo de su libro a una visita a la ciudad de Córdoba, “la Roma americana”, a su Catedral, plazas, monumentos y al Teatro Nuevo.
En sus recuerdos de ese viaje, Resasco cuenta que acababa de llegar a la ciudad acompañado de un compatriota de Udine, Hipólito Schiffi. Lo había conocido poco antes, en la estación de San Francisco, donde ambos fueron prácticamente abandonados por la compañía de trenes, durante toda una noche y todo un día, hasta que pasara el próximo coche a Córdoba.

No bien arriba a la capital de la provincia, Resasco da un pantallazo sobre lo que ha oído, lo que ve y lo que esto le suscita. El tema es la impronta católica de la ciudad.
“No lo juzguen ustedes una ampulosidad vana: designo a esta Córdoba Sud Americana con el nombre de la gran capital del paganismo y después del catolicismo, porque después de Roma no me había sucedido visitar una capital tan característicamente católica, si a juzgar vamos por la gran cantidad de templos grandes, hermosos, notables, y por el número de conventos anexos y los correspondientes frailes y

monjas que por las calles transitan. Al apearme del tren, comienzo a ver desde lo alto de la estación hacia abajo, rodeada por cerrillos y colinas, la ciudad de Córdoba, en el centro de cuyo casco álzanse cúpulas, basílicas, campanarios y obeliscos con profusión tal, que verdaderamente asombra al que no está preparado para tanto.
¡Oh, sí! Córdoba es una ciudad archicristianísima, aunque muchos de sus habitantes aseguran que es necesario no tomar como moneda corriente en la actualidad tantas iglesias y tantos campanarios, sino como señales de tiempos que fueron.
Esto no obstante, los presbíteros, las monjas y los frailes, no pululan hoy a millares por las calles como cosa de broma, y es fama además que todo lo pueden; porque ellos no han escogido por equivocación, o por juego, la ciudad de Córdoba como ciudadela de su poderío en el Sur de América.
Dice la fama—y algún hecho parece corroborar lo que la fama dice—que el Gobierno, en tiempo de elecciones, y en general siempre y en todo lo relativo al orden y a las instituciones públicas, se ve obligado allí a pactar, ante todo, inteligencias con las sacristías; necesidad que seguramente no tienen en ninguna otra parte de la República Argentina, donde, en cuanto a escrúpulos ortodoxos, suelen pararse poco. Sea de esto lo que fuere, allá ellos; no he de salpimentar el asunto.”

Resasco y su acompañante se internan en la ciudad viniendo desde la estación. El periodista italiano aborda las iglesias cordobesas.
“Bajamos Schiffi y yo hacia el centro de la ciudad, que desde las primeras calles y desde las primeras plazas comenzamos a juzgar como la menos monótona de cuantas habíamos visto en esta parte de América. En esta ciudad el centro se halla, como en nuestras principales ciudades de Italia, en la plaza del Duomo.
Esta catedral majestuosa, en extremo complicada en su parte exterior por su arquitectura multiforme, recuerda el tipo bizantino, y en su conjunto la arquitectura romana de 1400, si bien, en sus variadas secciones, no puede afirmarse que represente una especie de transacción entre la arquitectura románica y el sistema de arco agudo, que en esta catedral está discretamente indicado. El conjunto es, por último, un monumento que delata las varias épocas en que ha sido hecho y rehecho: resulta imponente.
La importancia de esta catedral, con su grande y variado lujo arquitectónico exterior—del interior hablaré a ustedes luego—no impide que cuatro pasos más allá, no exagero, precisamente cuatro pasos más adelante, esto es, al principio del cuadro lateral opuesto, se halle otra iglesia de importancia: si continúan ustedes por la misma calle adelante, hallarán otras casas de Dios; si tornan a la plaza y penetran por calles distintas, verán más iglesias; si se internan ustedes en otras calles que también desembocan en la plaza, y en las que a su vez desembocan en éstas, tropezarán ustedes con más iglesias, y siempre lo mismo. Hasta en la hora, ya nocturna, de nuestra llegada a la estación, al pasar por delante de estas iglesias pudimos notar en sus porches—y casi todas los tienen al modo de las basílicas de Roma—un hormiguear de curas, de frailes y de monjas; un constante formarse reuniones y corrillos de santurronas. Entraban unos, salían otros, algunos se paraban, ya dentro del atrio, ya fuera, en tanto que las campanas lanzaban sus notas, sonoras y graves unas, más profundas otras y alegres a lo lejos.”