Lady Brassey, el relato de una navegante (Tercera Parte)

Con la visita a Córdoba de los viajeros del “Sunbeam”, narrada por Annie Brassey, llegamos a la culminación de este recorrido sudamericano de su libro. El paso de la autora por la ciudad docta y la provincia en 1876, se reduce a pocos párrafos, pero sabrosos.

Por Víctor Ramés
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Brassey
Ilustración del libro Around the world in the yacht ‘Sunbeam’. Vista de ranchos en La Calera, Córdoba.

En el inicio de esa fase del viaje por tierra desde la ciudad de Rosario, Mrs. Brassey hace una interesante mención al intento de crear una colonia inglesa en 1871, que había traído a alrededor de ochenta jóvenes de Inglaterra para asentarse en Fraile Muerto (actual Bell Ville). El plan, mal formulado, acabó en un total fracaso y la desaparición de H. Henley, su mentor, con el dinero de los defraudados colonos.

“El viaje entre Rosario y Córdoba lleva doce horas en el tren común. Y como Fraile Muerto está justo a mitad de camino entre ambos lugares, los trenes que van en ambos rumbos comienzan sus viajes a las mismas horas (6 a. m. y 6 p. m.), y los pasajeros se encuentran todos aquí a la hora del desayuno, y almuerzan juntos. Hay un hermoso puente sobre el río cerca de Fraile Muerto, pero el lugar es reconocido principalmente por haber sido el sitio de la colonia “Henley”, que tanta decepción sembró en jóvenes ingleses de familia que fueron inducidos a venir al campo, sin otro resultado que la pérdida de todo el dinero invertido. Se suponía que el proyecto sería perfecto, pero al aproximarse a la realidad probó que era inviable. La iglesia de hierro de Rosario, que fue llevada allí por los miembros de esa expedición todavía está en pie, y también nos encontramos con algunos de esos jóvenes, en diversos momentos.”

De Fraile Muerto el grupo toma el tren hacia Córdoba. Annie Brassey (más tarde Baronesa Brassey) relata una tormenta que se desató poco después de alojarse en la ciudad. Conocemos esas precipitaciones.

“El tren no llegó a Córdoba hasta las 7.30 p. m., por lo cual era tarde para ver mucho de la ciudad mientras nos aproximábamos, pero nos proponemos remediar esto mañana. A mitad de la noche nos levantó una violenta tormenta eléctrica. Los rayos eran muy vivos e iluminaban nuestra habitación de muchos colores. La lluvia cayó con todo su peso, empapando todo y convirtiendo a las calles en ríos, y el patio del hotel en un lago. Córdoba es a la vez una de las más antiguas e insalubres ciudades de Sudamérica, debido a estar construida en una hondonada entre las sierras, adonde no penetran brisas refrescantes.”

Los visitantes ingleses salen temprano a visitar los alrededores de la ciudad y las sierras.

“Apenas se sale de Córdoba se atraviesa un pueblo de indios; pero, excepto en ese punto, no encontramos a nativos durante nuestro paseo. Sin embargo, una pobre mujer que desgraciadamente vimos había sufrido una caída del caballo debido a un susto del animal a la vista de una sombrilla que yo llevaba, pese a que mi propio caballo había tenido apenas una reacción al introducir esa novedad en el equipo de la jinete.

Nos dimos con que el hotel en La Calera (la autora pone “Caldera”) al que nos dirigíamos, estaba cerrado. Pero alguien de la partida tenía las llaves y enseguida estuvo frente a nosotros un excelente almuerzo. La vista de las sierras desde la terraza sobre el río era bella. Se había puesto caluroso a esa altura y yo estaba interesada en llevar a todos los caballos al río, a bañarse. Estaban familiarizados con el proceso y como el río era poco profundo, aprovecharon los espacios entre las piedras para echarse y dejarse cubrir por el agua.”

No es sorprendente -al menos para los nativos- la irrupción de otra tormenta en el marco de las sierras.

“Justo cuando comenzábamos a volver, nubes negras aparecieron por todas partes, flasheó el cielo, murmuraron los truenos y comenzaron a caer grandes gotas. Pero la tormenta fue breve y pudimos escapar a la peor parte, pese a que tuvimos amplia evidencia de su severidad durante el viaje a casa, por el terreno resbaloso, las huellas borradas y las acequias desbordantes.”

Ya de regreso a la capital, la Sra. Brassey cumplió con uno de los deseos que la trajeron a Córdoba: visitar el Observatorio Astronómico.

“Era tarde cuando llegamos a Córdoba, pero yo estaba ansiosa por visitar el Observatorio antes de nuestra partida, el cual es uno de los mejores del mundo, aunque no de los más grandes. El profesor Gould, su director, está fuera de Córdoba en este momento, pero fuimos recibidos por la Sra. Gould, quien nos acompañó al edificio. Tienen una buena colección de varios instrumentos y algunas maravillosas fotografías de las estrellas principales: Saturno con sus anillos y ocho lunas, Júpiter con sus cuatro lunas, Venus, Mercurio, etc. Si hubiésemos permanecido más tiempo, habríamos podido ver mucho más; pero estaba muy oscuro y solo pudimos hacer una corta visita a la misma sala de observación. Nuestro viaje bajando a la ciudad en la oscuridad habría sido muy riesgoso si nuestros caballos no hubieran estado bien herrados, ya que la lluvia había lavado la ruta en muchos lugares, pero llegamos al pie del Observatorio a salvo, y pronto estuvimos en el hotel justo a la hora de la cena”.

Ya solo queda el relato de la partida de Annie Brassey y el resto del grupo, desde la estación del tren.

“Tras la cena nos dirigimos a la estación, donde encontramos a todo el resto del grupo y a muchas otras personas que habían venido a vernos partir. Me regalaron el freno chileno del caballo que había montado durante el día, como recuerdo de mi visita. Era un formidable instrumento de tortura que, estoy segura, el potro que había montado no necesitaba para nada. Supongo que haberlo sentido en su boca una sola vez fue suficiente, ya que los caballos de aquí tienen la boca más delicada que haya conocido. También me esperaba el regalo de un pequeño puma. Tiene unos cuatro meses y es muy manso. Pero, considerando a los niños, lo más prudente será entregarlo al zoológico en Londres.

El tren partió a las 8.30 p. m. y tomó una hora hasta llegar a Río Segundo, donde hallamos café y té preparado. Luego procedimos a prepararnos para dormir. Algunos caballeros dormían en el coche comedor y otros sobre el equipaje. Tom y yo elegimos unas literas pequeñas y no supimos más nada hasta las 4.30, en que nos despertaron en Cañada de Gómez.”