La incógnita de la sucesión del gobernador

En Argentina hay pocas certezas de cara al futuro. La más clara es que en 2023 la provincia elegirá a un nuevo gobernador después de 24 años de alternar sólo entre dos rostros.

Por Javier Boher
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Córdoba es un distrito complicado, que suele viajar a contramano. Pasó varias veces que resistió a las movidas nacionales, algo que si se lo condimenta lo suficiente puede remitir a la romántica aldea gala de Ásterix y Óbelix, que resistía a los avances de los romanos.

Esa condición ha sido debidamente explotada por los distintos gobiernos, más allá del origen partidario de cada uno. Se hable de isla, de cordobesismo o de modelo de gestión cordobés, el particularismo mediterráneo siempre ha flotado en el imaginario cordobés.

Esto ha sido tan así que Angeloz, defensor de la liberalización en las elecciones presidenciales de 1989, se negó a reformar el Estado provincial en su tercer turno de gobierno, sin seguir los lineamientos de la nación. También fue el caso de Ramón Bautista Mestre, que gobernó mayormente de espaldas a las propuestas del gobierno federal.

La reforma del estado cordobés llegó casi una década después que a la nación, tras la reforma constitucional motorizada por José Manuel De La Sota. Achicar la plantilla de empleados, crear agencias para permitir iniciativas de financiamiento público-privado y privatización o concesión de lo que se pudiera (porque la resistencia también fue mayor que en otros lados).

A partir de entonces la provincia pasó de ser un distrito netamente radical a uno peronista, en el que el que se alternaron el cargo máximo entre dos personas, socios políticos y representantes de distintas facciones de un mismo partido, en el que jamás pudo hacer pie el kirchnerismo.

Con un poco de esfuerzo extra, Juan Schiaretti venció a Luis Juez en unas opacas elecciones, siendo el gobernador menos votado de la historia. Doce años después se encontró del otro lado, siendo el más votado de la historia. Revanchas de la política.

2023 lo encontrará sin posibilidades de reelegir, salvo que intente una reforma constitucional para la que no parece haber mucho acuerdo, incluso dentro de su partido. La situación es la única certeza de aquí a entonces: por primera vez en 24 años la provincia va a ver un rostro nuevo en la gobernación.

Esta semana circularon algunas encuestas que dejan algunas pautas sobre qué cabe esperar para los próximos años, o al menos en qué dirección podrían moverse los distintos espacios políticos.

En primer lugar, la imagen del gobierno nacional es una de las más bajas en años, con una desaprobación de alrededor de tres cuartas partes del electorado. Eso hace que la posibilidad de una ampliación de Hacemos por Córdoba hacia el kirchnerismo sea inviable. La franja de votantes que está entre los 30 y los 50 es más reacia a igualar peronismo con kirchnerismo: los primeros consideran a los segundos demasiado de izquierda; al revés, demasiado liberales.

Las distintas camadas de jóvenes que deben reemplazar a la vieja guardia que viene desde “Unión por Córdoba” no se muestran homogéneas en cuanto a la posibilidad de encarar el cambio generacional. Algunos, los que bordean los 50, recuerdan todavía la militancia en época del llano, lejos del poder. Quedaron muchas veces postergados por los viejos que no querían dar un paso al costado o querían encontrarle algún lugar a un hijo, hija o similar.

Los que están en sus 40 -y menos- son los hijos de la opulencia, que no conocen la militancia sin el respaldo del Estado. Son el eslabón más débil del oficialismo para encarar una renovación, acaso lentos por el sedentarismo de tener siempre los votos más o menos sobre la mesa.

La sucesión de Schiaretti es una gran incógnita. Quizás el intendente capitalino lleve una ventaja en base a su pulcra gestión y a su instinto por buscar el poder a través de la gestión (un rasgo que ha resaltado positivamente en el actual gobernador). El riesgo para él, claro está, es que no va a ser el único anotado.

Allí emerge la oposición, un polo ecléctico y heterogéneo que tiene entre sus filas a personajes de distintos orígenes y -más importante- visiones a futuro. El caso de esta oposición es casi inverso al anterior. Casi cualquier cosa que se le agregue le suma, salvo -claro está- el kirchnerismo. Estos últimos están condenados a vagar hasta disolverse en un progresismo que no cuaja de lleno en una sociedad mayormente conservadora, o al menos kirchnerifóbica.

Hay dos grandes incógnitas. En primer lugar, si los socios de la oposición dejarán de lado sus vanidades para tratar de vencer a un peronismo que por primera vez en más de dos décadas deberá votar para un cargo ejecutivo sabiendo que estará ungiendo al nuevo líder del partido. Es difícil que los radicales, más fieles a las internas que a sus señoras, conserven la unidad.

En segundo lugar, si Schiaretti efectivamente quiere tener un sucesor de su propio espacio político. ¿Tomará la decisión de ser él quien dirima la interna y deje heridos en otros espacios, o preferirá que decante sola y se reduzcan las chances del triunfo, con un poco del egoísmo que caracteriza a los líderes en retirada?.

Sin lugar a dudas Schiaretti será el jugador principal. ¿Podrá evitar la disgregación? Probablemente con algo de creatividad, con otro tanto de excepcionalismo cordobés y con un toque de ambición nacional lo pueda lograr.