Brilla la luz para ella

Tal como alguna vez hubo una necesidad de contar “cómo vino la mano” desde la perspectiva masculina, hoy brotan títulos que asumen la responsabilidad de afrontar un abordaje feminista de ese rock nacional que ha empezado a avergonzarse de actitudes que antes lo enorgullecían.

Por J.C. Maraddón

A partir de la aparición de libros señeros como “Agárrate!!! Testimonios de la Música Joven en Argentina”, de Juan Carlos Kreimer, y “Cómo vino la mano”, de Miguel Grinberg, se fue construyendo un relato de cómo se dio el surgimiento de un movimiento rockero en la Argentina y de quiénes fueron los artífices de esa apropiación local. En el de Kreimer, de 1970, todavía no se visualiza esa división tajante entre lo “comercial” y lo “progresivo” que ya se ha consolidado en 1977, cuando Grinberg escribe el suyo, postulando allí un relato sobre los orígenes que se tornaría casi dogmático con el paso de los años.

En ese catálogo de “héroes” que se cargaron al hombro la batalla contra lo establecido para sentar las bases de un género musical híbrido, entre la influencia extranjera y las raíces locales, son escasos los nombres de mujeres, pese a que se suponía que estas nuevas generaciones postulaban una apertura destinada a derribar los mandatos conservadores. Aun con su impronta rebelde, el rock nacional no puso énfasis en cuestionar los roles de género heredados de sus ancestros y mantuvo el predominio masculino en el liderazgo tanto de los emprendimientos colectivos como en el de los personales.

Tan sólo algunas excepciones, como las de Gabriela, Carola, Mirtha Defilpo o María Rosa Yorio, subrayaban la vigencia de esa regla, y no casualmente todas ellas estaban en pareja con músicos de rock famosos. La presencia femenina dentro de la comunidad rockera autóctona quedaba contenida dentro de funciones asignadas de antemano, que muy pocas veces implicaban tareas protagónicas. Por eso, más de medio siglo después, existe urgencia por visibilizar a aquellas que se enfrentaron a esas prescripciones y que, o bien fueron ignoradas por la historia canónica, o bien quedaron relegadas a ser “novias de” antes que cualquier otra cosa.

Y tal como en cierto momento hubo una necesidad de contar “cómo vino la mano” desde esa perspectiva masculina, hoy brotan títulos que asumen la responsabilidad de narrar su contraparte y de afrontar un abordaje feminista de ese rock nacional que ha empezado a avergonzarse de actitudes que antes lo enorgullecían. A fines del año pasado, Romina Zanellato publicó “Brilla la luz para ellas. Una historia de las mujeres en el rock argentino 1960-2020”, ambicioso relevamiento de todo lo que no se había dicho con respecto a la importancia del aporte femenino dentro de la epopeya rockera.

En el segundo capítulo de este volumen, la autora dedica un apartado especial a la reivindicación de una periodista cordobesa que, por no haberse adaptado a los estereotipos que reglamentaban el comportamiento de las mujeres en la escena del rock argentino de finales de los años setenta, sufrió una humillación que la castigó de por vida. Luego de que Charly García la mencionara como “Peperina” en una canción donde la ninguneaba, despechado por una crítica que publicó ella en la revista Expreso Imaginario, Patricia Perea asistió a la degradación de su nombre, en función de un apodo que la persiguió hasta su muerte.

“Peperina, el té machista”, se titula ese alegato que está incluido en “Brilla la luz para ellas”, donde por primera vez una mujer deja constancia bibliográfica del martirio de esa trabajadora de prensa, que había intentado testimoniar su propia versión de los hechos en 1995 en su libro “Peperina por Peperina”. Al menos post mortem (falleció en 2016), Patricia Perea recibe a través de Romina Zanellato el pase a una posteridad que hasta ahora la recordaba como la “chica que vivió la euforia de ser parte del rock tomando té de peperina”, y que de aquí en más deberá siquiera replantearse en qué lugar ubicarla.