El Estado es tonto e ineficiente, pero siempre está en expansión

Ante un problema cualquiera, la respuesta es siempre la misma, aumentar el tamaño del Estado. ¿A ninguno se le ocurre hacer que cumpla bien con su trabajo?.

Por Javier Boher
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En política muchas veces la discusión no es sobre cuestiones de fondo, sino sobre límites mucho más concretos. Saber cuándo algo es poco, suficiente o demasiado parece ser una cualidad reservada a dirigentes de otras latitudes. Los nuestros, lamentablemente, no parecen entender de proporciones.

La discusión sobre cuánto es mucho o poco Estado es una que se está dando hace demasiado tiempo. Aquellas cuestiones que otros parecen haber saldado hace décadas, para nosotros son el día a día. No hay políticos preocupados por que los dispensarios tengan vacunas, que las escuelas abran normalmente o que a un trabajador le alcance el sueldo.

Nuestros políticos sienten que es imperioso discutir el rol del Estado y la humanidad (o perversión) del capitalismo (o del socialismo). Todos están tratando de refundar la teoría política global desde sus cómodos cargos públicos, al abrigo de las inclemencias del mundo real que sigue sumiendo en la pobreza a miles de argentinos cada día.

Así, a cada problema que surge, la primer propuesta de la mitad del arco político es “creemos una comisión, una secretaría, un observatorio o lo que fuere para asignarle fondos públicos para mate y criollitos y que no cambie absolutamente nada”. La otra mitad reclama que le bajen los impuestos, así la gente tiene plata en el bolsillo y paga lo que no está recibiendo. Lamentablemente, muchas de esas cosas no son fungibles, como la propia vida.

Femicidios

A raíz del femicidio de Úrsula, una adolescente bonaerense asesinada por su ex novio policía, la respuesta del gobierno fue proponer la creación de un organismo encargado de concientizar, prevenir o lamentar -vaya uno a saber bien- los femicidios. Tanto se criticó esta medida, que el presidente le puso un poco de condimento al nombre, hablando también de travesticidios o transfemicidios. Bien de época.

Lo absurdo de la decisión es que parece no registrar los muertos que diariamente se apilan por cuestiones de inseguridad o por el narcotráfico, siendo Rosario un ejemplo paradigmático de esta problemática. ¿Importa que no se asesine a las mujeres por su condición de tales? Por supuesto. ¿Se previenen los femicidios organizando tés canasta con perspectiva de género para hablar sobre teorías alternativas sobre los 200 géneros distintos que hay cuando la Tierra se sincroniza con Marte y tiene la luna en Géminis? Por supuesto que no.

Esa idea de que la creación de organismos formales para lucir compungido en las redes puede resolver lo que no resuelven los que ya existen (por ejemplo, el Ministerio de Seguridad, el Ministerio de Género y diversidad, el Ministerio de Educación, el Ministerio de Desarrollo Social o incluso los de Salud y Economía) demuestra una de dos cosas: o no entienden el problema o no les importa.

Economía

Otro de estos temas es la mala praxis económica. Con un voluntarismo preocupante, los responsables de las decisiones económicas creen que todo se puede resolver yendo a hablar con los productores para que bajen los precios.

Los funcionarios no parecen registrar que la presión tributaria, los problemas con el tipo de cambio, la inflación o la falta de mano de obra (producto de sueldos que muchas veces no llegan a duplicar el monto de los planes sociales) conspiran contra la producción y la estabilidad.

La única idea que se les cruza es insistir por el mismo camino, aplicando leyes de hace 50 años que ya entonces no funcionaron, o amedrentando a los productores con que eventualmente aparecerá alguna nueva dependencia estatal dedicada a controlarlos y obligarlos a producir y vender según las reglas de los que nunca arriesgaron nada para hacerlo.

Los políticos siguen tomando decisiones encapsulados en sus sueldos que multiplican por 10 los de los que ponen el lomo en los trabajos menos calificados, entrando la mayoría de las veces a dedo como premio por su militancia. Cada nueva secretaría, dirección, consejo, observatorio o lo que fuere no sólo no resuelve los problemas por los que se crea, sino que los empeora, al complejizar aún más los procesos y pasos burocráticos.

El debate no puede seguir siendo Estado sí o Estado no. Debe convertirse en una discusión sobre eficiencia y productividad, valores que miles de empleados que medran gracias a los impuestos que se cobran incluso sobre una canasta básica alimentara que aumentó 6% en un mes consideran neoliberalismo, sector privado, ganancias y malo, malo, malo.

La falta de capacitación y empatía de los que toman decisiones se termina viendo en cosas mundanas, en un día a día que revela la precariedad y el retroceso de la calidad de vida. Cloacas que revientan, alumbrado que no funciona, crédito hipotecario o productivo inexistente, certezas sobre los impuestos. Para esas cosas no hace falta problematizar la democracia o el Estado. Alcanza con gestionar pensando en mejorar la calidad de la vida de la gente, no en retener el poder. Eso llega solo.