Sospechar del inmigrante

La serie francesa “Lupin” sigue las aventuras en París del senegalés Assane Diop, fanático lector de las novelas sobre un ladrón cuyas exquisitas maneras para delinquir se combinan con una ética implacable para dotarlo de ese encanto que ha seducido a millones de lectores.

Por J.C. Maraddón

Cualquier cambio en los paradigmas de la sociedad da lugar a un lógico revisionismo, que empieza a hurgar en la historia para analizarla según los nuevos parámetros que han entrado en vigencia en el presente. Este riesgoso ejercicio promueve la tarea de repensar lo que ha ocurrido desde otra perspectiva, que se contrasta con los relatos oficiales que habían regido hasta ese momento. Y es más en esa diversidad de miradas que en los dogmas de donde se pueden extraer conclusiones que, con menos pasión y más rigor, nos acerquen al meollo de cómo sucedieron las cosas y cuáles fueron sus consecuencias.

Las conquistas del feminismo han fomentado, entre muchas otras cosas, la reescritura de una narrativa supuestamente apegada a métodos científicos que, por muy respetuosos que fueran de la epistemología, casi nunca contemplaban en su detalle la presencia de las mujeres, excepto cuando se referían a roles secundarios. Visibilizar a esas heroínas que contradijeron los mandatos establecidos para asumir un papel protagónico se ha constituido en el objetivo de muchos de los relevamientos históricos que se realizan por estos días, tanto los que se acotan al ámbito académico, como los que se asientan en fines periodísticos y hasta la misma ficción.

También las reivindicaciones raciales, en países que han sido mecas de inmigrantes como por ejemplo Estados Unidos o Francia, han motorizado idénticas empresas revisionistas, que observan desde los preceptos de la diversidad aquello que hasta ahora sólo había sido contado según estereotipos civilizatorios europeos. De la misma manera, en regiones con herencias culturales de pueblos originarios, también empieza a hacerse oír esa otra versión que sale a disputarle a la historia oficial el monopolio del pasado, que casi siempre arrancaba con la colonización, como si antes de la llegada de los conquistadores no hubiera pasado nada de nada.

Estos afanes debían trasladarse más temprano que tarde a las producciones artísticas. Y son las series, como entretenimiento emblemático de consumo masivo en estos años, las que están reflejando eso que se palpita en debates que se ambientan tanto en los claustros universitarios como en las redes sociales. Una muestra de ello es “Bridgerton”, una tira de ocho episodios estrenada por Netflix en diciembre, que transcurre en la corte inglesa de principios del siglo diecinueve, donde el argumento plantea una aristocracia racialmente integrada en la que los afrodescendientes también ostentan títulos de nobleza, encabezados por la reina Charlotte, cuyos ancestros en verdad habrían sido africanos.

Ya en enero de este año, Netflix sumó a su oferta la serie francesa “Lupin”, que sigue las aventuras del inmigrante senegalés Assane Diop, fanático lector de las novelas en las que Maurice Leblanc inmortalizó a comienzos de la pasada centuria el personaje de Arsène Lupin, un ladrón cuyas exquisitas maneras para delinquir se combinan con su ética implacable para dotarlo de un encanto que sedujo a millones de lectores. Emulando a Lupin, Assane se gana la vida como embaucador, hasta que la sed de vengar la memoria de su padre lo lleve a concentrar su astucia en esa dirección.

¿Cómo sería Lupin si viviera en este siglo veintiuno y, además, residiera en Francia como inmigrante africano? Tal parece ser la pregunta que se intenta responder en estos cinco episodios de una primera temporada que pide a gritos una segunda, cuyo arribo se anuncia para dentro de pocos meses. La cuestión racial, tan candente entre las urgencias contemporáneas, aparece aquí como un dato crucial: aunque los ciudadanos parisinos le demuestren una cordialidad amistosa, el color de su piel hará que Assane deba extremar sus precauciones para espantar las sospechas. Sospechas que, en su caso y valga la paradoja, estarían justificadas.