Lady Brassey, el relato de una navegante (Segunda Parte)

Mrs. Annie Brassey refiere su experiencia en la pampa argentina, mencionando la fauna vinculada al paisaje local que incluye vizcachas, lechuzas, patos, ciervos, ovejas y horneros. También asiste a una infernal invasión de langostas.

Por Víctor Ramés
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Ilustración de A. Y. Bingham: vizcachas y lechuzas vistas por los viajeros del “Sunbeam” en la pampa.

Annie Brassey tomó contacto con objetos culturales argentinos, mientras se preparaba a una incursión hacia las pampas. Sobre el poncho sudamericano, cuenta que los había “del país” y también importados de Inglaterra.

“El material del que están hechos es de una textura cerrada, y debido a que el pelo de vicuña no ha sido peinado, ni teñido, mantiene todo su aceite natural y el color original, que varía de un beige brillante muy bonito a un color crema pálido. La mayoría de los ponchos que se usan aquí son, no obstante, hechos en Manchester, de un material barato y de calidad inferior. A simple vista parecen exactamente como los de verdad, pero ni son tan livianos, ni tan abrigados, y tampoco se llevan igualmente bien. En ocasiones están hechos de seda, pero lo más frecuente es hallarlos de una lana coloreada con tonos brillantes. En su forma, un poncho es simplemente una especie de chal cuadrado con una abertura al medio para pasar la cabeza. A caballo luce muy pintoresco y forma un manto apropiado que llega hasta la montura por delante y por detrás y deja los brazos, aunque cubiertos, en perfecta libertad.

Los nativos, por norma, suelen usar un segundo poncho, generalmente de un color diferente, metido en la cintura de sus “calzonillas” (en español) largas y de puro lino, para formar un par de pantalones cortos holgados. Un pobre se contenta con camisa, calzoncillos y dos ponchos. Un hombre rico tiene muchas hileras de flecos y volantes de encaje en la parte inferior de sus calzoncillos y viste un chaleco corto, con botones plateados, y un hermoso cinturón plateado cubierto de dólares. Sus herrajes de caballo y estribos macizos (por no hablar de sus enormes espuelas) son de plata maciza, y el correaje muestra incrustaciones del mismo metal.”

Respecto a esas otra artesanías, la de estribos y espuela, y la de productos de cuero que son parte del recado de los caballos, señala Mrs. Brassey que los hay de producción local y, naturalmente, también de origen inglés. La viajera inglesa siempre escribe “guachos” en lugar de gauchos.

“Se paga entre 10 y 20 libras esterlinas solo por un par de estribos, y el resto de su vestimenta y equipo es proporcionalmente caro. El costo de los artículos de plata es poco más que el valor del metal mismo, que es de una calidad muy pura y solo es trabajado toscamente por los indios o los guachos. Pero como Manchester proporciona los ponchos, Birmingham también lo hace con la talabartería y los accesorios, especialmente los que se usan en el vecindario de las ciudades.”

Subidos a un tren que va hacia Campana, los viajeros transitan el pasaje de la ciudad al suburbio, que se va transformando en campo.

“La línea pasa al principio por las calles de Buenos Aires, y de allí al campo abierto, de un verde hermoso y ondulado como las olas del mar. Cerca del pueblo y del arrabal de Belgrano hay una gran cantidad de plantaciones de duraznos, cuyo fruto se utiliza para la ceba de cerdos, mientras que la leña sirve para asarlos. También hay algunos matorrales y algunos árboles nativos grandes, que pronto quedan atrás y en su reemplazo aparece una extensión de ricas tierras de pastoreo y ocasionales lagunas.”

Los cuadros que se presentan a la vista de la navegante inglesa revelan la fauna vinculada al paisaje. Toma nota de la lechuzas de las vizcacheras, tan comunes en la pampa, aves acuáticas y al hornerito argentino.

“Vimos por primera vez los hoyos de las vizcachas, o perros de las llanuras, fuera de los cuales montan guardia pequeños búhos. Parecía haber siempre uno, y generalmente dos de estos pájaros, de pie, como centinelas a la entrada de cada hoyo, con sus sabias cabezas a un lado, imágenes de prudencia y vigilancia. El pájaro y la bestia son grandes amigos y rara vez se encuentran separados. También pasamos varios rebaños enormes de ovejas y rebaños de ganado, la mayoría de ellos bastante abandonados, aunque algunos eran conducidos por hombres a caballo. Había cantidades de chorlitos y un gran número de perdices de dos clases, grandes y pequeñas, y las numerosas lagunas estaban cubiertas y rodeadas de aves acuáticas de todo tipo: cisnes y patos salvajes, agachadizas, cigüeñas blancas, garzas grises, cormoranes negros. y flamencos escarlatas, el último de los cuales se encuentra al borde del agua, pescando y ocasionalmente buceando bajo la superficie. En la parte superior de algunos de los postes de telégrafo estaban los nidos del hornero, que parecían bloques redondos de madera tallados, colocados allí como adorno. Estos nidos están hechos de barro y tienen una forma perfectamente esférica, estando el interior dividido en dos cámaras bien diferenciadas.”

Los viajeros prosiguen hacia Rosario, donde abordarán un tren hacia Carcarañá, para adentrarse en la Pampa. Al iniciar la travesía a caballo, Annie Brassey y sus acompañantes asisten al infierno de una invasión de langostas.

“En el transcurso de nuestro viaje vi en el cielo distante lo que se parecía mucho a una pesada nube de trueno púrpura, pero los experimentados revelaron que se trataba de un enjambre de langostas. Parecía imposible, pero a medida que avanzábamos chocaron contra nosotros, primero individualmente y luego en número creciente, hasta que cada paso se convirtió en realmente doloroso debido a los golpes inteligentes que recibimos de ellas en nuestras cabezas, rostros y manos. Paramos por un tiempo en la gran estancia del señor Holt, donde, a pesar de la apariencia general de prosperidad, las huellas de los estragos de las langostas eran demasiado visibles. Al continuar nuestro viaje (…) las langostas pasaron entre nosotros y el sol, oscureciendo su luz. Y luego, con los rayos del sol brillando directamente sobre sus alas, parecían una nube dorada. A la distancia parecían una tormenta de nieve, o un campo de margaritas blancas que de repente había cobrado alas. (…) Estoy segura de que soñaré con esta visión por algún tiempo. He decidido que no quiero ver una langosta más en toda mi vida.”