Lady Brassey, el relato de una navegante (Primera Parte)

Autora de varias crónicas de navegaciones por el mundo junto a su esposo, Annie Brassey narró en 1876 un viaje de un año en el lujoso velero “Sunbeam”, con sus cuatro hijos pequeños. El libro fue un gran éxito y ese viaje los acercó al Río de la Plata y -muy fugazmente- a Córdoba.

Por Víctor Ramés
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Annie Brassey, retrato a bordo del “Sunbeam”, durante su viaje de 1876, 1877.

Firmado por Mrs. Brassey -con apellido de su marido y sin nombre de pila- apareció en 1878 en Londres el libro Around the world in the yacht ‘Sunbeam’, our home on the ocean for eleven months (Alrededor del mundo en el yate Sunbeam, nuestro hogar sobre el océano durante once meses). El libro se abrió camino, con su historia de una familia (riquísima) que emprendió un viaje por el mundo entre 1876 y 1877.

El libro fue escrito por Lady Annie Brassey, nacida Annie Allnutt en 1839, autora de varios otros libros de viaje desde que en 1871 publicó The Flight of the “Meteor”, y luego -para circulación familiar, escribió A Cruise in the “Eothen”, 1872. Escribió nuevos títulos luego de la enorme recepción que obtuo el viaje en el Sunbean a partir de 1878, con numerosas ediciones y traducciones a cinco idiomas (no al español). En 1889 se publicó, en forma póstuma, The Last Voyage, to India and Australia, in the ‘Sunbeam’ (El último viaje a India y Australia en el Sunbeam). De hecho, en esa travesía la autora murió a bordo, de malaria, y el océano fue su tumba.

Annie Allnutt se había casado con Thomas Brassey, miembro del parlamento, ingeniero náutico e industrial inglés, nombrado caballero y luego convertido en conde, en 1886. Este heredó la inmensa fortuna de su padre también llamado Thomas, destacado constructor de puentes y vías férreas en todo el mundo a mediados del siglo XIX. Annie, por su parte, no heredó escaso capital de su propia línea paterna, los viñedos y vinos familiares de los Allnutt. El matrimonio Brassey reunió un patrimonio descomunal. La familia vivía en un castillo estilo francés en East Sussex y los Brassey decidieron embarcar con los cuatro niños (una hija pequeña, a quien apodaban “Sunbean”, es decir “rayo de sol”, había fallecido cuando pequeña), en la nave construida en su memoria, para emprender un viaje el 1° de julio de 1876. A bordo irían amigos, sirvientes y tripulación, en total cuarenta y tres personas. El viaje llevaría al grupo a un recorrido que comenzaría por América del Sur, y luego, atravesando el Estrecho de Magallanes, visitaría Tahiti, Hawaii, Japón, Hong Kong, Canton, Macao y Singapur, de allí a las islas Seychelles, Maldivas, a la India, Sri Lanka, Aden, por el Canal de Suez Alejandría, Malta, Gibraltar y Portugal. El circuito se cumplió y los Brassey regresaron a casa en mayo de 1877. Al año siguiente se publicó el libro y a partir del éxito de ese relato, los miembros de la familia Brassey se convirtieron en personajes famosos en la Inglaterra victoriana.

Dentro de la opulencia de ese mundo, y el listado casi exótico de puertos en la carta de navegación del “Sunbeam”, el acercamiento de Annie Allmutt Brassey a las pampas argentinas queda como un breve detalle, sin apenas signos de aventura pero interesante de leer.

La dedicatoria de Annie Brassey que figura a comienzo del libro dice: “A los amigos en muchos climas y países, de raza blanca o de color, y de todo nivel social que hicieron de un año de viaje un año de felicidad, dedico estas páginas con eterna gratitud.” Por su parte, Thomas Brassey aportaba el prefacio, donde indicaba que no debía faltar en el libro “el bien merecido tributo a la diligencia y la precisión de la autora. El viaje no podría haberse hecho, y sin duda no se habría completado, sin el impulso derivado de su perseverancia y determinación. Menos aun se habrían preservado los registros de las escenas y experiencias del largo viaje de no haberse tomado ella las molestias de no conformarse con ver todo, sino recoger sus impresiones de manera fiel y exacta.”

Los pasajeros del Sunbeam llegaron a la vista del puerto de Buenos Aires el 13 de septiembre de 1876. Desembarcaron de un bote ballenero que los acercó a tierra. Debido a que no había condiciones para llegar a Rosario en el Sunbeam, ya que las aguas del río estaban bajas, decidieron achicar el grupo y hacer la excursión en un bote de río. Entretanto, visitaron la ciudad, cuyas calles ordenadas rectangularmente los sorprendieron, y admiraron los edificios de bancos con mármoles que parecían palacios. Asistieron a una feria ganadera y también hallaron curiosos algunos animales nativos como vicuñas, llamas, vizcachas, y diversas especies de ciervos. De regreso debieron hacer el proceso opuesto al desembarque, ir en bote a pasar la noche en el Sunbeam, lo que llevó tiempo y esfuerzo con el mar encrespado. Por la mañana los buscó un bote ballenero que volvió a dejarlos en tierra, donde por la tarde debían tomar un tren hacia Campana.

Hasta entonces, Mrs. y Mr. Brassey fueron a comprar ponchos “que son la especialidad de esta parte de Sud América”. Esas prendas dan pie a la autora para una buena descripción e información, que conectan por su manufactura por un lado con Catamarca y por el otro con el puerto de Manchester. Los ponchos locales son artesanales y los extranjeros industriales. Refiere sobre esto Mrs. Brassey:
“Todo el mundo usa uno, del mendigo al oficial de rango. La mejor clase de ponchos son muy caros, están hechos de una parte especial del pelo más fino de la vicuña, tejidos a mano por mujeres en la provincia de Catamarca. El artículo genuino es difícil de encontrar, incluso aquí. En los negocios los precios varían entre 30 y 80 libras. Pero nos mostraron otros más baratos, de 20 a 60 libras cada uno. Son suaves como la seda, perfectamente a prueba de agua y se dice que se les usará para siempre. Conocimos ayer a un hombre apuesto usando uno de hermosa calidad. Nos dijo que su costo original era de 30 libras en Catamarca, hace veinte años, y que él pagó 20 libras por él, de segunda mano, diez años atrás.
Se nos advirtió firmemente, antes de venir aquí, que en caso de hacer una excursión al campo, no se nos ocurriera llevar buenos ponchos con nosotros, ya que los “Guachos”, o mestizos de indios de las Pampas, que son grandes conocedores de estos artículos y pueden distinguir su calidad de un vistazo, no dudarían en cortarnos el cuello para quedarse con ellos.”